Albania, al sur de los Balcanes, búnkeres, castillos y costas jónicas
Albania se abre como una puerta inesperada en el mapa europeo: un país que durante décadas fue sinónimo de silencio y encierro, y que hoy —a ritmo de café y carreteras nuevas— se deja recorrer con asombro y ternura. El viaje comenzó en Tirana, punto de partida de una travesía de quince días por las carreteras albanesas. Llegamos con ideas vagas: búnkeres, comunismo, montañas. Salimos con nombres propios, sabores persistentes y la sensación de haber visto despertar a un país.
Tirana: la capital que acaba de abrir los ojos
A primera vista, Tirana parece una capital joven, llena de terrazas y movimiento, con edificios pintados de colores vivos y un tráfico que no pide permiso. A los pocos pasos se entiende que, detrás del dinamismo, hay una memoria pesada que aún respira. En el barrio de Pazari i Ri, el mercado antiguo renovado, las frutas brillan como si fueran un manifiesto: granadas rojas, higos morados, montañas de aceitunas. En una esquina, un grupo de hombres jugaba tavëll (backgammon) entre humo de cigarrillo y risas roncas. Las fichas golpeaban la madera con un ritmo seco.
Uno de ellos, me saludó en un español sorprendentemente fluido: lo había aprendido trabajando en Valencia, cargando cajas en un mercado. “Hermano, aquí siempre hay espacio para un viajero” dijo, arrimando una silla. Se llamaba Leka y hablaba con esa calma de quien ha vivido tiempos donde hablar costaba caro. Cuando mencionó los años de Enver Hoxha, la conversación cambió de tono: no era una charla histórica, era un recuerdo corporal. “No podías viajar, ni rezar, ni hablar demasiado alto. Lo peor no era el cemento… era el silencio” dijo, tocándose el pecho. Ese “silencio” no es metáfora. Albania vivió entre 1944 y 1985 uno de los regímenes más cerrados de Europa: un comunismo estalinista que convirtió el miedo en sistema. Quedaron como símbolo los búnkeres: decenas de miles sembrados por playas, montañas y carreteras, pequeñas cúpulas de concreto que todavía hoy aparecen en el paisaje como cicatrices.
Sin embargo, Tirana actual mira hacia adelante. La plaza Skanderbeg —amplia, casi escénica— funciona como corazón urbano: familias, músicos callejeros, estudiantes. El Museo Nacional exhibe su gran mosaico en la fachada como una postal de otra época; a pocos metros, las mezquitas y catedrales vuelven a ocupar su lugar en una sociedad donde conviven credos con naturalidad. Por la noche, el barrio de Blloku explica la transición: donde antes vivía la élite del Partido y el acceso estaba restringido, hoy hay bares, librerías, coctelerías, cafés de diseño y una juventud que conversa de Europa, cine, trabajo remoto y futuro. El contraste es un argumento turístico en sí mismo: caminar Blloku es ver cómo una ciudad transforma un muro invisible en vida pública.
Para comer, Tirana es un buen comienzo: byrek (empanada hojaldrada, de queso o espinaca), ensaladas con queso blanco, cordero a la parrilla, y la presencia constante del café —espeso, serio— como institución social. Si alguien ofrece raki, conviene recordar que no es un brindis decorativo: es hospitalidad destilada.
Krujë: la montaña de la identidad
A unos 40 minutos de Tirana, la carretera asciende hacia Krujë, ciudad asociada al gran héroe nacional, Gjergj Kastrioti Skënderbeu, el líder que resistió a los otomanos en el siglo XV. Subir a Krujë tiene algo de regreso a la raíz: el paisaje se vuelve más áspero, más montañoso. El castillo domina el valle como nido de águila. Desde arriba, el Adriático se insinúa en días claros; Tirana aparece lejana, casi doméstica. En el museo dedicado a Skanderbeg, la épica se vuelve objeto: mapas, armas, símbolos. Abajo, el bazar antiguo ofrece el lado cotidiano de la identidad: artesanos tallando águilas bicéfalas en madera, alfombras, bordados, cuchillos, miel. Krujë es eso: historia, sí, pero también artesanía y comida de montaña. Un plato de cordero, queso, pan caliente y miel oscura de castaño puede explicar más que una conferencia.
