Qué visitar con solo 12 horas en Valladolid
En Valladolid aún se recuerda que la ciudad fue sede del Imperio español, antes de que Madrid gozara de poseer la capitalidad hasta hoy. Por aquellos días, se creía firmemente en la idea de que comer lentejas, enloquecía. Fue una de las anécdotas de la imaginería popular que más nos sorprendió durante la visita, mientras nuestros anfitriones nos narraban algunas de las curiosidades vallisoletanas más arraigadas. A los sesenta años de edad, el autor de “El Quijote”, Miguel de Cervantes, llegó a esta zona del noroeste peninsular donde se instaló su familia, y gracias a algunas de sus obras, hoy sabemos que los viernes él comía lentejas, lo cual nos confirma que la superstición que pesaba sobre esta legumbre no era sostenible.
Iniciamos el recorrido saliendo de Madrid en el AVE, un tren de alta velocidad. En una hora estábamos caminando por un amplio paseo flanqueado por elegantes edificios del siglo XIX. Al llegar a la calle Miguel de Iscar, encontramos la casa donde vivió el escritor más famoso de habla hispana y donde emprendió la tarea de publicar su obra cumbre, que entonces requería de una autorización real. Aquí recibió las galeradas perforadas, pero aún sin coser. En un lateral del inmueble, descubrimos un romántico callejón con escaleras de piedra, el pasaje de Dulcinea.
Cuatrocientos años atrás, la zona estaba muy lejos de albergar historias tiernas y novelescas. Aquí se asentaba el Matadero de la ciudad y la calle era conocida como el rastro de los corderos. El río Esgueva discurría bajo un puente de piedra, y se llevaba a su paso el hedor que dejaba la faena de los matarifes, y otros hechos sangrientos que enhebraban rendiciones y miserias humanas. Cervantes se vio involucrado en uno de estos lances que le hizo dar con los huesos en la cárcel en el mes de junio de 1605.
Las memorias dan cuenta de que, en esta época, el escritor era sostenido por cinco mujeres llamadas “Las Cervantas” quienes apelaban a sus artes para obtener la manutención; detalles y circunstancias que no se encuentran entre los más divulgados de la vida del novelista. La casa habitada por Miguel y su nutrida familia recibía tantas visitas, incluso a horas intempestivas, que fueron los primeros sospechosos del asesinato de un joven navarro, atacado mortalmente en los bajos del edificio. El literato que apeló a sus recursos como hijo de sangrador, intentó asistir al agredido, pero su acción le convirtió en culpable.
En el IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, la ciudad de Valladolid quiere atraer a los turistas para que conozcan su historia y la de los hombres ilustres que residieron en ella, así como su cultura y gastronomía. Nosotros tuvimos el privilegio de comer con Julio Valles Rojo, el Presidente de la Real Academia de Gastronomía de Castilla y León quien nos ofreció innumerables detalles desconocidos sobre una comida cervantina, que degustamos en “La Parrilla de San Lorenzo”.
Conocimos cómo influyó Valladolid en Cervantes y en su obra. Impregnados del olor a cordero asado que salía del horno, y mientras don Julio desmontaba la indiscutible primacía del tinto cuyo exceso de taninos –según afirmó él-, hace las digestiones lentas; bebimos el clásico aloque de Valladolid, un vino clarete típico de la región.
En Valladolid se habla, de un supuesto encuentro entre el autor de “El Quijote” y Shakespeare. Una hipotética reunión que ha dado más párrafos que hechos concretos. De lo que se tiene absoluta certeza, es que el Cardenio del poeta y dramaturgo inglés, es la secuela de uno de los personajes quijotescos de la primera parte de la novela de Miguel, publicada en 1605. La Ruta Teatralizada “Mi querer conocer a Don Miguel de Cervantes”, es uno de los eventos a los que se puede asistir en esta ciudad.
Sobre gastronomía ambos escritores fueron prolijos. Y el turista puede dar fe de ello si decide apostar por fundirse en los sabores más tradicionales de esta tierra. Si en “El Rufián Dichoso”, Cervantes de Saavedra nos pone delante de las narices las cazuelas de berenjenas, el conejo empanado traspasado con saetas de tocino, la anguila, el camarón rociado con pimienta y limón, y de postre, el turrón alicantado; William Shakespeare hizo lo suyo para que el público que acudía al teatro se sintiera como en casa, y en una de sus obras dedicadas al rey Enrique, erige los vinos gaditanos a la categoría de ser “…fuente de las virtudes de un hombre”, poniendo la frase en boca de Sir Jhon Falstaff. “Un buen jerez –escribió el inglés– produce un doble efecto: se te sube a la cabeza y te seca todos los humores estúpidos, torpes y espesos que la ocupan, volviéndola aguda, despierta”…
Nos queda mucho por conocer aún. Antes de subir al tren de regreso a Madrid tenemos tiempo de acudir a varios emblemas del área metropolitana de la ciudad. Una visita obligada es la del Museo Nacional de Escultura, uno de los primeros creados en España. Enclavado en el antiguo Colegio San Gregorio, de estilo gótico isabelino, conserva obras provenientes de antiguos conventos, y reúne toda la imaginería que cubre entre el siglo diecisiete al diecinueve, con piezas de Gregorio Fernández, Berruguete o Leopoldo Cano. Alberga asimismo, pinturas de Zurbarán y Rubens entre otros artistas, con lo que se convierte en el centro más importante de la península en esta categoría y uno de los más relevantes de Europa.
Podemos apreciar el Patronato del Duque de Lerma a quien se debe otra de las leyendas que aporta a esta ciudad su halo de misterio y sorpresa. Las casas de Pimentel, que sirvieron para alojar la Corte Real que se asentó en Valladolid. Los muchos Palacios que subsisten por toda la zona central, alguno de los cuales sirvió de sede al Palacio de Verano, al que se mudaban los reyes cada año a partir del mes de junio, cruzando el río.
La ventana por donde dice la leyenda que sacaron a Felipe II para bautizarlo en esta urbe; el lugar donde falleció la primera princesa de Asturias. La casa del poeta y dramaturgo español José Zorrilla (Valladolid 1817 – Madrid 1893) a quien debe el romanticismo español una de sus obras teatrales más conocidas: Don Juan Tenorio.
Valladolid se precia de ser uno de los lugares donde mejor se habla el castellano desde el punto de vista fonético. Visitar la ciudad, conocer sus hechos más relevantes y vivir de primera mano la experiencia, bien vale esta visita de doce horas al corazón de la España castellano leonesa.
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de agosto de 2016 a las 4:24 p. m. con el titular "Qué visitar con solo 12 horas en Valladolid."