Viajes

De islas y playas bajo la eterna luz del Mediterráneo

Plathiena, conocida por sus comodidades y servicios, una playa preciosa en la isla de Milos, Grecia.
Plathiena, conocida por sus comodidades y servicios, una playa preciosa en la isla de Milos, Grecia. EFE

El litoral isleño del viejo Mare Nostrum romano se abre como un mapa de luces cálidas y azules cambiantes, donde cada isla parece responder a una misma promesa: la de una belleza que no se agota, sino que se desplaza.

Quizá por eso no sorprende que Albert Camus escribiera que “en el Mediterráneo hay una belleza que no pide explicación”.

Desde los arenales blancos y extensos de las Baleares hasta el azul más cortante del Egeo, el mar va encadenando tierras que parecen pensadas para la contemplación más que para la prisa. Entre unos y otros, como puentes de sal, aparecen Cerdeña, Sicilia y Creta, y más allá aún, las Cícladas y las Jónicas, donde el mar no es fondo de una fotografía, sino el protagonista.

Al norte de la isla de Formentera (Baleares) la playa de Ses Illetes, por ser pura naturaleza, por haber logrado permanecer protegida al formar parte del Parque Natural de Ses Salines. Su ubicación privilegiada le brinda aguas de un azul cristalino que enamoran al visitante.
Al norte de la isla de Formentera (Baleares) la playa de Ses Illetes, por ser pura naturaleza, por haber logrado permanecer protegida al formar parte del Parque Natural de Ses Salines. Su ubicación privilegiada le brinda aguas de un azul cristalino que enamoran al visitante. George Williams EFE

El viaje puede comenzar en las Baleares, ese primer umbral mediterráneo donde Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera conservan, cada una a su manera, una propuesta del paraíso. En Formentera, Ses Illetes sigue siendo uno de esos lugares donde la geografía parece haberse detenido en equilibrio: aguas poco profundas, arena blanca y una transparencia que pertenece más a la memoria que a la realidad. Integrada en el Parque Natural de Ses Salines, su paisaje no es solo un destino, sino una forma de permanencia que exige cuidado.

En Ibiza, el litoral cambia de ritmo sin perder intensidad. Cala d’Hort abre su horizonte hacia el islote de Es Vedrà, vertical y silencioso, mientras la vegetación de pinos y sabinas tamiza la luz y el calor. Allí el mar admite el juego del snorkel o el deslizar del paddle surf, como si la naturaleza hubiese previsto el movimiento humano. Más al norte, Cala Comte prolonga esa intensidad cromática que se agudiza al atardecer, cuando el agua parece incendiarse de oro. Y Cala Salada y Saladeta, protegidas por colinas verdes, mantienen una calma que todavía resiste a la notoriedad.

Menorca, en su extremo sur, ofrece dos nombres que casi funcionan como uno solo: Macarella y Macarelleta. Unidas por un sendero, parecen dos latidos consecutivos del mismo paisaje. El agua turquesa, la roca y la vegetación se combinan allí con una sencillez que no necesita explicación, solo presencia.

El sur de la isla de Córcega (Francia) se encuentran algunas de esas playas que son capaces de evocar toda la belleza del Mediterráneo más puro desde las más famosas como Palombaggia y Santa Giulia, hasta otras más tranquilas y salvajes como Saleccia o Lotu.
El sur de la isla de Córcega (Francia) se encuentran algunas de esas playas que son capaces de evocar toda la belleza del Mediterráneo más puro desde las más famosas como Palombaggia y Santa Giulia, hasta otras más tranquilas y salvajes como Saleccia o Lotu. Amalia González Manjavacas EFE

Más al norte, en el Mediterráneo francés, Córcega conserva una idea más áspera y salvaje de la belleza. Palombaggia y Santa Giulia representan su versión más luminosa, mientras Saleccia o Lotu, accesibles solo por mar o caminos difíciles, parecen conservar intacta una condición primitiva del litoral: la de ser descubierta, no habitada.

Cerdeña introduce otra escala. Desde Porto Torres, puerta de entrada a la isla, el paisaje se despliega hacia el norte con una fuerza casi mineral. En el golfo de Orosei, Cala Goloritzé se encaja entre acantilados blancos como una herida perfecta, vigilada por el vuelo del halcón de Eleonora. Y en Stintino, La Pelosa convierte el mar en una superficie casi irreal, de una transparencia que difumina los límites entre agua y cielo, con su islote coronado por una torre vigía que parece flotar en la distancia.

