Sencillamente Maestro
Teruo Chinen habla con voz pausada, ajena a las estridencias de la vida. Mira a sus alumnos como si dialogara personalmente con cada uno de ellos y corrige cada detalle, el más mínimo.
Cuando termina la clase -que comparten niños, adolescentes y hombres por igual- todos se van complacidos, seguros de haber sido testigos del arte de un hombre al que llaman de manera sencilla Maestro o en el rudo lenguaje japonés: Sensei.
"En el karate es tan importante el desarrollo del cuerpo como el de la mente'', explica Chinen, quien ostenta el grado de 9no Dan. "Sólo así se puede alcanzar el verdadero conocimiento. El músculo obedece a un cerebro fuerte''.
Chinen es una especie de puente entre el pasado y el futuro del karate. Aprendió de las fuentes directas de esta arte marcial en la isla de Okinawa y ahora es uno de los guardianes de la llama de su milenaria disciplina.
Una de las autoridades máximas en el estilo Goju Ryu, Chinen estuvo recientemente en Miami para proseguir su labor iluminadora y asegurarse de que su forma de hacer y entender el karate se mantiene limpia.
"Todo depende del maestro y Miami tiene uno muy bueno'', explica el profesor de su alumno aventajado, el sensei Armando Martínez, quien dirige el Dojo Jundokan International de la Florida, heredero de las enseñanzas de Chinen. "Aquí he visto muchachos jóvenes que practican un karate sin contaminaciones''.
No es que esté en contra del progreso, pero Chinen vive de una historia que hoy es vista como pasajes de leyenda.
Nació siete meses después de la batalla de Pearl Harbor, donde su padre, un oficial de la Armada Imperial japonesa, murió como parte de un suicidio colectivo en 1944. El capitán de la nave decidió que sus hombres debían perecer juntos en un hundimiento ritual antes de rendirse a las tropas estadounidenses.
Tras la guerra regresó con su familia a Okinawa para vivir a pocas casas de distancia de uno de los míticos maestros del Goju Ryu, sensei Chojun Miyagi. A la muerte de éste, prosiguió su aprendizaje con otro grande, sensei Eichi Miyazato.
Después de convertirse en uno de los primeros alumnos, comenzó a enseñar y esa labor le trajo en 1967 a Washington.
"Vine por tres meses y ya llevo toda una vida'', comenta Chinen. "Al principio, el nivel técnico no era el mejor. Entonces, me di a la tarea de poner todo en su sitio, de velar por la tradición. Hoy me siento feliz de ver los frutos que sembré hace décadas''.
Y no solamente en Estados Unidos. Chinen ha recorrido más de 50 países diseminando su arte marcial. Pronto marchará a Perú y luego a República Dominicana, donde tiene planeado reunirse con alumnos provenientes de Haití.
A todas partes que va, Chinen extiende la red de su escuela Jundokan, palabra que literalmente significa: seguir los pasos del padre.
"Jundokan es una forma de recordar a los que vinieron delante de mi'', afirma el maestro. "Encierra una simple filosofía. Si uno práctica con respeto y sin rendirse, puede conquistar el verdadero camino de la superación. La liberación personal empieza dentro de uno''.
A sus 68 años, Chinen es un hombre libre en todo el sentido de la palabra. Cada día practica con la misma intensidad de cuando comenzó en Okinawa. Detrás de su humanidad sencilla y digna se esconde una fuerza capaz de quebrar a un hombre como si fuera un palillo de dientes.
Termina la clase y los estudiantes se pierden en la tarde que muere.
Y Chinen sonríe complacido, porque sabe que su arte marcial goza de buena salud y fluirá hacia al futuro de la mano de los jóvenes aprendices que han venido de las cuatro esquinas de la ciudad para apreciar la viva historia del Jundokan.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de marzo de 2010, 8:16 p. m. with the headline "Sencillamente Maestro."