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Los Haitises: Un encuentro con las culturas milenarias de República Dominicana

Playa en Wyndham Alltra Samaná.
Playa en Wyndham Alltra Samaná.

Todo aquel que va a República Dominicana busca perderse, ya sea en las playas de los hoteles todo incluido, en los oscuros bares donde reina el merengue y la bachata, en las profundas aguas del Caribe, en los frondosos bosques tropicales o en aquellos rincones escondidos que aún no aparecen en ninguna guía de viaje.

Playa en Wyndham Alltra Samaná.
Playa en Wyndham Alltra Samaná. Cortesía / Wyndham Alltra Samaná

Buscando un poco de todo esto, me adentré a la Península de Samaná, una región idílica a tres horas en carro de Santo Domingo. A diferencia de otros destinos como Punta Cana, el turismo en Samaná es todavía emergente y las carreteras siguen estando rodeadas de casas locales y pequeñas tienditas que alimentan a los viajeros con delicias caseras. Siguiendo estas carreteras, mi grupo llegó hasta las Galeras en la remota y tranquila punta de la península. Nuestro plan era disfrutar de las comodidades del modelo todo incluido en Wyndham Alltra Samaná y visitar uno de los más grandes tesoros de la isla: el Parque Nacional Los Haitises.

Pájaros en el Parque Nacional Los Haitises.
Pájaros en el Parque Nacional Los Haitises. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Este hermosísimo parque — cuyo nombre significa “tierras montañosas” en taíno — está ubicado en el sur de Samaná y protege 618 millas cuadradas de manglares, ríos, bosque húmedo tropical y otros ecosistemas. Es un santuario para 110 de las 270 especies de aves que habitan el país y para animales como cangrejos, murciélagos, boas y tortugas marinas. También esconde dentro del vientre de su extenso sistema de cuevas una de las colecciones de arte rupestre más importantes del Caribe, evidenciando más de 3,000 años de vida en este rincón de las Américas.

Montículos en Los Haitises.
Montículos en Los Haitises. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Casi todas las excursiones al parque salen desde la capital de la región, Santa Bárbara de Samaná, una ciudad central pero poco memorable. Saliendo de las Galeras, el viaje hasta la marina de la ciudad nos tomó alrededor de una hora. Al llegar, embarcamos en un pequeño bote turístico cuya tripulación servía ron con coca cola mientras cantaba Bad Bunny y Juan Luis Guerra a todo pulmón. En menos de diez minutos ya navegábamos por entre estas “montañas” que en realidad son montículos kársticos cubiertos de vegetación. Nos recibieron docenas de pájaros como hurones azules, pelícanos y fragatas magníficas (su nombre verdadero) que habitan estas formaciones y que anuncian su presencia con una constante sinfonía de cantos y llamadas.

Bajorrelieve en la Cueva de la Arena.
Bajorrelieve en la Cueva de la Arena. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Navegando por aguas color esmeralda, el bote flotaba lentamente casi rozando las isletas, permitiéndonos ver de cerca estas majestuosas aves. Siguiendo estos caminos acuáticos, llegamos a un pequeñísimo muelle en una playa estrecha con agua tan transparente que podíamos ver estrellas de mar, cangrejos y peces.

Deidad femenina en la Cueva del Ferrocarril.
Deidad femenina en la Cueva del Ferrocarril. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

En frente de la playa, se abre la boca de la Cueva de la Arena, protegida por dos asombrosas figuras talladas en bajorrelieve. El interior de la cueva revela pictogramas, petroglifos y recámaras con techos pintados de negro por el humo de las hogueras que alguna vez fueron prendidas para ahuyentar el frío y la oscuridad de la noche.

Cueva del Ferrocarril.
Cueva del Ferrocarril. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Nuestra segunda parada fue la Cueva del Ferrocarril o Cueva del Templo, considerada la más importante en el parque por los 950 pictogramas que se han encontrado hasta ahora en sus entrañas. Uno de los más llamativos es una representación de una deidad femenina rodeada de aves y estrellas. También se ven recuerdos de la vida cotidiana: un cras cras (un tipo de pájaro que habita en el parque) con un cangrejo en la boca; ballenas cruzando el mar en sus migraciones o pescadores echando su anzuelo al mar — escenas que todavía se pueden ver hoy en día en la Bahía de Samaná. Una de las recámaras de la cueva tenía un techo colapsado por donde entraban estrechos rayos de luz, creando un efecto mágico, casi etéreo dentro de este mundo subterráneo.

