Viajes

La isla bretona de Ouessant, en los confines de Francia

El espectacular faro de Stiff construido en 1699 por Vauban.
El espectacular faro de Stiff construido en 1699 por Vauban.

Un viaje a Ouessant no se improvisa. Desde París fueron más de tres horas de tren hasta Brest, un taxi hasta el puerto de Le Conquet, una travesía de hora y media con escala en la isla intermedia de Molène y, finalmente, la llegada al puerto de Stiff en que un vehículo nos condujo hasta nuestro alojamiento en la “chambre d’hôtes” (casa de turismo) de Véronique Noret y Olivier Orlach en el caserío de Toull al Lann. Desde este sitio pudimos contemplar enseguida una de las vistas más espectaculares de la bahía de Lampaul. De puerta a puerta, empleamos unas diez horas en llegar, contando el tiempo de espera en cada escala.

Fabulosa vista de la bahía de Lampoul desde la casa de turismo de Véronique Noret.
Fabulosa vista de la bahía de Lampoul desde la casa de turismo de Véronique Noret. Fotos cortesía / William Navarrete

Estaba invitado, junto a mi coautor francés Pierre Bignami, al Festival de Literatura Insular de la isla de Ouessant, un evento de varios días de duración y que cumplió 27 años promocionando a autores nacidos en una isla o a quienes han escrito sobre cualquier territorio insular del mundo. Isabelle Le Bal, su directora, nos condujo a nuestro alojamiento, nos entregó el programa y nos contó que, debido a la vocación marítima de la isla y a la dependencia del océano, las mujeres son quienes desde hace siglos escogen a sus maridos y llevan la voz cantante en las decisiones. Los hombres, tomaban el camino del mar y, en ocasiones, ni siquiera regresaban.

Pierre Bignami y William Navarrete en el Festival Literario Insular de la isla de Ouessant.
Pierre Bignami y William Navarrete en el Festival Literario Insular de la isla de Ouessant. Foto cortesía / Isabelle Le Bal

Ouessant es una de las islas del llamado archipiélago del Poniente, frente a las costas de Bretaña. Por su posición, muy adentrada en el océano Atlántico, es la tierra francesa más occidental de todo el continente europeo. Su aislamiento natural, sus costas salvajes y agrestes, las fuertes corrientes oceánicas, el embate de las tormentas, su abundante historial de naufragios y la rudeza del clima en general han ido moldeándola y otorgándole su propia identidad, además de una cultura e identidades que la diferencian del resto de Francia.

Faro de Créac’h o Kreac’h en Ouessant, Francia.
Faro de Créac’h o Kreac’h en Ouessant, Francia. Fotos cortesía / William Navarrete

Lo primero que todo ouessantino nos explica es que ese exiguo territorio de 8 km de largo por 4 km de ancho posee cinco faros: Nividic, Le Jument y Kéréon (en el mar), además del Stiff y el Créac’h en tierra. Una de las presentaciones de nuestro libro tuvo lugar justamente en el faro de Stiff, una de las atracciones de la isla, pues fue construido en 1699 por el gran ingeniero francés Sebastien Le Preste de Vauban, encargado de fortificar bajo Luis XIV todo el territorio del Reino. Se trata de uno de los faros más antiguos de Francia que funciona todavía, y su potente torreón de 32 metros de altura recuerda las torres defensivas de los castillos medievales. Su fanal es perceptible a 24 millas y diferentes salas explican la evolución de este dispositivo indispensable para la navegación. Se puede visitar y subir hasta el balcón-mirador para una vista espectacular de toda la isla y los islotes circundantes.

El otro faro impresionante es el Créac’h (47 m de altura), no lejos del extremo oeste, fuente de inspiración de muchos poetas, como Agnès Parent de Curzon, escritora parisina que vivió varios días allí en el marco de un programa de becas de CALI, asociación encargada de la organización del festival. Una de las voluntarias de CALI nos condujo de noche al pie del coloso para que viéramos algo inusual: los ocho haces de luces blancas proyectados por su linterna que, como las varillas de una sombrilla, giran rítmica y acompasadamente en medio de la profunda oscuridad con un efecto sorprendente. Patrimonio visual de Ouessant y de Francia, una petición colectiva tiene lugar en este momento para impedir que su linterna sea remplazada y que su alcance luminoso de 60 km sea reducido.

