YOANI SÁNCHEZ: La Plaza de la Revolución y el Vaticano, un pacto de poder
Algunas banderolas que adornaban las calles para el recibimiento del papa Francisco, baten aún al viento en varias avenidas. “La gente las arranca para hacer sábanas”, le comenta el conductor de un taxi colectivo a sus clientes. Son los últimos vestigios de la visita del Obispo de Roma a Cuba, durante unos días que pusieron a la isla en el centro de las miradas informativas y de las especulaciones diplomáticas.
Jorge Mario Bergoglio se marchó sin que se produjera un milagro. En lugar de eso, la cotidianidad se impuso otra vez con su rareza y sus problemas, pero esta vez sin coberturas especiales, rezos televisados ni muchedumbres alrededor del papamóvil. Retornaron, eso sí, las consignas, los llamados al sacrificio y las arengas ideológicas. Una forma en que el oficialismo se enfrasca en mostrar que nada había cambiado tras la llegada del Pontífice.
Sin embargo, después de este septiembre han quedado mejor definidos los actores que darán forma al futuro cubano. El pacto se ha concretado entre el Vaticano y la Plaza de la Revolución. Ambos poderes se dieron el beneplácito y saben que cada uno necesita del otro para lograr el “plan” que tienen para este país. Mientras que el gobierno se propone mantenerse al timón nacional, cueste lo que cueste, la iglesia católica busca parar el flujo de cubanos que abrazan el agnosticismo u otras religiones. Quiere que Cuba rece el padrenuestro y se confiese.
Fuera de la foto familiar, quedaron la sociedad civil, el exilio y hasta la comunidad internacional. Esta última, si acaso, planeando como una presencia con el rostro de Barack Obama, quien días antes del arribo de Francisco a La Habana lo pertrechó con una andanada de flexibilizaciones a los viajes y al comercio de Estados Unidos con la isla. Quién sabe si los pasos que en respuesta debe emprender ahora Raúl Castro, hayan sido el tema de la conversación que sostuvo con Bergoglio a puertas cerradas.
La iglesia católica cubana salió indudablemente fortalecida con esta, la tercera visita papal en un plazo de 17 años. La jerarquía eclesial se percibe ahora con más respaldo del Vaticano ante el poder político, lo que le permitirá negociar desde una posición más cómoda sus viejos reclamos. Entre ellos, ganar terreno en el área de la educación y una mayor presencia en los medios de comunicación, hasta ahora bajo el monopolio del Partido Comunista.
En medio de una batalla oficial contra la pérdida de valores, la Iglesia cree poder recuperar preceptos éticos y morales desde el espacio docente. Su labor humanitaria hacia los menesterosos, los ancianos y los excluidos sociales se verá ampliada con el beneplácito gubernamental. Desde los comedores para pobres, hasta los círculos de alcohólicos anónimos que se reúnen en algunas parroquias; todos ellos se beneficiarán de la presencia del Pontífice en la mayor de las Antillas.
A este paso, es posible que en las aulas se predique primero el evangelio de Jesús, antes de que se narre la historia de Orlando Zapata Tamayo. Pero que no se engañe el clero, para el gobierno cubano siempre serán considerados como poco confiables: personas con sotana en lugar de uniformes verde olivo; de cruces, en ausencia de hoces y martillos. La sintonía, mostrada durante los días de Francisco en Cuba, solo es para las cámaras, poses que quedarán en las fotos.
En busca del perdón
Raúl Castro, por su parte, no fue el gran vencedor de esta visita histórica aunque ha tratado de aparentarlo. En lugar de eso, el general presidente contrajo un mayor compromiso público con la marcha de las transformaciones económicas y políticas hacia lo interno del país. Le ha visto de cerca la cara a un poder milenario y sabe que, a diferencia del cristianismo, el castrismo tiene sus días contados.
Es probable que el ex ministro de las Fuerzas Armadas haya sentido también el tirón del remordimiento, la premonición del castigo. Un sentimiento así pudo haberlo llevado a seguir al Papa por su recorrido cubano y asistir a cada una de sus misas. La vejez es un escenario frecuente para esas conversiones, para el regreso al crucifijo. Raúl Castro quiere que Francisco lo salve y la búsqueda de ese perdón tal vez sea el empujón que le falta para que ponga el pie en el acelerador y profundice los cambios internos. Quiera Dios.
En la oposición política, mientras tanto, se perdió la oportunidad de hacerle llegar a Francisco algo más que quejas y reclamos. Como todo pastor, el sucesor de Pedro sabe que debe cuidar de su rebaño, pero también espera que cada oveja cuide de él y de los suyos. Después de innumerables cartas enviadas desde el sector disidente para reclamar la liberación de los prisioneros políticos y una audiencia con Francisco, los activistas no lograron compartirle sus propuestas de una Cuba futura.
La Seguridad del Estado se encargó de que el encuentro entre el Obispo de Roma y la sociedad civil independiente no se produjera. Para ello arrestó a la opositora Martha Beatriz Roque y a la periodista independiente Miriam Leiva, cuando intentaban llegar hasta la Catedral de La Habana para saludar al Pontífice. Entonces, desde esa parte lastimada de Cuba solo quedaron las denuncias, la narración del horror y las demandas de atención. Francisco no pudo escuchar sus proyectos, aunque todavía tiene tiempo para conocer las tantas plataformas que prevén ese día después de la dictadura.
Es probable que por décadas no nos vuelva a visitar un papa. ¿Por qué debería seguir esta lluvia de mitras y báculos sobre una isla tan lejos de Roma? Francisco podría ser el último pontífice que pise suelo cubano antes del cambio democrático. El último que abrace a un presidente no electo en las urnas y se retrate con un anciano moribundo a quien quizás Dios perdone, pero la historia no.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de octubre de 2015, 7:28 p. m. with the headline "YOANI SÁNCHEZ: La Plaza de la Revolución y el Vaticano, un pacto de poder."