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La conspiración para cambiar el catolicismo


El papa Francisco se dirige a la multitud congregada en la Plaza San Pedro en el Vaticano.
El papa Francisco se dirige a la multitud congregada en la Plaza San Pedro en el Vaticano. Getty Images

El Vaticano siempre parece tener secretos e intrigas dignos de una corte del Renacimiento, lo que, en cierto modo, es lo que sigue siendo. La ostentosa humildad del papa Francisco, sus reprimendas a los prelados de alta jerarquía, no han cambiado eso en nada. Si acaso, las ambiciones del Pontífice han fomentado que conjurados y conspiradores trabajen con mayor ahínco.

Y por ahora, el principal conspirador es el Papa mismo.

El propósito de Francisco es simple: está a favor de la propuesta presentada por los cardenales liberales, de permitir que los católicos divorciados y vueltos a casar reciben la sagrada comunión sin necesidad de que su matrimonio anterior sea declarado nulo por las autoridades eclesiásticas.

Gracias al apoyo tácito del Papa, esta propuesta fue una controversia central en el sínodo sobre la familia celebrado el año pasado y en el sínodo de seguimiento que se lleva a cabo en Roma estos días.

Pero aunque su objetivo es claro, su trayectoria es decididamente tenebrosa. En términos de procedimiento, las facultades del Pontífice son casi absolutas: si mañana Francisco decidiera otorgar la comunión a los casados en segundas nupcias, no hay ningún tribunal católico supremo que pudiera revocar esa decisión.

Pero, al mismo tiempo, se supone que el Papa no tiene el poder de cambiar la doctrina católica. Esta regla no tiene ningún mecanismo oficial de aplicación (se supone que el Espíritu Santo es el contrapeso vital), pero la tradición, la modestia, el miedo a Dios y, sobre todo, el miedo al cisma frenan a los papas que pudieran sentirse tentados a reescribir la doctrina.

Y los católicos conservadores, muy razonablemente, piensan que la propuesta de comunión de Francisco implica esencialmente un cambio de doctrina.

Probablemente, hay por ahí un libro de ciencia política laica esperando ser escrito sobre la influencia que tiene en el trono de San Pedro la combinación de poder y de poder absolutamente limitado. En un libro como ése merecerían capítulo aparte las maniobras recientes de Francisco, dado que es evidente que está buscando un mecanismo que le permita ejercer su poder sin socavar su autoridad.

La clave de esta búsqueda han sido los sínodos, que no tienen ningún papel doctrinario oficial pero que proyectan la imagen de consenso eclesiástico. Así pues, una declaración sólida del sínodo que apoye la comunión para los vueltos a casar como un simple cambio “pastoral”, no como alteración de la doctrina, facilitaría en mucho la tarea de Francisco.

Desgraciadamente para él ha resultado difícil extraer esa declaración, pues en las filas de los obispos hay muchos conservadores designados por Benedicto XVI y Juan Pablo II, además de que el argumento “pastoral” es básicamente basura. La enseñanza de la iglesia de que el matrimonio es indisoluble ya ha sido llevada casi al punto de ruptura por el nuevo proceso expedito de anulación de este papa; llegar al grado de otorgar la comunión sin la anulación sería simplemente romperla.

Así pues, para superar la resistencia de los obispos que captan este argumento obvio, primero el sínodo del año pasado y ahora éste, fueron “arreglados” –para tomar prestada la expresión del reciente libro del periodista de investigación especializado en el Vaticano Edward Pentin– por los organizadores designados por el Papa, para que favorecieran el resultado preferido del pontífice.

Los documentos que guían el sínodo fueron redactados con esa meta en mente. El Papa hizo nombramientos en las filas del sínodo también con ese objetivo en mente, nombrando sin vacilaciones incluso a cardenales de edad salpicados por los escándalos de pederastia si estaban aliados con la causa del cambio. La oficina de prensa del Vaticano ha filtrado a los medios los debates a puerta cerrada del sínodo (por instrucciones del Papa) con esa meta en mente. Los clérigos encargados de redactar el reporte final del sínodo fueron seleccionados con esa meta en mente. Y el mismo Francisco, en sus homilías diarias, ha criticado sin cesar a los “doctores de la ley” del catolicismo, la versión moderna de los escribas y fariseos, en una señal nada velada de sus propias opiniones. (Aunque, por supuesto, en el Nuevo Testamento los fariseos sí admitían el divorcio y era Jesús quien lo rechazaba.)

Y pese a todo, este plan no está teniendo éxito. Se dice que todavía no se ha alcanzado una mayoría de apoyo a la propuesta dentro del sínodo, lo que probablemente sea la razón de que los organizadores estén protegiendo sus apuestas sobre si va a haber o no un documento final. Y a los conservadores –africanos, polacos, estadounidenses, australianos– no los tomaron tanto por sorpresa como el año pasado y se apresuraron a pintar su raya en público y a tratar de encuadrar al pontífice en apelaciones privadas.

La situación entera está cargada de ironías. Los progresistas de edad están aprovechando un momento que pensaban que se les había escapado, tratando de maniobrar para superar a los conservadores jóvenes que todavía hace poco se pensaban dueños del futuro del catolicismo. Los obispos africanos están defendiendo la fe del pasado europeo ante alemanes e italianos hartos de su propio patrimonio. El papa jesuita efectivamente está en guerra con su propia Congregación para la Doctrina de la Fe, la otrora inquisición, situación que pondría a temblar a las cabezas del siglo XVI.

Para un periodista católico, para cualquier periodista, esta es una historia fascinante y, hablando estrictamente como periodista, no tengo idea de cómo va a terminar.

Hablando como católico, espero que el complot fracase a fin de cuentas. Cuando el Papa y la fe histórica parezcan estar en tensión, le apuesto a la fe.

Pero para una institución que mide su vida en milenios, el “fin de cuentas” puede tardar mucho tiempo en llegar.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de octubre de 2015, 3:27 p. m. with the headline "La conspiración para cambiar el catolicismo."

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