Así es hoy la capital del antiguo Imperio Austrohúngaro
El impacto de Viena en nuestros sentidos es equiparable al magnetismo de una sinfonía mozartiana. Desde que pisas sus calles empedradas percibes que has llegado a un escenario donde la belleza y la historia se entrelazan. Es el encanto imperial, la magnificencia. La perfección.
Así fue la primera impresión al llegar a la capital del Imperio Austrohúngaro, nacido en 1867 y gobernado por un emperador, cuyo nombre evoca telenovelas latinoamericanas: Francisco José I. Su vida, curiosamente tempestuosa, le hizo pasar por altibajos familiares. Su madre, la archiduquesa Sofía de Baviera, no se llevaba bien con su nuera, una emperatriz de extraordinario magnetismo: Isabel de Baviera, más conocida por Sissí, y que fue asesinada por un anarquista italiano en 1868 en Ginebra, Suiza. A pesar de su soledad, el gobierno del soberano fue estable y fructífero hasta su muerte, a los 86 años, durante la Primera Guerra mundial, en el Palacio de Schönbrunn, en Viena.
En esta ciudad, compiten por nuestra atención los palacios y edificaciones más hermosos que podamos imaginar: el Palacio de Schönbrunn, residencia de verano de los Habsburgo, cuyos jardines ostentosos, la Glorieta y los refinados objetos de porcelana, reclaman nuestra atención; el ineludible Palacio de Hofburg, primitiva residencia imperial que integra la Biblioteca Nacional, la Escuela Española de Equitación y los apartamentos imperiales; el Museo de Sissí, que exhibe sus complementos; o los Museos de Historia del Arte y el Natural.
Otros lugares ineludibles son la Ópera de Viena, reconocida mundialmente como el corazón del género y acudir a una función de fin de año es magnificar la experiencia. Recorrer la circular avenida de Ringstrasse nos permite admirar construcciones como el Ayuntamiento o la Iglesia Votiva, entre otros edificios singulares.
Visita obligatoria es la Catedral gótica de San Esteban construida en el s XII, donde es una gozada escuchar los conciertos del coro y los violines. En una calle paralela, hallamos la casa que habitó durante 3 años el genial músico alemán Wolfgang Amadeus Mozart, donde se revive la vida y obra del genio.
Gustav Klimt es el imprescindible de una visita en la capital del antiguo imperio. El pintor austriaco brilló tanto como sus cuadros, que hallaremos en el Museo del Palacio Belvedere. No hay excusas para pasarlo por alto. El simbolismo de su obra supera a su genio, por lo que es imposible perdérselo. Desde el centro de Viena y durante un paseo de unos veinte minutos, se revela un inmueble barroco espectacular con bellísimos jardines y salones.
Viena lleva varios años liderando el palmarés de las mejores ciudades europeas y de todo el mundo para vivir, por su calidad de vida, con excelentes estándares en contaminación, nivel educativo, limpieza, urbanidad, transporte público, alimentación, sanidad y seguridad, además de su vigorosa economía.
Transitarla y descubrir cada recodo, monumento o plaza, es posar la mirada en el arte y la tradición. Ese fue mi viaje por la capital austriaca, mientras los variados cafés nos invitaban a parar el tiempo disfrutando de una taza de café vienés, acompañado de un trozo de la exquisita e icónica tarta Sacher (Sachertorte).
¿Y por qué no llevarnos un recuerdo en forma de joya, de Daniel Swarovski, el creador de los cristales de lujo, nacidos en Viena en 1895? Su legado significó un cambio en el tallado de cristales a la par de intensificar su brillantez. De la marca, se hacen relojes, accesorios para ropa y calzado, y hasta figuras decorativas que transforman un espacio en un universo fantástico y surrealista.