Televisión

Beatriz Valdés: ‘la vida no se planifica’

Desde que Beatriz Valdés protagonizó La bella del Alhambra (1989), el recuerdo de su personaje quedó atrapado para siempre en la memoria del público cubano donde quiera que se encuentre. Su interpretación de Rachel, una vedette del teatro que hizo historia en la isla hasta principios del siglo XX, no solo le aportó el reconocimiento de la crítica internacional.

Tras la entrega de los premios Goya 1990, en los que el filme obtuvo el premio a la Mejor Película Extranjera, el personaje persigue a la actriz por Madrid, Caracas y la Calle Ocho de Miami.

“La gente me pregunta: ‘¿Y a ti, que te pasó, ‘m’hija?’. Y yo le respondo: ‘me pasaron 24 años y 25 libras de más”, dijo Valdés a El Nuevo Herald, mientras paladeaba una “colada” de café cubano en un salón de ensayos en La Pequeña Habana.

“Yo reconozco que el hecho de estar inscrita en la memoria de los que vieron La bella..., y ser ‘víctima’ del amor desenfrenado del público es un privilegio. Pero los cubanos no me perdonan que haya envejecido”, agregó la actriz cubana de 50 años, radicada en Caracas desde 1991, quien vive sus primeras experiencias laborales en Miami.

Valdés graba la telenovela Santa diabla en los estudios de Telemundo. Entretanto, se prepara para presentarse en el Miracle Theater, el viernes 30, con el drama El Cartero ( Il Postino ), original de Antonio Skármeta, dirigido por David Chacón-Pérez.

“En esta obra las pasiones humanas están tratadas con mucha poesía”, explicó la actriz, que interpreta a Rosa, una viuda que hace lo imposible por impedir que su hija mantenga relaciones con un cartero. “Se trata de un texto de fácil comprensión que demuestra cómo llegar al gran público sin hacer concesiones a las tonterías”.

El elenco está conformado por dos rostros nuevos en la escena de Miami, Paolo Ragone y Denise Faro, y el prestigioso Orlando Urdaneta, quien encarna al poeta chileno Pablo Neruda.

La actriz compara los reencuentros con el actor venezolano con un “oasis” por tratarse de alguien que comparte sus mismos puntos de vista a la hora de abordar el trabajo. Pero su éxtasis no le dura mucho.

Cuando termina los ensayos, Valdés regresa a la tierra y maneja hasta los estudios de Telemundo para convertirse en Begoña, “testigo mudo de una gran venganza”, en Santa diabla.

“Begoña es la clásica persona ‘buena’ que hace cosas ‘malas’ ”, agrega la actriz sin anticipar muchos detalles de la trama. “Es una suerte de fantasma que desencadenará muchos acontecimientos”.

Pese a que disfruta como nadie de esta temporada en el sur de Florida, donde vive temporalmente en la ciudad de Miramar con su hijo Mauricio, de 23 años, fruto de su relación con el cantautor Silvio Rodríguez, Valdés extraña Caracas, Venezuela, la ciudad que la vio madurar como artista desde que llegó hace más de 20 años, tras un amor.

“Cuando me separé [del director de fotografía venezolano Jonny Semeco], después de cinco años de matrimonio, decidí regresar a La Habana, pero mi profesión me lo impidió”, evocó Valdés. “Hoy me doy cuenta de que la vida no se planifica ni que podemos controlarlo todo”.

En poco más de dos décadas la actriz ha protagonizado 16 telenovelas, 11 temporadas teatrales y varias películas en su país de adopción. Un desafío si se tiene en cuenta que Valdés, forjada en cánones “muy académicos” y con una trayectoria exitosa en la televisión, el teatro y el cine cubanos, con taquillazos como La bella... y Los pájaros tirándole a la escopeta (1984), tuvo que adaptarse a un medio “completamente diferente”.

“En Venezuela todo era nuevo para mí, que carecía de experiencia en el aspecto comercial del trabajo. Por fortuna, el hecho de tener el respaldo de una carrera sólida hizo que me sintiera respetada desde el primer momento”, evocó la actriz, que debutó en las telenovelas venezolanas como pareja de José Luis Rodríguez, El Puma, en Piel (1992) y, andando el tiempo, se situó en los primeros planos de popularidad con Manuela Sáenz (2000), la película sobre la amante de Simón Bolívar que le cambió la vida.

“Me tocó ponerle rostro a un personaje histórico sobre el cual apenas existe referencia visual. Y gracias a este papel reviví la adoración de un país, tal como me ocurrió en Cuba con La Bella...”, recordó. “Si Rashel me robó la identidad en Cuba, Manuela Sáenz lo hizo en Venezuela”.

Valdés reconoce que el medio artístico del país que le abrió las puertas dista mucho del que conoció hace dos décadas “por los altibajos políticos y económicos” que obligan a sus colegas “a buscar a trabajo en otras partes”. En cuanto a la percepción de los cubanos, afirmó que cuando llegó a Venezuela los veían “como dioses”.

“Pero ahora las opiniones están divididas, una mitad del país piensa así y la otra opina que somos demonios”, dijo la actriz cuyo “instinto” la lleva a rebelarse en contra de “cualquier definición política”.

Sobre su percepción de Cuba, dijo que el país que dejó en 1991 “también se fue”. “Yo partí en el momento en que se cayeron todas ‘las fichas del dominó’ ”, subrayó. “El ambiente cultural y de efervescencia creativa en que yo crecí también desapareció”.

Valdés admite que es una excepción si se le compara con muchos artistas cubanos que no pudieron retomar sus carreras fuera de la isla. ¿A qué lo atribuye?

“No me considero una actriz ‘avasalladora’ que se roba la cámara. Sin embargo, sé que por donde paso dejo rastro, siempre que se me dé la oportunidad”, confiesa. “Ahora estoy abriéndome a un mercado ante la mirada de un público que no me perdona que haya pasado el tiempo. Y mientras La bella del Alhambra siga exhibiéndose, yo quedaré atrapada entre esa imagen y ‘lo que queda’ de esa mujer”.

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de agosto de 2013, 7:23 p. m. with the headline "Beatriz Valdés: ‘la vida no se planifica’."

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