De la montaña al mar: Durrës está a media hora de la capital y funciona como el gran puerto del país. El olor a sal se mezcla con el diésel de ferris que parten a Italia; las grúas se mueven lentas; la ciudad suena a puerta abierta. Bajo la apariencia de balneario moderno, Durrës guarda un pasado muy antiguo: fue Dyrrachium, clave romana y punto de partida de la Vía Egnatia, la arteria que conectaba el Adriático con Bizancio.
El anfiteatro romano, descubierto en los años sesenta, aparece en medio del tejido urbano como un golpe del tiempo: gradas, arcos, hierba creciendo donde antes hubo 20.000 espectadores. En el bulevar costero, familias pasean y restaurantes exhiben pescado a la parrilla, mientras el mar recuerda —sin dramatismo— que por aquí pasaron griegos, romanos, venecianos, otomanos y emigrantes modernos.
Berat: la ciudad de las mil ventanas
Hacia el interior, el camino a Berat atraviesa colinas de olivos y campos que parecen pintados con paciencia. Berat, Patrimonio de la Humanidad, es una de esas ciudades que se entienden con una sola mirada: casas blancas apiladas en la ladera, decenas de ventanas observando el valle. El río Osum divide barrios con historia —musulmán y cristiano— pero el presente los mezcla con una convivencia práctica y serena. Subir al castillo es entrar a un recinto donde todavía vive gente entre murallas. Iglesias, restos bizantinos, miradores, calles empedradas. En una terraza, el almuerzo fue un inventario del país: cordero, pimientos asados, yogur espeso, vino local.
Gjirokastër y el sur: piedra, literatura y mar azul
Más al sur, Gjirokastër —otra ciudad UNESCO— parece tallada en pizarra. Sus casas otomanas y calles inclinadas construyen una atmósfera de piedra y niebla. Aquí nació Ismail Kadare, el gran escritor albanés, y también nació Hoxha: dos biografías opuestas salidas del mismo suelo. Visitar la casa de Kadare aporta un contexto íntimo: cómo se escribe en un país que aprendió a callar.
Los túneles de la Guerra Fría, excavados para un ataque que nunca llegó, completan el retrato de una época donde el miedo se construía en concreto. Y luego, el cambio de escenario: el mar Jónico. La carretera hacia Sarandë y Ksamil abre postales de agua turquesa y costas luminosas. Sarandë vibra con hoteles nuevos, cafés, terrazas y un turismo en crecimiento. Ksamil, con islotes cercanos y luz teatral al atardecer, es el lugar donde Albania se vuelve “Mediterráneo puro”: baño, descanso, pescado fresco, vino blanco frío, conversación lenta.
El broche natural es Butrint, parque arqueológico y Patrimonio de la Humanidad: teatro helenístico, capas romanas, basílicas bizantinas, fortalezas venecianas. Butrint no es solo ruina: es una conversación entre civilizaciones en un paisaje de laguna y bosque, donde el silencio parece cuidadosamente preservado.
Un país que aprende a contarse de nuevo
Albania se recorre con facilidad relativa —cada vez mejor conectada—, pero lo que atrapa no es solo la geografía: es la sensación de transición. El pasado está ahí, visible, pero no paraliza. En Tirana, un joven ingeniero nos lo dijo con una serenidad contundente: “Nuestros padres callaron. Nosotros queremos hablar”.
Quizá esa sea la clave para entender el atractivo actual del país. Albania ofrece al visitante una combinación rara en Europa: historia intensa, naturaleza todavía salvaje, precios más amables que los vecinos adriáticos y una hospitalidad directa, casi tribal. Pero, sobre todo, ofrece un relato en pleno movimiento: el de un lugar que estuvo cerrado y ahora se abre, sin perder del todo su misterio.
Cuando el viaje terminó, recordé la frase de Leka, el jugador de tavëll en Pazari i Ri: “Ahora nuestros hijos viven para soñar”. En las plazas, en los cafés, en las carreteras que cruzan montañas y bajan al mar, ese sueño se ve. Y uno —periodista, turista, viajero— entiende que Albania es un país que despierta desde una esquina que por demasiado tiempo estuvo en silencio.
Enrique Córdoba Rocha es periodista y escritor, autor de ‘Made in Lorica’. enriquecordobar@gmail.com