La punta de Pern y sus formaciones rocosas.
La punta de Pern y sus formaciones rocosas. Fotos cortesía / William Navarrete

No lejos del faro se halla la punta de Pern, la más occidental, con un paisaje de formaciones rocosas de granito y pizarra que la erosión del viento y las borrascas han ido tallando en caprichosos volúmenes que imitan esculturas animalescas.

La iglesia de Lampaul con el campanario ofrecido por la Reina Victoria.
La iglesia de Lampaul con el campanario ofrecido por la Reina Victoria. Fotos cortesía / William Navarrete

Ouessant posee varios caseríos y su centro es Lampaul que todos llaman “le Bourg” (el burgo), en que se concentran comercios, bares, restaurantes, hoteles, una panadería/dulcería, un supermercado, la biblioteca, la escuela primaria, la casa de prensa y, a un costado de su centro, la iglesia Saint-Pol Aurélien, reconstruida en 1860 y dotada más tarde, gracias a la reina Victoria, de un alto campanario, que los habitantes recibieron de la Corona por haber socorrido a los náufragos del trasatlántico Drumond Castle en 1896. En su nave el festival nos deleitó con un concierto inolvidable en bretón y francés de la cantante y compositora Clarisse Lavanant.

Los calvarios abundan diseminados por el territorio insular. Muchos calvarios son considerados parte del patrimonio religioso y cultural francés, y algunos están protegidos.
Los calvarios abundan diseminados por el territorio insular. Muchos calvarios son considerados parte del patrimonio religioso y cultural francés, y algunos están protegidos. Fotos cortesía / William Navarrete

Cada día emprendíamos varias veces el camino de ida y vuelta entre nuestro alojamiento y el burgo, y cada vez el paisaje cambió en función de la luz y las mareas. Isla de mil rostros, Ouessant debe caminarse o recorrerse en bicicleta, perdiéndose por sus estrechos caminos y trillos, descubriendo aquí y allá, una capilla solitaria, un calvario en medio del campo o una playa como las de Porz Gwen y Arlan, al pie de altos acantilados que las protegen de las grandes marejadas.

El trabajo de la lana a la ouessantina realizado por Véronique, en su propia casa.
El trabajo de la lana a la ouessantina realizado por Véronique, en su propia casa. Fotos cortesía / William Navarrete

Nuestra anfitriona, que es también la cartera de la isla, se ocupa de la crianza de ovejos y corderos que pastan en un campo frente a su casa. El cordero de Ouessant, una variedad endémica de la isla, es el más pequeño del mundo y la cocción de su carne se realiza de forma tradicional utilizando terrones de turba y tojos (arbustos espinosos de flores amarillas) por escasear los árboles y, por consiguiente, la leña. Asimismo, Véronique nos hizo una demostración del proceso ancestral de esquilmar, preparar, cardar, hilar y tejer la lana como lo aprendió de su abuela, para confeccionar en varias tonalidades y según el color de cada animal, gorros, medias, abrigos, estolas y otras piezas extraordinarias como lo hacían sus ancestros.

Poco a poco, a medida que nos fuimos compenetrando con el paisaje cambiante, las vicisitudes del clima y los imprevistos dictados por las condiciones meteorológicas fuimos sintiendo apego a esta tierra de apariencia hostil, pero en realidad entrañable y cordial.

No vale la pena visitarla unas horas y retomar el barco de vuelta al continente. Lo mejor es tomarse su tiempo, instalarse varios días, de preferencia en verano o primavera, y recorrerla palmo a palmo, conversar son su gente, y admirar plenamente sus múltiples facetas impregnándose de su alma cálida y generosa.

William Navarrete es escritor establecido en París, @williamnavarrete.tourdumonde

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