Viajes

Las Bardenas Reales: un escenario de ciencia ficción

Territorio amarillento que parece lunar y que evoca los paisajes desérticos del estado de Arizona en los Estados Unidos, pero está en España.
Territorio amarillento que parece lunar y que evoca los paisajes desérticos del estado de Arizona en los Estados Unidos, pero está en España.

Este Parque Natural es uno de los territorios más fabulosos de Europa. Evoca los paisajes desérticos del estado de Arizona en los Estados Unidos, pero está en España. Se sitúa en el sureste de Navarra, al norte de la península, y también limita con Aragón. Castildetierra es el regio icono de las Bardenas Reales, un espacio protegido y declarado Reserva de la Biosfera en el año 2000.

El terreno amarillento donde se asienta, de apariencia áspera, se extiende por casi 42 mil hectáreas, y durante millones de años estuvo cubierto por enormes lagos donde habría vida acuática, y terrestre en las áreas boscosas colindantes. En 2003 tuvo lugar un insólito hallazgo cuando un trabajador que efectuaba reparaciones con una excavadora, encontró en las Bardenas el nido fósil más antiguo del mundo, de un espécimen precursor de los actuales flamencos.

El paisaje de las Bardenas Reales es tan atractivo por su morfología, que ha sido escenario de películas como la española “Airbag” y “El Mundo nunca es suficiente” de James Bond, además de la famosa serie de HBO “Juego de Tronos”.

Los aficionados a la aventura pueden hacer variadas rutas autorizadas a pie, a motor y en BTT (bicicleta de montaña o todo terreno). Para documentarse, es recomendable acudir al Centro de Información y Acogida de Visitantes del Parque Natural.

El cabezo Casteldetierra.
El cabezo Casteldetierra. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

Resulta llamativo que la erosión provocada por el agua o el viento, moldearan un paisaje mítico como el cabezo Casteldetierra y otros barrancos muy fotogénicos, que podrían desaparecer a través de los siglos. Seria el viento y el agua intensa los factores que contribuirían a su desgaste.

Este asombroso ecosistema es una joya natural habitada por variadas especies de la fauna y flora ibéricas, que gozan de la protección atribuida al territorio. Estratégicamente, existe una zona militar del ejército español (desde 1951) a la que está prohibido aproximarse.

Las Bardenas Reales eran propiedad de la realeza española hasta que fueron traspasadas en perpetuidad a los 22 municipios llamados “congonzantes”, que desde entonces, disfrutan de su aprovechamiento.

Los turistas que planeen visitar este inédito paisaje casi lunar, podrán alojarse en hoteles y casas rurales próximos al área protegida. Otra opción muy peculiar y encima novedosa, es instalarse en las casas cuevas de Bardenas, lo cual podría convertirse en esa vivencia exclusiva, que convierta este viaje en inolvidable.

Tarazona y su Capilla Sixtina

A menos de una hora, se encuentra la aragonesa Tarazona, una ciudad fundada en el siglo I a.d.C en la comarca de Zaragoza.

Sus límites territoriales limitaban entonces con tres reinos: el de Castilla, Navarra y Aragón, lo que influyó en su desarrollo cultural, comercial, político y urbanístico. Su Catedral Santa María de la Huerta, combina el arte mudéjar con el gótico, elevándolo a una exquisitez sin precedentes, y siendo una de las dos catedrales españolas que exhibe el estilo mudéjar, (la otra está en Teruel).

Retablo gótico (s XIV) Capilla de los Calvillo, Catedral de Tarazona.
Retablo gótico (s XIV) Capilla de los Calvillo, Catedral de Tarazona. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

En su interior, destacan la cúpula y las pinturas que lucen todo su esplendor tras haber sido restauradas. Resaltan la Capilla de los Calvillo, con el retablo gótico (s XIV), y el del altar mayor (s. XVII). Se la reconoce como la Capilla Sixtina del Renacimiento español, debido a las pinturas de personajes bíblicos desnudos cubriendo el techo de la Capilla Mayor y el cimborrio. Alonso González, su creador, estuvo influenciado por la obra del italiano Miguel Ángel, pero en la España del siglo dieciséis, estas escenas se consideraban impúdicas, por lo que el artista cubrió las figuras bajo ropajes. Fue en 2011, tras la restauración, que salieron a la luz con todo su esplendor.

Dibujos de sacerdotes presos bajo el Palacio Episcopal.
Dibujos de sacerdotes presos bajo el Palacio Episcopal. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

Tarazona posee un patrimonio poco explorado aún por el turismo. Su auge primigenio promovió la fortuna arquitectónica que todavía exhibe, donde destaca, muy próximo a la Catedral, el Palacio Episcopal. Su impresionante fachada renacentista, y las galerías acristaladas desde las que se divisa la bonita Plaza de Toros (convertida hoy en viviendas para particulares), ofrece una coqueta perspectiva de los edificios cercanos al río Queiles. Desde el Palacio se ve también el antiguo barrio judío, donde destacan las casas colgadas en las Rúas Alta y Baja, las cuales no lucen muy preservadas.

Retablo del Altar Mayor y Cúpula Catedral de Tarazona.
Retablo del Altar Mayor y Cúpula Catedral de Tarazona. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

Edificado en el s XII, era de esperar que la construcción del Palacio tuviera en sus inicios un propósito defensivo. Siglos más tarde, alcanzó el semblante renacentista que a día de hoy, se mezcla con los estilos gótico y mudéjar. Actualmente se encuentra en restauración, pero se puede visitar y contemplar el Salón de los Obispos y la Capilla del Obispo, cuyo retablo, de origen desconocido, data del s XVI. En sus sótanos se conservan mazmorras de esa época, donde los clérigos condenados padecían penurias. En aquel ambiente lúgubre, los penados dejaron grafitis y dibujos en las paredes de las celdas, que sorprenden a los visitantes.

Vista parcial del claustro del Monasterio de Veruela.
Vista parcial del claustro del Monasterio de Veruela. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

El monasterio de Veruela es otro de los imprescindibles de Tarazona. Su alucinante historia y la estadía del gran poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer entre sus muros, junto a su hermano Victoriano, despiertan la atracción de esta mole cisterciense donde los siglos han dejado una impronta imborrable. Sus celdas monásticas revelan las horas de rezos y sosiego de sus antiguos inquilinos.

Dentro alberga el Museo del vino, que expone la tradición vinícola de la zona, con la fermentación de la uva garnacha. También revive esa herencia literaria de Bécquer, que en 1863 puso rumbo al monasterio con vistas a la sierra del Moncayo, donde escribió sus “Cartas desde mi celda”, mientras se recuperaba de una tuberculosis que entonces, era una enfermedad mortal.

Recodo del pueblo navarro de Ujué.
Recodo del pueblo navarro de Ujué. Fotos cortesía/Ana Lucía Ortega

Para cerrar el círculo, saliendo de Tarazona, la cercanía al pueblecito de Ujué, en Navarra, es la oportunidad de viajar en el tiempo. Se siente allí el calor del hogar y apetece catar ese vino con un delicioso aperitivo, mientras en el horizonte, la Cordillera pirenaica despliega todo su poderío. Las callejuelas empedradas simulan laberintos, y la terracota prevalece en plazas y edificaciones.

No se puede abandonar Ujué sin comer las migas de pastor que suelen servirse con chistorra navarra, uvas y huevo, ni dejar de visitar la iglesia de Santa María la Real, donde la talla románica de la virgen del s XII es uno de sus emblemas fundamentales. El medioevo atrapa aquí al visitante, porque esta localidad rezuma historia por sus cuatro costados.

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