Viaje a la República monástica del Monte Athos (Primera parte)
De los muchos países que he visitado, la República monástica y teocrática de Monte Athos es, por así decirlo, el que más me ha sorprendido y el más inaccesible también. Se encuentra en la península griega de Calcídica, exactamente en una de las tres lenguas de tierra que se adentran en el mar Egeo, al sur de la ciudad greco-macedonia de Salónica.
La República de Monte Athos (Agion Oros o Montaña Sagrada en griego) fue fundada en el año 963 dC por el emperador bizantino Basilio II y la construcción de su primer monasterio, llamado el Gran Laura, data de ese periodo. Desde entonces, este territorio de 335 km2 ha permanecido aislado del resto de Grecia hasta el día de hoy.
El territorio del Estado teocrático está separado de Grecia por una valla o cerca metálica de 10 km que impide el acceso por tierra. El único acceso es por mar viajando en barco desde el pequeño pueblo griego de Uranópolis, a escasos minutos de la frontera. Varias compañías navieras garantizan la comunicación con Dafni, el puerto principal de Monte Athos, a donde llegan los ferris y otras embarcaciones, unas más rápidas que otras. El viaje más corto dura una hora.
Al Monte Athos las mujeres, vengan de donde vengan, no pueden entrar e, incluso, se prohíben los animales femeninos, excepto las gallinas, cuyos huevos utilizan los monjes para la elaboración de los pigmentos con que pintan sus iconos. Se trata de una ley muy antigua puesta en vigor desde la fundación misma del Estado. Esto significa que en el Monthe Athos solo viven hombres (en su mayoría monjes ortodoxos de diferentes nacionalidades) y a él solo entran visitantes o peregrinos también del sexo masculino.
Los interesados en visitar este atípico país deben obtener una especie de salvoconducto llamado “diamonitirion” en griego que cuesta 30 euros. En general, se solicita con seis meses de antelación y hay que explicar los motivos de la visita. Se debe escribir por email a la oficina de peregrinos o personarse en la única que existe fuera del Estado, en la ciudad griega de Salónica. Monte Athos solo acepta a 100 peregrinos ortodoxos y a 10 cristianos por día, y la estadía se limita a tres días, con posibilidad de prorrogar tres más una vez in situ. Solicitar el permiso, no garantiza su obtención ni tan siquiera una respuesta. 2,500 personas, entre monjes y el personal que trabaja para ellos, viven en este territorio, que, por otra parte, está exento del cumplimiento de ciertas leyes, tanto de Grecia como de la Unión Europea.
Había perdido toda esperanza de poder entrar al Monte Athos, ya que no había solicitado el permiso con antelación. Organicé mi viaje a la Macedonia griega (la única verdadera e histórica Macedonia) junto con Pierre Bignami, mi coautor de libros de viajes relacionados con la historia, el arte y la gastronomía locales que escribimos y publicamos en francés desde hace unos cinco años.
Visitando la ciudad de Salónica y sus numerosas iglesias bizantinas pasamos por casualidad delante de la Oficina de peregrinos del Monte Athos, sita en la avenida Egnatia, en el centro de esta importante ciudad portuaria griega. Nos miramos. ¡Con intentarlo no perdíamos nada! Decidimos entrar en la casona, en cuyo gran salón hay una tienda donde venden los diferentes productos fabricados por los monjes en sus veinte monasterios y quince “skites” (o sitios de ermitas) de la república monástica. Al final de la planta baja, en una pequeña oficina, un funcionario del Estado monástico, nos recibió sentado delante de un viejo ordenador. Era el encargado de tramitar los permisos.
Nos preguntó qué días deseábamos ir y, para sorpresa nuestra, al comunicarle los únicos disponibles que nos quedaban, nos dijo que había cupo. Tomó nuestros pasaportes, nos inscribió y nos explicó que solo podríamos retirar el permiso oficial a primera hora de la mañana en que viajaríamos, en la oficina de peregrinos del pueblo de Uranópolis que es desde donde zarpan los barcos. Allí pagaríamos, obtendríamos el permiso material y con este en mano nos dirigiríamos a una de las agencias donde venden los boletos. También nos extendió una hoja en griego con los teléfonos y correos electrónicos de unos veinte monasterios y “skites” pues, otra de las particularidades del Monte Athos, es que no hay hoteles ni posibilidad de alojarse en otro sitio que no sea en los que viven los monjes.
Empezó entonces una carrera contrarreloj para encontrar tres monasterios que nos aceptaran. Para ello escribimos a prácticamente todos los que aparecían en la lista y la mayoría de las respuestas recibidas (cuando recibimos alguna) fueron negativas. Unos afirmaron que estaban de obras y otros que no tenían cupo. Al final, solo tres respondieron positivamente, a condición de que nos quedáramos solo un día, ya que ningún monasterio permite que los peregrinos pernocten más de una noche. Por suerte, como teníamos unos diez días para organizar el viaje, pudimos visitar otros pueblos y sitios arqueológicos de la Macedonia griega, haciendo tiempo hasta que llegara el día en que llegaríamos a Uranópolis.
Para personarnos en la oficina de peregrinos de Uranópolis a las 7 de la mañana y obtener el famoso “diamonitirion” tuvimos que dormir en el pueblo. Solo con este salvoconducto en mano se puede comprar el boleto de barco. Tanto las agencias como la policía griega piden el permiso acompañado del pasaporte en el momento de embarcar.
Por suerte, Uranópolis es un pueblo agradable con playas pintorescas, tabernas y restaurantes de platos tradicionales. Quienes no desean o no pueden viajar al Monte Athos existe la posibilidad de reservar un crucero que realiza el bojeo de la península para ver desde altamar algunos monasterios (como los de San Panteleimonios y el de Xenofontos), aunque ninguno de los cruceros puede atracar en los muelles ni acercarse mucho de la costa.
Fue así como a la mañana siguiente de nuestra llegada a Uranópolis, nos levantamos a las 6 a.m., hicimos la cola junto a los 110 peregrinos aceptados por día, pagamos los 30 euros, nos dirigimos a una de las agencias del puerto para comprar el boleto y zarpamos temprano desde el muelle en uno de los barcos rápidos que, haciendo escala en tres monasterios del Monte Athos, terminó por dejarnos en el puertecillo de Dafni donde comenzó nuestra estancia de tres días en este asombroso país. Nuestra peregrinación será el tema de la próxima crónica.
William Navarrete es escritor establecido en París.