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Saint Dié des Vosges, la madrina de América

La Sala del Tesoro de Saint Dié.
La Sala del Tesoro de Saint Dié.

Confieso que, no por falta de interés sino porque no se encuentra en las rutas por donde suelo pasar, tal vez no hubiera estado nunca en Saint Dié des Vosges, un pueblo de una 20,000 almas, en los Vosgos franceses, región de Lorena. Si no me hubieran invitado a la trigésima edición del Festival Internacional de la Geografía que tuvo lugar durante el primer fin de semana de octubre, es probable que no hubiera pasado nunca por allí.

Saint Dié se encuentra cerca de la ciudad de Nancy (capital del Art nouveau francés) y del mítico pueblo de Baccarat (de donde proviene el famoso cristal), en un valle fluvial rodeado de bosques y montañas, a orillas del río Meurthe. De su pasado medieval queda poco y muchas de las construcciones antiguas se perdieron después de haber sido bombardeada por los nazis en noviembre de 1944, algo que obligó a su reconstrucción a partir de un plan reticulado concebido por urbanistas contemporáneos.

Saint Dié es, entonces, una ciudad moderna. Haciéndole honor a esta vocación casi forzada, adquirió en 1989 La Torre de la Libertad, una estructura metálica que parece un ave blanca posada en los jardines del Ayuntamiento, concebida para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. Esta extraña estructura tiene una sala en su parte más alta, rodeada de ventanales de cristales, en donde se desarrollan actividades culturales. También alberga la colección de joyas de Georges Braque, compuesta de unas cincuenta piezas que el maestro del cubismo concibió junto al maestro lapidario Heger de Lowenfeld, auténticas piezas esculturales que sorprenden por su extraordinaria originalidad y fineza.

Pero lo más sorprendente de Saint Dié, al menos para nosotros que venimos del otro lado del Atlántico, es la Sala del Tesoro de la Mediateca Victor-Hugo. La visité guiado por Alexandre Jury, subdirector de la institución y responsable del Patrimonio, quien me presentó lo que exhiben en las vitrinas y otras piezas de inestimable valor que conservan en la reserva.

Digamos que a Saint Dié le debemos que América haya sido bautizada con ese nombre. Y que primara este al decidir cómo llamar al continente, y no el de Cristóbal Colón, primero en desembarcar en esas tierras en octubre de 1492. Algo por lo que algunos consideran a su rival, el navegante florentino Amerigo Vespucci, como un usurpador de la gloria que correspondía al genovés.

Amerigo Vespucci describió en varias misivas dirigidas a Lorenzo di Pierfrancesco de Médicis sus cuatro viajes de exploración. Este relato es el que aparecerá publicado bajo el título de Mundus Novus, en París, entre 1503 y 1504. Pero, entre tanto, en el Ducado de Lorena, René II, un duque apasionado de geografía, recibió de parte del rey de Portugal el contenido de estos relatos y decidió contactar a un grupo de sabios de su Corte, congregados en una asociación científica llamada Gymnasium Vosagenge (Gimnasio Vosgo). La congregación había sido fundada en 1490 en la ciudad de Saint Dié por el canónigo Vautrin Lud, y pertenecían a esta el cartógrafo alemán Martin Waldseemuller, el impresor Mathias Ringmann, el latinista Jean Basin y otros hombres eminentes de aquel lugar.

El grupo de sabios entusiasmados por los relatos de Vespucci, toma entonces la iniciativa de diseñar un mapa en el que el Nuevo Mundo aparecerá como un continente aparte, separado de Asia, Europa y África. Es en este mapa, en la parte correspondiente a la actual Sudamérica, en que por primera vez en la historia, aparece el nombre feminizado de AMERICA, en homenaje al navegante florentino. Dicho mapa aparecerá en 1507 acompañado de un tratado de geografía (Cosmographiae Introductio), en donde los sabios explican por qué creen que debe llamarse América al nuevo continente. También imprimen un globo terráqueo elaborado a partir de 12 planchas correspondientes a igual cantidad de husos horarios. Curiosamente, el planisferio de Waldseemuller refleja el relieve de la cordillera de los Andes, cuando en realidad en esa época nadie se había aventurado del lado del Pacífico, ni evocado de la existencia de estas montañas. ¿Pura intuición por parte del cartógrafo alemán?

Un ejemplar de esta Cosmographiae se conserva en la Sala del Tesoro de la Mediateca de Saint-Dié, abierto en la página en que se lee la recomendación propuesta por el cenáculo para que al nuevo continente se le llame América. Y, entre otras razones, se menciona el hecho de que ha sido Vespucci el primero que anunció que se trataba de un continente independiente contrariamente a Colón que creyó haber llegado a las Indias.

La Sala del Tesoro exhibe además algunos incunables entre 70 000 libros antiguos. Se destaca el célebre Graduel, único en su tipo, un cantoral impreso alrededor del 1500, con 22 páginas iluminadas, que pudo digitalizarse íntegramente en 2005. También se muestra un manuscrito del siglo XII de Isidoro de Sevilla e incluso un ejemplar de la célebre Enciclopedia de Diderot y Alembert, con una nota que advierte que es un libro muy peligroso que se opone a las buenas costumbres y al dogma católico.

No ha de extrañarnos entonces que con su festival anual Saint Dié se convierta en la capital internacional de la Geografía. Hacia allí convergieron hace unos días numerosos geógrafos y científicos, y gran cantidad de escritores que interactuaron con el público a través de conferencias, debates, encuentros, intercambios gastronómicos, proyecciones de filmes, conciertos y cuestiones sobre geodigitalización, todo en torno al tema de las migraciones y el Caribe, que fue el tema del festival.

Como recordó Christian Pierret, su presidente y fundador, el festival es contemporáneo con la caída del muro de Berlín y testigo de las barreras posteriores que bloquean los flujos migratorios entre los cinco continentes. Una razón de más para recordar que América se debe a esos flujos que fueron tejiendo nuestra historia y haciendo de nosotros lo que hoy somos.

William Navarrete es un escritor cubano residente en París. wnavarre75@wanadoo.fr

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