Viaja al pasado en La Alberca salmantina
Cuando el verano se nos hace cuesta arriba en la ciudad, una escapada a una villa apacible en un entorno rural nos puede saber a gloria. A mediodía llegamos a Salamanca, para desde allí comenzar un recorrido que nos acercara a varios pueblos de los más curiosos y bonitos de España. Esperábamos una inyección de sorpresas, tradición, exquisita gastronomía, y la naturaleza selvática que bulle bajo el paraguas de dos reservas de la Biosfera: las Sierras de Béjar y Francia. En la última, los mágicos senderos del parque natural Las Batuecas, nos prometían cuevas, pinturas rupestres y aguas cristalinas.
Patrimonio de la Humanidad
Salamanca destila suntuosidad. Por eso son imprescindibles las fachadas de piedras afiligranadas de sus dos Catedrales: la antigua y la nueva; la Universidad Pontificia frente a la Casa de las Conchas; la incomparable y mundana Plaza Mayor; y el semblante de la Universidad salmantina, entre las más antiguas de Europa junto a la de París, Bolonia y Oxford, que nos apremia a zambullirnos en la costumbre novelesca de buscar a la rana entre el encaje de las piedras, y a un astronauta en el de la catedral más joven. Nos apetece comportarnos como turistas, pero evitamos los itinerarios trillados. Reducimos las ansias preguntando a los salmantinos dónde se come mejor, buscamos atajos, y exprimimos los minutos. No nos gusta perder el tiempo en una ciudad tan pletórica.
Antes de entrar a la casa decorada con más de 300 conchas, la actual Biblioteca Municipal, para admirar la fusión arquitectónica de los estilos plateresco y mudéjar y dejarnos seducir por su patio enclaustrado; aceleramos el paso para conseguir un recuerdo, aprovechando el ambiente comercial del casco histórico. Vamos a por el botón charro, esa filigrana dorada o plateada, que simboliza el folclore salmantino por antonomasia. La vendedora de la joyería afirma, con razón, que en tantos años trabajando en la calle Rúa Mayor, una de las aledañas a la Catedral, nunca vio tan poca gente. Son tiempos difíciles para la salud y la economía.
Un viaje al pasado
La sensación de estar en otra época se materializa al toparnos con la fisonomía de La Alberca. Las protagonistas del paisaje urbano tanto a la entrada del pueblo como en la Plaza, son robustas cruces de piedra y las típicas casas de tres plantas, con fachadas de adobe bajo un entramado de madera, comunes a otras villas de la comarca. A este museo a la intemperie, se suma la herencia cultural que pervive en tradiciones ancestrales, como la llamada Moza de Ánimas que a diario se detiene en ciertas esquinas y toca una campana, llamando al rezo por el recuerdo de las almas del purgatorio; o el marrano de San Antonio, que vaga libremente por las calles y es alimentado por los vecinos hasta su sacrificio, cada 13 de enero.
A pocos kilómetros están dos “pueblos bonitos de España”: Mogarraz, villa famosa por su joyería y bordados artesanos, que durante el siglo XIII perteneció al señero y fortificado Miranda del Castañar. En ambos se percibe la cepa medieval de su origen en sus calles irregulares y angostas.
Sequeros es otra localidad serrana en cuyo patrimonio arquitectónico y cultural aparece el teatro León Felipe edificado en 1872, ahora con cambios en su programación habitual en prevención del virus COVID-19.
La extensa población de castaños ha dado nombre a otro pueblo del área: San Martín del Castañar, donde sorprende la acumulación de casas blasonadas, evidencia de la hidalguía de sus antiguos pobladores. Del castillo erigido en el siglo XV, hoy reestructurado, solo quedan los muros y un arco bajo el cual se accede al cementerio y al Centro de interpretación de la Reserva de la Biosfera de las Sierras de Béjar y Francia. En las faldas de estas ruinas se extiende una Plaza de Toros, y la atalaya nos permite embelesarnos con una generosa panorámica del santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia.
Candelario es otro encantador pueblecito asentado en la comarca de la Sierra de Béjar, frecuentado por los amantes del esquí, por su proximidad a la estación La Covatilla, y los senderistas y alpinistas que visitan Calvitero, la montaña más alta de Extremadura. La pintoresca arquitectura ecléctica en algunas calles resulta una curiosidad de la que presumen los candelarienses, sin dejar atrás las batipuertas, que se anteponen a las del acceso a las viviendas y cuyo fundamento podría estar vinculado a agilizar el sacrificio de las reses.
La Peña de Francia
Descuella a más de mil 700 metros de elevación sobre el nivel del mar, en un paraje de áspera geología, donde el verdor del follaje compite en belleza con el índigo del cielo. En invierno, la nieve dificulta las visitas, por lo que en otras estaciones se transforma en un lugar de peregrinaje gracias al hallazgo de una virgen negra, el 18 de mayo de 1434, según reza en una capilla subterránea aledaña al santuario de los dominicos, cuya puerta principal en ojiva data del siglo XV.
La iglesia gótica donde se venera la imagen de bulto de nuestra señora de la Peña de Francia, ocupa el punto más alto de la cumbre. Tirso de Molina, Cervantes, Lope de Vega y Unamuno (quien fuera tres veces rector de la Universidad salmantina) dejaron en sus obras la impronta de estos parajes.
La ruta de las raíces
Saliendo de La Alberca anduvimos la ruta circular “Camino de las Raíces” para experimentar la experiencia sensorial de sumergirnos en un bosque de castaños y robles, y resultó curioso encontrar varias obras de artistas locales mimetizadas en el panorama. Antes de arribar a la ermita de las Majadas Viejas nos topamos con la escultura de Begoña Pérez titulada “Del espejismo de un bosque” y la de Lucía Loren bautizada como “La Majá”.
Ante la primera escultura nos sentimos como niños, al vernos formando parte del bosque en el reflejo de espejos verticales. La historia de la ermita hizo el resto, gracias a la romería de la Virgen de las Majadas Viejas, una costumbre atávica cuyo origen nace en la leyenda de Don Rodrigo, el último rey visigodo que tras perder la batalla de Segoyuela, escondió una imagen de la virgen. La ermita se erigió en el sitio donde fue encontrada años después.