Viajes

Olinda, la joya de Pernambuco

La iglesia del Carmo.
La iglesia del Carmo.

Llegué a Olinda proveniente de Salvador de Bahía, en un vuelo de la compañía Gol que aterrizó en el aeropuerto de Recife, la ciudad más grande del nordeste brasilero. A menos que vayamos directamente a Recife desde otro país, las distancias dentro de Brasil obligan a recurrir al avión. Es la única manera de evitar trayectos de más de 10 horas por carreteras que solo tienen dos sendas. En Brasil nada de lo que parece encontrarse a proximidad cuando miramos un mapa, queda realmente cerca.

Olinda, a apenas 7 kilómetros del centro antiguo de Recife, es una de las joyas del barroco colonial portugués en Sudamérica. Por ello, se inscribió en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Sede de la antigua capitanía de Pernambuco, fue establecida en 1535 a orillas del océano Atlántico por Duarte Coelho y, desde entonces, su prosperidad de debió al cultivo y explotación de la caña de azúcar.

Casas pintorescas de Olinda.
Casas pintorescas de Olinda. Fotos cortesía/William Navarrete

Un hecho marcó la historia local y contribuyó al desarrollo posterior de la que entonces llamaban “la pequeña Lisboa”. En 1630, los holandeses invadieron, pillaron y ocuparon la villa, y el gobierno encabezado por Juan Mauricio de Nassau-Siegen se extendió hasta 1654. Este periodo se caracterizó por la libertad comercial y la tolerancia religiosa (los holandeses eran protestantes). Incluso, se permitió la construcción de la primera sinagoga de América (para los judíos conversos portugueses que ya no tenían que disimular sus creencias), aún en pie en el casco antiguo de Recife, ciudad rebautizada como Mauricia durante la ocupación. La reconquista portuguesa, un cuarto de siglo después, afianzó el sentimiento nacionalista, ya que esclavos, indios y colonos portugueses aunaron esfuerzos para liberarse de los holandeses.

Vista de Recife a lo lejos y el viejo Olinda desde el barrio de la Catedral.
Vista de Recife a lo lejos y el viejo Olinda desde el barrio de la Catedral. Fotos cortesía/William Navarrete

La primera impresión que deja Olinda es la de haber llegado a un remanso de paz desde el que se ven, a lo lejos, los altos rascacielos de Recife. Construida sobre colinas, con empinadas calles y escaleras de piedra, una veintena de iglesias y monasterios barrocos, hermosos jardines, fachadas coloridas y viejas casonas seculares, en medio del exuberante verdor de árboles exóticos que afloran por encima de tapias y techos, la ciudad es, junto a Diamantina, Ouro Preto, Tiradentes o Paraty, una referencia arquitectónica e histórica en el continente americano.

La iglesia y barrio del Amparo.
La iglesia y barrio del Amparo. Fotos cortesía/William Navarrete

Me instalé en una pousada (el equivalente brasilero de un hotel familiar) en la calle del Amparo, justo durante las “previas” del Carnaval. Las numerosas cofradías y “baterías” (bandas o comparsas) tradicionales, ensayaban con desbordante entusiasmo en parques y plazas. Todas hacían gala de sus coreografías, algunas al compás del frevo, una música y baile de marcha rápida que surgió en el siglo XIX en Recife y que es símbolo identitario del Estado de Pernambuco. Como en otras partes del continente, los cortejos de bailadores se desplazan por las calles al ritmo de esta música.

La comparsa de la Cabra, en el Carnaval de Olinda.
La comparsa de la Cabra, en el Carnaval de Olinda. Fotos cortesía/William Navarrete

Me asombró mucho el orden y la seguridad en general. Durante estas “previas”, tanto de noche como de día, me sumé a la marea carnavalesca en que todos y todas empinaban sus cervezas y caipirinhas, y en ningún momento fui testigo de altercado alguno, pleito, agresión ni robo. La policía, en grupo de cuatro o cinco agentes apostados en una esquina, no tuvo que intervenir nunca durante toda la semana que permanecí allí.