Sicilia, en cambio, impone su dramatismo geológico. La Scala dei Turchi, cerca de Agrigento, despliega su blancura de piedra calcárea en forma de escalones naturales que descienden hacia un mar de azul intenso. Allí, el viento y la lluvia han escrito lentamente una arquitectura sin arquitectos. En sus alrededores, playas como Le Pergole, Punta Grande, Giallonardo o Rosello prolongan esa mezcla de luz dura y costa abierta, donde el paisaje parece siempre en tránsito entre la calma y la fuerza.

El salto hacia el Egeo conduce a otro lenguaje del mar. Milos, en las Cícladas, concentra en su perímetro más de setenta playas, cada una con su propia geometría. Sarakiniko, con sus formas volcánicas blanqueadas por el tiempo, recuerda a un paisaje lunar suspendido sobre el agua. Kleftiko, Firiplaka o Tsigrado completan un mapa donde el acceso a veces es parte del descubrimiento, como en Papafragas, donde una abertura en la roca conduce a una ensenada cerrada por acantilados.

La isla jónica de Zante se ha hecho conocida por sus increíbles playas. La más famosa, la de Navagio debe su nombre al naufragio de un barco cargado de tabaco de contrabando.
La isla jónica de Zante se ha hecho conocida por sus increíbles playas. La más famosa, la de Navagio debe su nombre al naufragio de un barco cargado de tabaco de contrabando. Amalia González Manjavacas EFE

En las islas Jónicas, Zakynthos —la antigua “flor de Oriente” para los venecianos— mantiene esa mezcla de vegetación densa y acantilado blanco que define su carácter. Navagio, con el barco varado en su arena desde 1983, se ha convertido en una imagen icónica del Mediterráneo contemporáneo: belleza y naufragio compartiendo el mismo escenario, accesible solo por mar, como si la tierra hubiese decidido retirarse.

Y más al sur, Creta despliega su condición de isla mayor con una diversidad casi inabarcable. Elafonisi, con sus tonos rosados y aguas turquesa, y Balos, laguna de arena blanca y mar poco profundo, parecen escenarios suspendidos. Falasarna abre largas extensiones de costa hacia atardeceres amplios, mientras Vai introduce el inesperado bosque de palmeras que rompe la expectativa mediterránea. Preveli, en la desembocadura de un río, une agua dulce y salada en un paisaje híbrido, y Matala, con sus cuevas excavadas en la roca, conserva todavía el eco de quienes encontraron allí una forma de vida al margen del tiempo.

Pero el Mediterráneo no termina en estas islas. Su respiración se prolonga hacia kilómetros de costa, igualmente intensas como la verticalidad de Amalfi, donde los pueblos parecen aferrarse a la roca como si el mar pudiera reclamarlos; la transparencia adriática de las islas croatas, dispersas como fragmentos de luz; o la calma más contenida de algunas bahías turcas, donde la historia y el agua conviven sin estridencias. Incluso las costas del Levante y del Sol español o del norte africano participan de esa misma conversación antigua entre tierra y mar.

En todos estos lugares, el Mediterráneo se reconoce. Cambia la piedra, la forma de la costa, cambia incluso la manera en que el agua quiebra la orilla, pero permanece la misma invisibilidad que lo atraviesa todo: una luz limpia, intensa y vibrante, una gama de azules y blancos que no admite confusión.

En los orígenes de nuestra tradición literaria el Mare Nostrum esté siempre presente. Homero lo nombra en la Odisea como escenario del eterno retorno, interminable, ese espacio donde el hombre se mide con la inmensidad. El Mediterráneo es todavía eso: un camino de ida y de regreso, pero de pérdida al mismo tiempo, un mar que no se deja poseer.

Y así, desde las Baleares hasta las Cícladas, desde Sicilia hasta Creta, este nuestro mare nostrum, romano en el nombre y griego en la memoria no se explica: se reconoce. Como en Homero, el mar es siempre camino; como en Serrat, pertenencia; como en Camus, luz para sostener el mundo.

El Mediterráneo cambia de costas, de lenguas y de paisajes, pero conserva una misma atmósfera de luz y de belleza. Robert Graves, que encontró en Mallorca el lugar donde quiso permanecer para siempre, decía sentirse «arraigado a esta tierra como las raíces de estos viejos olivos». Tal vez ahí resida el secreto del viejo Mare Nostrum: en esa capacidad única para hacer sentir al viajero que ha llegado a un lugar conocido, aunque nunca lo haya pisado antes.

Mp
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