Viajes

Israel apuesta por la ópera


 Vista de Tel-Aviv desde el parque de Ha-Yarkon.
Vista de Tel-Aviv desde el parque de Ha-Yarkon.

He tenido el privilegio de visitar dos veces el hermoso país de Israel. Con un área inferior al condado de Miami-Dade, la joven nación fundada en 1948 goza de una economía próspera a pesar de la aridez de sus suelos y la situación de enemistad constante con la mayoría de sus vecinos.

Con motivo del Festival de Opera en Masada y Acre, un grupo internacional de periodistas fuimos invitados a disfrutar de la buena música, la buena ópera y otras bondades que ofrece Israel. Punto de convergencia de culturas milenarias, cada rincón de Jerusalén, por ejemplo, reverbera con toques judíos, musulmanes y cristianos. La convivencia de las tres religiones y culturas es algo tensa por razones harto conocidas, sin embargo, a la hora del almuerzo, poca diferencia hay entre musulmanes y judíos, pues ambos rechazan el cerdo como impuro, y aunque en el plato de los cristianos puede haber jamón, el humus impera en todas las mesas.

Si bien el arte culinario les brinda puntos de contacto a las culturas de la zona, en realidad es la música lo que más puede unirlos, y lo que puede unir a todos los pueblos; por eso este Festival tiene tanta importancia. Es posible que hubiera muchos musulmanes entre el público que asístió a ver La Traviata, de Verdi, en Masada. Con capacidad para 7,200 espectadores el monstruoso anfiteatro estaba casi a tope, lo cual es una proeza en cualquier parte, pero frisa el milagro si se tiene en cuenta lo apartado y desierto del lugar. En cómodos ómnibus y numerosos automóviles se trasladó el público hasta el sitio de la representación, en medio del desierto que bordea el Mar Muerto, a poca distancia de la histórica meseta de Masada, donde el pueblo judío libró una gran batalla contra el imperio romano.

El calor allí es extremo, pues se trata del punto más bajo del planeta, unos 1,200 metros bajo el nivel del mar. En este lugar inhóspito, los israelitas han creado un oasis con un complejo hotelero de primera línea. Refrescarse en una gran piscina en medio del desierto es un doble lujo; pero si además en la noche se asiste a una función operística de nivel internacional, estamos ante el triunfo de la voluntad, el trabajo y la creatividad.

La función de La Traviata resultó inolvidable. Con Elena Mosuc y Jean-Francois Borras en los roles principales, y con un montaje novedoso para ajustar la obra al enorme escenario de Luigi Scoglio, la puesta fue ovacionada por largo rato, con especial atención a la Orquesta Sinfónica de Israel y a su director esa noche, el legendario Daniel Oren.

Pero si espectacular resulto esta Traviata, aun más maravilloso fue el Don Giovanni, de Mozart, que se presentó en la fortaleza de Acre. Complejo histórico de la época de los cruzados en una de las ciudades más antiguas del mundo, ahora cumple la triple función de museo, lugar de actividades culturales y magnífico escenario operístico que compite con los similares de Caracalla, Verona, Orange y otros. La puesta de Dedi Baron contó con hermosos trajes de Dana Tsarfaty que daban color moderno al espíritu de la época, proyecciones extraordinarias que completaban la exigua escenografía y un uso inteligente de la estructura arquitectónica del lugar. En medio de la función, se escuchó el llamado del muecín a la oración final del día desde un cercano minarete. Todo quedó en suspenso, y aunque hubo alguna risita turística, la atmósfera general fue de respeto. La función continuó luego como si nada. Algo similar puede experimentarse en el Star Bowl de San Diego, California, cuando un avión pasa por encima en medio de una función.

Otro momento operístico, pero de esa ópera que puede ser la vida cotidiana, fue la visita nocturna a Jerusalén durante el Festival de las Luces. Toda la ciudad iluminada con mil formas de luces, incluso un enorme templo indefinido que era también un escenario musical. Esa noche asistimos también a un espectáculo de alta tecnología en el Castillo de David, donde se iba representando la historia del pueblo judío a través de proyecciones sobre los muros del jardín interior donde se ha improvisado la platea. Similar a los espectáculos de Sight and Sound que pueden disfrutarse en muchas ciudades del mundo, este presenta aspectos ultramodernos con hologramas que hacen aparecer de la nada palmeras y personas, a tal punto, que uno casi cree en que se trata de actores de verdad.

Pero este maravilloso viaje no fue solo para disfrutar de ópera, música y espectáculos inusitados, sino que visitamos sitios históricos como la antigua Cesarea, donde un teatro romano ahora acoge a orquestas de rock. Conocimos una casa vinatera, una fábrica quesos, y muchas bellezas históricas y naturales.

En Safed nos enteramos de la milagrosa historia de esa pequeña ciudad, la más alta del país y la única en la que no viven musulmanes. Mientras que en Jaffa, barrio de artesanos y artistas en un extremo de Tel Aviv vimos los recuerdos del imperio otomano. Para aquellos que coleccionan playas por el mundo, las de Tel Aviv no tienen nada que envidiarle a ninguna, más bien, pondrían en entredicho a muchas del Mediterráneo y del Caribe. No hay quien le gane en cuanto a proximidad a la ciudad, ya que la va bordeando, y compite con la mejor en cuanto a blancura de la arena y limpieza de su mar. Para colmo, hay una zona de restaurantes maravillosos, donde uno puede esperar la puesta de sol ante un vino o una cerveza israelí, en vísperas de una cena espléndida. Entre sus extraordinarios hoteles hay uno pintado con los colores del arcoiris, proclamando que esas playas reciben con amor a los gays. Tel Aviv celebró en esos días de nuestra visita, a fines de junio, un espléndido Desfile del Orgullo Gay.

Todo viaje es también una exploración de la gastronomía del lugar y en eso la cocina israelí tiene una tradición milenaria. A los platos típicos y el omnipresente humus con el pan de pita, se suman recetas internacionales de comunidades judías y no judías alrededor del mundo. En Tel Aviv, por ejemplo, fuimos a cenar “a lo catalán” con cava incluida, en un restaurante de una famosa cadena. También se pueden encontrar restaurantes árabes y turcos, como el extraordinario en el que cenamos la última noche. En Israel viven pacíficamente millón y medio de musulmanes, sin contar los de otras religiones, como la religión Bahai que tiene su templo principal en la cosmopolita y portuaria Haifa.

Aunque no soy judío, me sentí y me siento muy orgulloso de este pueblo que, a pesar de todos los obstáculos naturales y humanos, es un vivo ejemplo de creatividad y trabajo para el resto de la humanidad.

Para información sobre el Festival de Opera en Israel: www.israel-opera.co.il/eng/?CategoryID=453• 

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de diciembre de 2014, 7:00 a. m. with the headline "Israel apuesta por la ópera."

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