Viajes

Pueblos y sitios mágicos del Tirol austríaco

Los prados paradisíacos de Alpbach.
Los prados paradisíacos de Alpbach.

Llegué al Tirol desde el Trentino italiano. En vez de atravesar la frontera por el túnel de Brenner, costoso e interminable, que comunica a Austria con Italia, fue mucho más agradable tomar la carretera 182 para bajar lentamente hasta Innsbruck. Por el camino, entre bosques, riachuelos y verdes pastos, se ven pequeños pueblos de vida apacible que eran un avance de las maravillas de esta mítica región.

Innsbruck es el mejor punto de partida para visitar el Tirol. La ciudad es la capital regional y también una de las estaciones de esquí más exclusivas de los Alpes. El núcleo medieval atesora gran cantidad de edificios históricos con fachadas repletas de frescos y tiestos floridos. La Goldener Adler, por ejemplo, es la hostería más antigua de la ciudad, y recibió a Goethe, Paganini, Massena y otros hombres ilustres. A apenas unos metros, la Goldenes Dachl, otra de las casonas históricas del centro, exhibe una hermosa logia de honor construida por el emperador Maximiliano I para celebrar sus bodas en 1494. Desde allí, vale la pena recorrer la calle que se prolonga hasta la Maria-Theresien Strasse, principal arteria de Innsbruck, y admirar los muchos palacetes barrocos a ambos lados del paseo, hasta el Arco de Triunfo construido en 1765.

La Catedral Saint Jakob, de exquisita factura barroca y austera fachada es un excelente ejemplo de la decoración típica de la Contrarreforma germánica. Un lienzo de Lucas Cranach el Viejo en honor de la Madonna del Buen Socorro ocupa un lugar privilegiado en el altar. Saliendo del templo, a escasos metros de la plaza, se encuentra el Palacio Imperial, construido por el mismo Maximiliano I en 1500, y renovado dos siglos después por la emperatriz María Teresa. En él se exhiben gran cantidad de muebles de la época imperial, cuadros, objetos de valor, frescos y otras curiosidades a lo largo de extensas galerías y amplios salones que conservan en espíritu de los Habsburgo.

Basta con salir de Innsbruck y recorrer los campos aledaños para adentrarnos en una Austria rural, auténtica y rica en tradiciones. Para disfrutar de ese mundo me hospedé en Tulfes, una aldea pintoresca, en medio de un paisaje de tarjeta postal. Casas de madera, como de muñecas, con balcones labrados y techos a dos aguas, en las que la familia vivía prácticamente en autarcía (autosuficiencia). La planta baja es todavía un establo de vacas, de las que se abastecen tanto la familia como los habitantes. Muchas tienen a un costado de la puerta una placa metálica con el sello de calidad distintivo de la leche del Tirol. En las otras dos plantas se desarrolla la vida doméstica y en el espacio triangular que corona a la fachada está el granero.

En el centro de estos poblados de ensueño se halla siempre la iglesia parroquial con campanario de cúpula bulbosa bizantina y por todas partes se ven fuentes de agua pura que aportan innombrables manantiales desde las montañas que sirven de telón de fondo.

Absam, Thaur, Mutters, Wattens, son algunos de estos pueblos pintorescos cerca de Innsbruck. De ellos, Wattens es conocido porque es sede del cristal Swarovski; mientras que a Thaur se le conoce por la fabricación de belenes y figurinas. En cuanto a Absam, es un sitio importante de peregrinaciones desde que en 1797 la Virgen apareció dejando su imagen grabada en un panel de cristal que, desde entonces, veneran los fieles.

No lejos, Hall en Tirol es una pequeña ciudad medieval en donde se acuñaron a partir del 1486 los primeros táleros y guildener, precursores del dólar y el euro. En el castillo de Hasseg, en los límites del burgo, se halla la célebre Torre de la Moneda, en donde se fabricaban las piezas. El patrimonio religioso de Hall es muy rico, y frente a la iglesia de san Nicolás, en el momento en que visitaba el Ayuntamiento –instalado en el antiguo castillo del conde Heinrich von Görz-Tirol– pude presenciar una boda civil en la que las mujeres iban vestidas con los trajes tradicionales y los hombres con los pantalones largos o cortos de cuero de vaca, bordados y de color café o negro que se conocen en el mundo entero como “tiroleses” (o lederhosen en el país). Lo curioso es que se utilizan en la vida cotidiana y muchos los portan todavía.

Más al este, a orillas del río Inn, Rattenberg es una de las ciudades medievales mejor conservadas de Austria. Es “cuna del vidrio” y aún sobreviven algunos talleres de fabricación de este material. Vale la pena callejear por sus arterias principales y subir hasta las ruinas de la fortaleza desde donde se puede disfrutar de una bellísima vista del conjunto. Y a escasos kilómetros al sur, el pueblecillo de Alpbach, está catalogado como uno de los más hermosos de Austria, en un ambiente idílico de prados verdes, casas tradicionales, bosquecillos de abetos y pinos, riachuelos, silencio y mucha paz. Allí, las largas caminatas en medio de la naturaleza, la contemplación de un mundo armonioso y la tranquilidad justifican la estancia.

Del otro lado del valle del Inn e Innsbruck, se encuentra uno de los edificios religiosos más imponentes del Tirol: la abadía de Stams, fundada como cisterciense en 1273, saqueada en varias oportunidades y, finalmente, reconstruida en estilo barroco en 1650. Las visitas son guiadas y durante el recorrido se puede apreciar el fino trabajo en las verjas, la sepultura de la familia condal fundadora del sitio y la riqueza de los frescos en las bóvedas y pechinas.

En Otz, otro de los valles tiroleses no muy lejos de Stams del que sobresalen unas 250 cumbres, visité el encantador pueblo de Oetz en donde la hostería Zum Stern data de 1573 y es la más antigua del Tirol. Y camino de los pueblos montañeses de Gries y Niederthai, la cascada Stuibenfull, de 159 metros, a la que se puede acceder por pasarelas y escaleras desde el valle o por la carretera zigzagueante que conduce a Niederthai.

Finalmente, antes de dejar el Tirol y pasar al Estado de Voralberg, me hospedé en Saint Anton am Arlberg, una de las estaciones de esquí más chics de los Alpes, en verano permanece casi vacía y es el buen momento para escalar las cimas circundantes. La mayoría de los hoteles ofrecen gratis los pases para subir en funiculares y teleféricos hasta cimas como la del Valluga, a 2,800 metros, uno de los paisajes más espectaculares del país. Había una fiesta parroquial en el pueblo y en ese momento los vaqueros sacaron a pasear al ganado, mientras que en la plaza los aldeanos vestidos con sus trajes típicos bebías cerveza y comían salchichas al ritmo de la fanfarria tradicional.

Viajar al Tirol es adentrarse en una Europa de otros tiempos. En los paisajes idílicos de las estampas de los primeros viajeros del siglo XIX. En todo aquello que, desde otros partes del mundo, nutrió la imaginación de todos cuando se evocaban las regiones del Viejo Continente.

William Navarrete es escritor cubano residente en París.

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