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Viaje a la República monástica del Monte Athos (Segunda parte)

El skite San Andrea, fundado en 1652 por monjes rusos, tiene varios edificios en torno a un gran patio central.
El skite San Andrea, fundado en 1652 por monjes rusos, tiene varios edificios en torno a un gran patio central.

Zarpamos para Dafni, principal puerto del Monte Athos, desde Uranópolis. Durante el trayecto vimos algunos monasterios en los que el barco hizo escala para que algunos peregrinos se bajaran. Uno de ellos, el Dochiariou, fundado en el siglo, lo administran monjes griegos. Le siguió el Xenofonte, del mismo siglo, que atesora manuscritos y libros incunables de incalculable valor. El tercero que avistamos desde el barco fue el de San Pantaleón (1169), dirigido por monjes ortodoxos rusos desde el 1875. En 2016, junto al Patriarca de Moscú, el presidente Vladimir Putin lo visitó. Desde entonces recibe importantes financiaciones de parte de oligarcas rusos.

La iglesia Protaton del siglo X, en Karyes, la capital, donde está la sede del gobierno en que se reúnen los representantes de los veinte monasterios del país.
La iglesia Protaton del siglo X, en Karyes, la capital, donde está la sede del gobierno en que se reúnen los representantes de los veinte monasterios del país. Fotos cortesía / William Navarrete

Llegamos a Dafni con los peregrinos que viajaban con nosotros. Venían de Rumanía, Serbia, Montenegro, Bulgaria, Rusia, Ucrania, Chipre, Georgia, Moldavia y, sobre todo, de Grecia. En Dafni hay dos tiendas de souvenirs y alimentos, y una cafetería. Una vez allí, nos armamos de paciencia para conseguir cómo llegar hasta Karyés, la capital, donde está la sede del gobierno en que se reúnen los representantes de los veinte monasterios del país.

Un autobús conecta Dafni con Karyés, pero los horarios muchas veces no coinciden con la llegada del barco y hay que esperar hasta tres horas. Entonces, negociamos con un chofer de un minibús, que cobra unos 60 euros para transportar a los peregrinos de un sitio a otro. A más pasajeros menos cuesta el viaje per cápita. Nos arreglamos con unos serbios y polacos que también iban a la capital y compartimos el viaje. El personal de servicios está compuesto por laicos con autorización especial otorgada por el Estado para trabajar en el país. De Dafni a Karyés hay 12 kilómetros, pero la subida a pie es muy engorrosa y solo hay bosques a ambos lados de la carretera sin ningún sitio donde descansar.

El monasterio de Vatopedi es una auténtica ciudadela.
El monasterio de Vatopedi es una auténtica ciudadela. Fotos cortesía / William Navarrete

El interés de Karyés radica en que, a partir de este centro administrativo (en donde hay un cajero de banco, el correo, tres o cuatro cafeterías, dos minimercados, dos tiendas de ropa y un restaurante), es el punto de partida para los otros monasterios.

La primera comunidad que nos aceptó fue el “skite” San Andrea, imponente complejo monástico a medio kilómetro de Karyés. Llaman “skite” (también llamados “skate”) a los sitios de ermitaños ascetas. Como se prohibió la fundación de nuevos monasterios más allá de los 20 existentes, las nuevas comunidades monásticas crearon estos skites que, en ocasiones, son imponentes y mucho más grandes que los propios monasterios.

Fundado en 1652 por monjes rusos, San Andrea tiene varios edificios en torno a un gran patio central. Su iglesia, de finales del XIX, es una de las más grandes del país y conserva en su interior reliquias de san Andrés.

Otra de las dificultades de una estancia en Monte Athos es que no se llega a un monasterio cuando se quiere, sino en el horario impuesto. En San Andrea había que estar a la 1 p.m. y dirigirse a la hostería en donde el monje hostelero nos acogió en un salón con muebles antiguos y nos leyó la cartilla. Los peregrinos eran casi todos griegos, de modo que se dirigió primero a estos y después de ubicarlos en sus celdas, nos habló en inglés a los no ortodoxos.

Las reglas eran simples: dormiríamos en una celda, las puertas del monasterio cierran a caer el sol, el primer oficio sería a las 4 a.m. (las campanas tocan a rebato para despertarnos a todos), y el de la tarde después de la “cena” de las 4 p.m. En este skite no hay duchas y las luces se apagan a las 10 p.m. El monje hostelero nos condujo a una celda de dos camitas, y salimos enseguida rumbo al minimercado de Karyés para comprar toallitas de aseo. Por suerte habíamos previsto chancletas, toallas y demás, pues el baño con lavabos y letrinas era colectivo.