Cayo Levantado, Samaná.
Cayo Levantado, Samaná. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Aunque podríamos haber pasado todo el día visitando este museo de arte indígena, fue necesario volver a subir al bote para entrar a un impresionante bosque de mangles rojos y blancos. Dentro del nudo de raíces se movían cangrejos y peces, mientras que en el cielo, los frigates dibujaban círculos buscando su próxima presa. Observando su vuelo, pensé en la constancia de la naturaleza y en aquellas personas que hace cientos de años miraron ese mismo cielo y, viendo el mismo ritual de caza, decidieron inmortalizarlo en las paredes de una cueva.

Otros tesoros de la península de Samaná

Los Haitises fue sin duda la parte que más me deslumbró de Samaná, pero la península tiene un sinfín de lugares que conocer. Está, por ejemplo, la Cascada Limón, un poderoso pozo aguamarina que se esconde dentro del bosque y al que solo se puede llegar a pie, a caballo o en un 4x4. También es posible hacer tirolesa en el bosque tropical o visitar los mercados locales en ciudades como Santa Bárbara o Las Terrenas. Las excursiones para bucear o hacer esnórkel son cotizadas en cualquier época del año, ya que la península está rodeada de corales y sus aguas acogen manatíes, barracudas y peces de arrecife de infinitos colores. Entre mediados de enero y principios de marzo, tanto extranjeros como dominicanos llegan a Samaná con la esperanza de ver la mágica migración de ballenas jorobadas.

Vista aérea de Wyndham Alltra Samaná.
Vista aérea de Wyndham Alltra Samaná. Cortesía / Wyndham Alltra Samaná

Samaná es igualmente un lugar para relajarse y descansar. Esta faceta de la península la vivimos los primeros días en los cuales nos hospedamos en Wyndham Alltra Samaná. Aunque las lluvias de noviembre interrumpieron un poco nuestro tiempo en la playa, pudimos alejarnos del mundo, tomando sol y cócteles y viendo bellísimos atardeceres o leyendo en la piscina. Una gran parte de los demás huéspedes eran familias dominicanas que venían hasta la punta de Samaná para vacacionar en su propio país. Con buffets y restaurantes a la carta incluidos en el plan, fue fácil encontrar platos para los diversos gustos de nuestro grupo sin preocuparnos de nada excepto de disfrutar el momento.

Manglares en el Parque Nacional Los Haitises.
Manglares en el Parque Nacional Los Haitises. Cortesía / Mariana Zapata Herrera

Pero no se puede venir a República Dominicana sin buscar un poco de fiesta. Con ganas de vivir este lado de la isla, pasamos nuestros últimos días en Viva V Samaná en las Terrenas, el pueblo más movido de la península. En este hotel solo para adultos, el día era para relajarse y la noche para bailar. Aprovechamos el sol para jugar en las olas, tomar siestas bajo las palmas o agendar masajes en pequeñas cabañas abiertas al lado del mar. El hotel incluye una variedad de deportes y actividades diarias sin costo adicional; desde clases de baile a kayaking, tenis e incluso tiro con arco y flecha. Después del atardecer, había fiestas, concursos y pequeños conciertos en un área comunal que invitaba a la gente a salir de sus cuartos y dejarse llevar por los ritmos de la isla.

Samaná recoge dentro de una sola región todo lo mejor de la República Dominicana: playas paradisíacas, fiesta, montañas e historia. Pero tal vez la experiencia más hermosa que nos regala es poder adentrarnos en un lugar sagrado para las culturas milenarias de la isla o la oportunidad de caminar en el corazón de una cueva y viajar, de alguna manera, en el tiempo, viendo los mismos paisajes que inspiraron a los taínos y los kalinagos a crear algunas de sus más importantes obras de arte.

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