Apoteosis de Leonardo Da Vinci en París
Resulta difícil decir algo nuevo sobre Leonardo Da Vinci. Más difícil aún, es resumir en una breve reseña una exposición que ha sido considerada como la más completa realizada hasta ahora de este genio inigualable del Renacimiento y uno de los hombres más ilustres del milenio.
El Louvre ha reunido durante el periodo de otoño/invierno 2019-2020 un total de 160 piezas, entre lienzos (unos 11 de los 20 que se le atribuyen), dibujos, grabados, documentos y objetos elaborados o relacionados con la obra de este hombre extraordinario. Y ha colocado el evento en el marco de los 500 años de su fallecimiento, fecha que no podía dejar pasar por alto. Y a pesar del esfuerzo que significa clasificar la creación de alguien que raramente daba por terminado lo que emprendía, la muestra intenta ordenar por etapas la creación de Leonardo y las influencias que va recibiendo de su propio entorno.
Uno de los aspectos más comentados de la retrospectiva que mostró el Louvre de París fue la dificultad para obtener el billete de entrada. Alguien comentó en algún momento que las personas hoy día van a las exposiciones de arte como a un supermercado, y viceversa, a los supermercados como si se tratase de una exposición de arte. Y desde hace un tiempo conseguir una entrada para visitar una exposición sin tener que hacer largas colas, sin recibir y dar empujones durante el recorrido y sin terminar la visita con la impresión de que hemos estado en un maratón, resulta prácticamente imposible. Por esta razón, el Museo y los organizadores impusieron la compra en línea, con anticipación, de los billetes que daban derecho al acceso. Y, como era de esperarse, desde el mes de septiembre ya estaban vendidas casi todas las entradas hasta el día del cierre. Da Vinci en el Louvre, como se dice en francés, il fallait la mériter (había que ganársela). De apoteósico se ha calificado la aceptación y entusiasmo del público.
De la infancia de Da Vinci (1452-1519) en la finca de Anchiano, a pocos kilómetros del pueblo toscano del que proviene su apellido, se conoce poca cosa, excepto que recibió una educación bastante rudimentaria y que era el hijo ilegítimo de un notario local con una aldeana. Casi todo lo que se especula sobre esos años iniciales se debe a Giorgio Vasari, biógrafo de las personalidades artísticas del Renacimiento. Es a partir de 1469, con 17 años, que entra en la bottega (el taller) de Andrea del Verrocchio y que su vida de aprendiz y creador comienza a perfilarse.
La exposición del Louvre comienza con los primeros pasos de Leonardo guiado por la mano experta del Verrocchio cuando se codea con otros artistas como Botticelli, EL Perugino y Ghirlandaio. A las tareas básicas de todo aprendiz sigue la instrucción en el ámbito de la mezcla de colores, la preparación de los marcos, los lienzos, el dibujo, la escultura, y numerosas actividades que van completando su formación hasta el punto de que el maestro le permite, en muchas ocasiones, finalizar sus obras. De esta etapa, se exhibe gran cantidad de dibujos en los que se aprecia la mano diestra del alumno al diseñar el drapeado de mantos y otros ropajes, hasta superar incluso a quien le enseña.
Posteriormente, al servicio de Ludovico Sforza, en Milán; contratado como ingeniero militar para la República de Venecia, al servicio de César Borgia, luego por Julián de Médicis en Roma y hasta sus últimos años de vida al servicio del rey de Francia Francisco I en el dominio de Amboise, en el Loira francés, donde morirá, la incesante curiosidad de Leonardo va a alejarlo a menudo de la pintura para hacer que se dedique a la ingeniería militar, los sistemas defensivos, las experiencias matemáticas, la cartografía de ciudades, el diseño de armas de combate e, incluso, la construcción de canales y la creación de sistemas hidráulicos.
El Louvre se enorgullece de ser el museo del mundo que posee la mayor cantidad de obras de Leonardo. Además de La virgen de las rocas, La bella herrera, La Gioconda, La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, San Juan Bautista y Baco, todas presentes ya en el Museo, se han traído otros lienzos importantes desde la Pinacoteca del Vaticano (como un San Jerónimo penitente nunca terminado), del Hermitage de San Petersburgo, la Galería de los Oficios de Florencia, la National Gallery de Londres, la Galería Nacional de Parma (de donde viajó la hermosísima Despeinada, como se le conoce en italiano) y de colecciones privadas, como la de la reina Isabel de Inglaterra, propietaria de gran cantidad de esbozos y dibujos, entre los que figuran el famoso Hombre de Vitrubio (obra que solo se exhibió durante dos meses porque su préstamo fue inicialmente bloqueado por un tribunal a petición de la organización Italia Nostra que la consideró muy delicada para viajar hasta que se llegó a un acuerdo), el Cartón de Burlington House y el Codex Windsor, también exhibidos.
Una de las novedades del recorrido fue la utilización y presentación, por primera vez, de la reflectología infrarroja para revelar los dibujos subyacientes en los diferentes lienzos. Se trata de una técnica que permite atravesar las capas de pintura y la materia para revelar los primeros dibujos, su obsesión por la perfección y la evolución de la obra hasta el producto final.
Se sabe que para terminar un cuadro Leonardo podía emplear entre 10 y 15 años. De hecho, son muchos los que nunca terminó. ¿Desinterés por la pintura?, se preguntan muchos. Es una de las cuestiones que la muestra trata de dilucidar. A Leonardo lo que más le interesaba era la comprensión y el estudio previo que lo llevaría a la perfección y al dominio absoluto de las técnicas y los conocimientos, más que el producto acabado en sí mismo.
El trabajo de conservadores y especialistas para completar la mayor exposición sobre Da Vinci comenzó hace diez años. De este modo ha cumplido el objetivo de incitar a una relectura de su obra basada en un conjunto admirable de documentos y análisis comparativos. A pesar de que La Gioconda no pudo ser desplazada desde la Sala de los Estados en donde se conserva en el propio Museo del Louvre, fue posible realizar una visita virtual y muy original del cuadro, mediante gafas en tercera dimensión para establecer un diálogo inusual con la que se considera la obra de arte más famosa de la historia del arte a escala mundial. La de la misma sonrisa enigmática que Leonardo seguirá esbozando ante todos aquellos que han intentado e intentan descifrar el misterio de su vida y de su obra.
William Navarrete es un escritor cubano establecido en París.