El monasterio Koutloumousiou (el sexto en la jerarquía del país), construido entre los siglos XI y XIII.
El monasterio Koutloumousiou (el sexto en la jerarquía del país), construido entre los siglos XI y XIII. Fotos cortesía / William Navarrete

Como Karyés queda cerca del monasterio Koutloumousiou (el sexto en la jerarquía del país), construido entre los siglos XI y XIII, caminamos unos minutos desde la capital para visitarlo. Koutloumousiou tiene importantes reliquias, iconos y frescos de la escuela cretense, y su catolicón data del 1540. Toda su arquitectura es bizantina con tonos ocres y anaranjados. El sitio es un oasis de paz, con casas tradicionales cerca.

De vuelta al skite fuimos a la cena en la cripta de la iglesia, junto a unos 100 peregrinos en silencio, mientras un monje leía en griego las sagradas escrituras. Nos dieron unas papas hervidas y pedacitos de lechugas con unos pescaditos fritos, aceitunas de producción local, un pan poco apetitoso, un vaso de vino agrio (estilo retsina griego) y una manzana. Por suerte, habíamos traído comida y comprado algo en el minimercado.

En la vida monástica del Monte Athos todo placer sensorial superfluo ha sido eliminado en aras de la espiritualidad y solo cuenta rezar, trabajar y meditar. Con estos truenos asistimos al ritual ortodoxo y como no éramos de la confesión nos sentaron con otros católicos en unos bancos colocados a lo largo de la pared frontal. El oficio religioso fue interminable. Empezó a las 5 p.m., nos retiramos una hora después para hacer una siesta (no es obligatorio ir a misa) y cuando regresamos, hora y media más tarde, no habían terminado todavía. ¡Duró cuatro horas!

Los monjes no cobran por el alojamiento ni por las cenas y los desayunos. Las donaciones son voluntarias. Esa noche dormimos vestidos con las ropas de invierno porque no había sábanas para taparse y las frazadas felpudas que vimos en un rincón no nos inspiraron confianza. De más está decir que el frío a principios de mayo no había mermado aún.

El monasterio de Vatopedi tiene un puerto propio, una playa (en la que nadie se baña) y varias capillas bucólicas a las que se llegan por senderos a orillas del mar.
El monasterio de Vatopedi tiene un puerto propio, una playa (en la que nadie se baña) y varias capillas bucólicas a las que se llegan por senderos a orillas del mar. Fotos cortesía / William Navarrete

Dormimos como pudimos y por la mañana asistimos al desayuno. Nos dieron una papilla extraña que no tocamos y recogimos nuestras mochilas para ir a Karyés y encontrar la forma de llegar a Vatopedi, nuestro segundo monasterio, fundado en el siglo X. Después de una larga espera apareció un minibús que por 60 euros nos condujo a dicho sitio, a una hora de carretera de la capital.

Monjes y bomberos de Vatopedi antes de la cena en el refectorio.
Monjes y bomberos de Vatopedi antes de la cena en el refectorio. Fotos cortesía / William Navarrete

Vatopedi es uno de los monasterios mejor conservados y comparado con el skite anterior nos pareció un hotel cinco estrellas. El monje hotelero nos dio una habitación con dos cómodas camas, sábanas y toallas, y pudimos tomar una ducha de verdad. Es el segundo monasterio en la jerarquía del Monte Athos. En la tienda se venden las especialidades que fabrican los monjes, entre las que figuran vinos biológicos, loukums de frutas, panes de uvas y, sobre todo, productos de cosmética y belleza de gran calidad que se elaboran a partir de hierbas y plantas locales gracias a la colaboración de los monjes con los laboratorios de la universidad italiana Studi della Tuscia, en Viterbo.

En Vatopedi los frescos y mosaicos de la iglesia, además de numerosos iconos y reliquias, son de inestimable valor y van de la época bizantina al siglo XVIII.
En Vatopedi los frescos y mosaicos de la iglesia, además de numerosos iconos y reliquias, son de inestimable valor y van de la época bizantina al siglo XVIII. Fotos cortesía / William Navarrete

En Vatopedi los frescos y mosaicos de la iglesia, además de numerosos iconos y reliquias, son de inestimable valor y van de la época bizantina al siglo XVIII. El monasterio tiene un puerto propio, una playa (en la que nadie se baña) y varias capillas bucólicas a las que se llegan por senderos a orillas del mar.

El puerto de Vatopedi.
El puerto de Vatopedi. Fotos cortesía / William Navarrete
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