Viajes

Tres castillos del Loira: Montpoupon, Villesavin y Saché

El castillo de Montpoupon aparece de pronto cuando el auto sale de una curva.
El castillo de Montpoupon aparece de pronto cuando el auto sale de una curva.

El valle del Loira, a unas tres horas de París, rebosa de castillos. Unos cien pueden visitarse, y entre estos, algunos como Chambord, Amboise, Chenonceau o Villandry, son emblemáticos. En general, los visitantes se dirigen hacia los más conocidos, y dejan de lado los que no gozan de suficiente publicidad que, en ocasiones, son mucho más interesantes.

Llegamos una tarde de junio a uno de estos monumentos menos conocidos: el castillo de Montpoupon, a orillas de una carreterita sinuosa desde la que puede apreciarse todo su esplendor. A diferencia de otros castillos de la zona no tiene un parque que lo precede o un bosque. Más bien aparece súbitamente, majestuoso y sorprendente, en cuanto el auto sale de una curva. Ahí están sus torres medievales redondas y cuadradas, los únicos elementos que perduran de la fortaleza que que existió en el siglo XII.

Montpoupon un castillo privado, propiedad del conde de Louveancourt, heredero de la familia de la Motte-Saint Pierre que lo ocupa desde que, en 1857, uno de sus miembros lo compró y decidió rehabilitarlo. En 1912, pasó a manos de Bernard de la Motte-Saint Pierre quien se casó con la chilena Teresa Béché Irarrazaval, los padres de Solange, la penúltima propietaria que imprimió su sello y decidió abrirlo al público en 1972.

Dentro, las diferentes piezas fueron decoradas con muebles de diferentes épocas. El comedor, las habitaciones, el cuarto de baño, la biblioteca, el cuarto de juguetes, etc., forman parte del itinerario ambientado con grabaciones que cuentan la historia de las estancias, del mobiliario y de los moradores. La cocina y despensa exhiben una impresionante colección de utensilios que recrean el ambiente de principios del siglo XX. En las dependencias exteriores existe un museo muy completo de la caza, que es una de las especialidades del castillo, en donde se organizan grandes batidas de caza de montería con cuerno y trompa en el periodo que la ley lo permite.

Al sur de Chambord, llegamos al castillo de Villesavin, en manos, desde 1937, de los condes Lars de Sparre, una vieja familia aristocrática sueca, establecida en Francia desde épocas del Antiguo Régimen. Es un castillo del Renacimiento, construido en el siglo XVI por el secretario de finanzas encargado de velar por la construcción de Chambord. Imposible de abstraerse de una sonrisa.

La simetría propia de la arquitectura renacentista es visible. A un lado del patio de honor y tras atravesar un foso y puente decorativos, visitamos una capilla con frescos de la época de construcción del edificio, y el recorrido por los apartamentos restaurados en 1822 se lleva a cabo mediante una visita guiada. En una de las alas, se ha instalado uno de los museos sobre el tema de las bodas más completos de Francia, con una rica colección de ropas de novias, objetos, ajuares, coronas ornamentales y un sinfín de piezas originales relacionadas con las fiestas matrimoniales, entre ellas centenares de “globos matrimoniales”, un objeto en forma de campana de cristal típico de algunas regiones francesas, en donde se conservaba el bouquet de la novia y otros elementos decorativos de la ceremonia. Detrás de esa misma ala hay un palomar muy antiguo y perfectamente conservado, y del otro lado, un pequeño museo con automóviles de principios del siglo XX y un hermoso parque de unas 60 hectáreas en donde se crían unos veinte asnos de la raza Baudet de Poitou que se daba casi por extinguida hace algunos años.

En Villesavin da gusto la organización de las visitas, la tienda con productos locales provenientes de las fincas de propietarios de la región y los recorridos temáticos pedagógicos para niños.

Un poco más al oeste, a media hora de Tours, el castillo de Saché es conocido por haber sido el sitio en que se refugió durante largas temporadas y escribió muchas de sus célebres novelas el escritor Honoré de Balzac. O parte de otras, como Papá Goriot, Las ilusiones perdidas o Louis Lambert. Allí vivía Jean Margonne, para muchos, amante de su madre, y por eso podía quedarse a gusto el tiempo que quisiera, aunque también se escondía de sus acreedores pues, a pesar de haber tenido siempre éxito en vida, solía gastar más de lo que ganaba.

El castillo –que en realidad es lo que se conoce en francés como “logis” (castillejo)– construido en el siglo XV, se ha convertido en museo temático acerca de la vida y obra del autor. A Balzac le gustaba llamarlo “débris de château”, es decir, “restos de castillo”, pues comparado con los majestuosos castillos del Loira que se encuentran en su proximidad no tiene monumentalidad. También le resultaba familiar el ambiente de la región, pues había nacido en la cercana ciudad de Tours, aunque haya pasado gran parte de su vida en París.

En la planta baja una de las piezas, encargada por la Sociedad de Gentes de Letras en 1891, exhibe la escultura de Balzac realizada por Rodin que en la época provocó muchas polémicas, pero que hoy en día es considerada una de las obras maestras del escultor. Otra pieza está dedicada a una imprenta de principios del siglo XIX para recordar que Balzac fue impresor entre 1826 y 1828. Pocos de los muebles de los Margonne pudieron conservarse, pero los que se exhiben corresponden al gusto de la época y a ese medio social.

Saché atesora muchos de los manuscritos de su célebre huésped. Puede verse en método de trabajo del autor, que corrige sin cesar lo que escribe, pero anota también detalles para no olvidarlos. De hecho, en varios estantes se conserva la edición príncipe de prácticamente todos sus libros. Hay también una reconstitución de su cuarto que él llamaba “celda de monje” y en donde escribe, sentado o acostado, toda la noche, sin parar de tomar café, a veces hasta 17 horas seguidas, pues sus editores lo acosaban y su única manera de trabajar consistía en periodos de creación febril y otros en los que no hacía absolutamente nada.

Saché, Villesavin y Montpoupon son excelentes opciones para alejarse un poco de los caminos trillados. Sin contar que alrededor de los tres castillos hay gran cantidad de pueblecitos, iglesias románicas, jardines espectaculares y un sinfín de lugares cargados de historia rebosantes de belleza.

William Navarrete es un escritor cubano establecido en París.

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