Por las mañanas, cuando hay menos calor, visité la catedral Alto da Sé, originalmente construida en barro, en 1540, pero reconstruida en 1584 y ampliada con nuevas dependencias en 1616. Es un templo sobrio con tres naves en lo alto de una colina desde cuyos ventanales y terraza se puede contemplar todo Olinda, el océano y, a lo lejos, Recife. En este mismo barrio se encuentran el Museo de Arte Sacra (con fabulosos mobiliario y objetos religiosos del periodo colonial), el Museo de los Bonecos Gigantes (muñecones del carnaval), la iglesia de la Misericordia (que nunca pude visitar a pesar de varios intentos pues siempre estuvo cerrada) y, colindando, la iglesia Nuestra Señora de la Concepción cuyo convento es hoy una hostería.

El convento de San Francisco.
El convento de San Francisco. Fotos cortesía/William Navarrete

Bajando la colina de la Catedral por el lado este, se pasa por delante del Seminario e iglesia Nuestra Señora de Gracia y se llega al excepcional convento de San Francisco, el más antiguo de Brasil, que sirvió de prototipo para construir los restantes de la orden franciscana en el país. Es un complejo monumental constituido por la iglesia Nuestra Señora de las Nieves, la capilla San Roque, la sacristía, el claustro y el edificio conventual. El mobiliario es admirable y los paneles de azulejos que cubren hasta más de la mitad las paredes del claustro, la sacristía y la iglesia datan de la primera mitad del siglo XVIII y constituyen uno de los conjuntos decorativos más importantes del país. Admirables son también los techos de artesonado con pinturas de época y la biblioteca que atesora libros raros.

Azulejos en el claustro del convento de San Francisco.
Azulejos en el claustro del convento de San Francisco. Fotos cortesía/William Navarrete

Otras iglesias destacadas son la del Carmo (en lo alto de un promontorio en la entrada del viejo Olinda y precedida de una escalinata de piedra), la del Amparo (al final de la calle de este nombre), la de San Bento (en restauración) y la de Nuestra Señora del Rosario de los Negros (cofradía que fue en un tiempo la de los esclavos).

Hay numerosos restaurantes y bares diseminados por todo el casco histórico. Frente al Museo de los Bonecos Gigantes, en el patio de una casona convertida en feria de artesanía, la cafetería Alto da Sé, con terraza mirador, propone platos tradicionales de Pernambuco como el famoso bolo souza leao, típico dulce pernambucano. La centenaria Bodega de Véio, en la calle Amparo, ha conservado el sabor de los viejos establecimientos de este tipo y se puede beber y hasta tapear empanadas de mariscos y croquetas de bacalao arrimándose al mostrador. En materia de helados, la Sorveteria Olinda (rua Quinze de Novembro), en la cuesta que baja desde la iglesia de Sao Bento hasta el antiguo Mercado Municipal (hoy Centro de Arte), propone una veintena de sabores, muchos de éstos, desconocidos para quienes no estemos familiarizados con frutas exóticas: cumarú, jenipapo, jaca, amora o marañón, algunas exclusivas del Amazonas, servidos en copas y con paletas biodegradables.

A pesar de que la ciudad se encuentra a orillas del Atlántico no se le visita por sus playas. Las mejores quedan a unos 30 kilómetros del centro antiguo y las que están al pie de lo que se conoce como “Olinda Nueva” son de muy mala calidad, además de peligrosas por la frecuente presencia de tiburones.

Escena del Carnaval de Olinda.
Escena del Carnaval de Olinda. Fotos cortesía/William Navarrete

Olinda, cuyo nombre se dice fue pronunciado por primera vez por su fundador cuando exclamó: “Oh, ¡linda situación para erigir una ciudad!”, es una etapa imprescindible de todo viaje al norte de Brasil. Si dicho viaje se lleva a cabo en épocas previas al Carnaval o durante éste, como fue mi caso, es inevitable incluirla en lo adelante entre los sitios inolvidables que hemos podido visitar.

William Navarrete, escritor establecido en París. @williamnavarrete.tourdumonde

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