Viajes

Entre los fiordos leoneses y la garganta más espectacular de los Picos de Europa: Riaño y la Ruta del Cares

El banco de Riaño, en el Mirador de las Hazas.
El banco de Riaño, en el Mirador de las Hazas.

Imagínese estar rodeado de inmensas montañas que se cubren de nieve en invierno. En el llano, el musgo cubre las ramas de los árboles y los senderos húmedos resplandecen, creando un paisaje mágico y silencioso. Se trata de la cordillera Cantábrica, en el norte de España, donde hasta tres comunidades autónomas, Asturias, Cantabria y León, comparten las extraordinarias vistas de los Picos de Europa.

Cabaña rústica en la Ruta del Cares, Picos de Europa en Asturias.
Cabaña rústica en la Ruta del Cares, Picos de Europa en Asturias. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Este entorno natural deja en la retina imágenes imponentes y la mejor decisión es tomar el camino de la Ruta del Cares, que debe su nombre al río homónimo. Sus aguas riegan las tierras de León y Asturias y se abren paso entre desfiladeros y montañas a través de un sinfín de meandros de aguas cristalinas que, en algunos tramos, discurren dóciles, reflejando la calma del paisaje.

Tanto el poblado de Riaño como la senda del Cares se vinculan a través de Caín de Valdeón, uno de los pueblos de montaña que luce su esplendor durante todo el año. Desde este punto saldremos para recorrer una de las travesías más hermosas y atrayentes del norte peninsular.

Así nacieron los fiordos leoneses

Riaño es un pueblo de la montaña leonesa fascinante y con una historia muy singular. Quien desconozca los acontecimientos del siglo pasado y decida visitar esta villa, verá un paisaje idílico donde las montañas rodean una inmensa lámina de agua azul. Sin embargo, pocos imaginan que ese escenario es artificial y que bajo sus aguas permanecen sumergidos varios pueblos.

Marcos Castro Cabeza en el famoso columpio de Riaño.
Marcos Castro Cabeza en el famoso columpio de Riaño. Foto cortesía / Ketty María Roura Granda

Junto a Riaño fueron derribados y anegados otros ocho núcleos de población. Durante los periodos de sequía, incluso puede llegar a asomar sobre la superficie el pináculo de una de las iglesias desaparecidas.

Embalse de Riaño, conocido como los fiordos leoneses.
Embalse de Riaño, conocido como los fiordos leoneses. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Los hechos se remontan a los años sesenta, durante la dictadura de Francisco Franco, cuando se proyectó un gran embalse destinado al regadío de amplias extensiones agrícolas y a la generación de energía eléctrica. Entre 1966 y 1968 comenzaron las expropiaciones y los habitantes de los nueve pueblos afectados abandonaron sus hogares para trasladarse a ciudades cercanas como León o Palencia y otros fueron a Madrid.

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en Riaño.
Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en Riaño. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Aquellos planes quedaron paralizados durante un tiempo, aunque en 1973 se inició la construcción de una nueva carretera. Dos años más tarde, las obras volvieron a detenerse. Finalmente, el 31 de diciembre de 1987, durante el gobierno socialista de Felipe González, culminó el proceso que supuso la desaparición definitiva de los pueblos bajo las aguas.

Mirador del Tombo situado en el Valle de Valdeón, Parque Nacional de los Picos de Europa (León, España).
Mirador del Tombo situado en el Valle de Valdeón, Parque Nacional de los Picos de Europa (León, España). Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Muchos de los vecinos se resistieron a abandonar sus viviendas y durante meses protagonizaron una dura oposición al proyecto. Sin embargo, el embalse acabó llenándose y transformó para siempre la vida de la comarca. La ganadería, principal fuente de ingresos del viejo Riaño, perdió protagonismo y el nuevo pueblo renació como un destacado destino turístico, donde el mirador de Valcayo ofrece unas vistas espectaculares.

Hoy existe un embarcadero desde el que se realizan recorridos en barco por el embalse. Navegar por estas aguas permite contemplar la inmensidad del paisaje y comprender por qué este lugar es conocido como los fiordos leoneses.

La Casa de Humo, a tamaño real, techada con paja de centeno, recuerda el pasado.
La Casa de Humo, a tamaño real, techada con paja de centeno, recuerda el pasado. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Cuando visité Riaño recuerdo la historia que relataba el barquero sobre el hundimiento de los pueblos. De vez en cuando soplaba un gran caracol marino y el sonido que surgía de él era profundo y melancólico, como un eco del pasado que aún permanece bajo las aguas.

Pinturas góticas murales en el ábside de la iglesia.
Pinturas góticas murales en el ábside de la iglesia. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

El Museo Etnográfico de Riaño recuerda la idiosincrasia y la cultura de los nueve pueblos desaparecidos. La iglesia de Nuestra Señora del Rosario fue trasladada desde La Puerta, uno de los poblados anegados. De origen medieval, conserva valiosas pinturas murales góticas descubiertas en el ábside. También se mantiene al aire libre la Casa de Humo, una construcción tradicional techada con paja de centeno que ayuda a comprender cómo era la vida en estas montañas antes de la construcción del embalse.

Pinturas muy antiguas.
Pinturas muy antiguas. Fotos cortesía / Ana Lucía Ortega

Desandar el camino por la Ruta del Cares

Esta espectacular ruta fue trazada entre 1945 y 1950 para facilitar el acceso de los operarios encargados del mantenimiento del canal hidroeléctrico que abastecía la central de Caín. Fue una obra titánica, ya que el paso tuvo que abrirse excavando la roca en numerosos tramos.

El sendero discurre entre el pueblo leonés de Caín y la localidad asturiana de Poncebos. Entre la ida y la vuelta, el recorrido alcanza los 24 kilómetros. No todos los senderistas completan la travesía, pero incluso recorriendo solo una parte del camino, la naturaleza demuestra aquí toda su grandeza. No en vano, se trata de una de las rutas más conocidas y transitadas del Parque Nacional de los Picos de Europa.

Adentrarse en la Garganta Divina, como también se conoce al desfiladero, es fundirse con la naturaleza en estado puro. Las cumbres parecen dibujadas sobre el cielo y el río acompaña al caminante durante buena parte del recorrido.

La ruta no requiere una preparación física extraordinaria, aunque en algunos puntos el terreno puede resultar irregular. La ropa y el calzado adecuados son fundamentales, especialmente según la época del año en que se realice la excursión. En cualquier caso, la experiencia resulta profundamente gratificante para quienes disfrutan de la naturaleza, el silencio y los paisajes que aún conservan intacta su esencia.

Al socaire de las montañas, el senderista avanza entre paredes de roca que se elevan cientos de metros sobre el cauce del río. Cada curva descubre una nueva perspectiva y confirma que la Ruta del Cares sigue siendo una de las grandes joyas naturales del norte de España.

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA