Cocheros cubanos comprueban las preocupaciones y ventajas del negocio privado
Los que visitan Cuba y desean dar un viaje en el tiempo se suben a un coche de caballos para recorrer las calles adoquinadas de La Habana Vieja mientras el cochero les ofrece información histórica de la zona.
Pero los caballos, los coches y los cocheros son parte de un fenómeno moderno en la isla, consecuencia de las reformas económicas que, al menos ese es el plan, deben impulsar la decrépita economía cubana.
Desde principios del año pasado, el sector de coches a caballo, que se centra en los alrededores del Capitolio habanero, es una cooperativa administrada por los trabajadores, llamada El Carruaje, que tiene 124 cocheros.
Como parte de un esfuerzo por sacar a cientos de miles de personas de la nómina del gobierno, que comenzó en 2010, las autoridades han entregado a los trabajadores la administración de entidades estatales de servicios –como salones de belleza, barberías, colectivos de taxistas, restaurantes, y ahora los cocheros.
“Es algo nuevo. Antes éramos trabajadores estatales”, dijo Leo Pérez Pérez, quien dirige la cooperativa de cocheros. “Los coches transportaban a la aristocracia en la época colonial, y Eusebio Leal, el historiador de La Habana, revivió esta actividad como un gesto histórico”.
Entre 2013 y 2014, casi 500 nuevas cooperativas no agrícolas fueron autorizadas por el gobierno cubano, y a comienzos de este año se estudiaba autorizar otras 300, según Ted Henken, profesor del Baruch College, quien ha estudiado el empleo y la empresa privada en Cuba. Aproximadamente 77 por ciento de las cooperativas privadas son antiguas empresas estatales y el 23 por ciento restante son nuevas.
Henken dijo que el coqueteo de Cuba con la economía de mercado no significa que abandonará el modelo socialista. Durante una visita reciente a la isla, había esperado ver más cambios. En su lugar, el profesor dijo que encontró “islas de innovación y emprendimiento”, pero que al final son solo eso, islas.
En estos momentos hay más de medio millón de cubanos trabajando por cuenta propia, pero muchos de esos empleos no son de tipo tecnológico o de innovación, dijo Henken.
Y no todas las cooperativas administradas por los trabajadores han salido adelante; muchos cooperativistas todavía se están acostumbrando a los gastos adicionales, la responsabilidad y el trabajo duro que implica dirigir un negocio propio. Pero varios entrevistados por The Miami Herald dijeron que el atractivo es que con sus propios esfuerzos pueden ganar más que antes.
Pérez afirmó que los cooperativistas están aprendiendo en el camino, pero que el cambio era necesario. “La economía nacional no puede continuar como hasta ahora”, dijo, en el centro de coches cerca del Parque Central de La Habana.
Diez por ciento del dinero recaudado por la cooperativa se paga en impuestos, y también contribuye 1 por ciento en pesos cubanos, la moneda que usa la mayoría de los cubanos, y 5 por ciento en pesos convertibles, a la preservación del distrito histórico de La Habana Vieja, que es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Los cocheros, dijo Pérez, deben contribuir un mínimo de 3.5 pesos cubanos convertibles, llamados CUC –equivalentes a unos $4 al tipo de cambio con el dólar– todos los días, excepto los domingos. Eso no es difícil, explicó Pérez, cuando hay suficientes turistas. Pero en los días lluviosos o de frío no recaudan tanto.
Pérez agregó que está satisfecho con las nuevas relaciones con Estados Unidos porque espera más turistas. “Otros quieren ver a Cuba como está hoy, porque mañana quizás sea diferente”, acotó.
Cuba no tiene las condiciones para recibir a una gran cantidad de turistas, dijo, pero a los cocheros les gustaría ver un flujo más estable de clientes durante todo el año. Además, añadió, hay mucha competencia de los conductores de automóviles clásicos estadounidenses y los bicitaxis.
Los cocheros cobran entre 20 y 25 CUC la hora para pasear a un máximo de cuatro clientes durante hora, y además les cuentan sobre los viejos edificios por los que pasan y la historia del país.
Pero en los días nublados y de pocos pasajeros, los cocheros están dispuestos a ofrecer descuentos. “Te llevo a la Plaza de la Artesanía por cinco pesos”, ofreció Rafael Díaz Peña mientras comenzaba a caer una llovizna. Era un viaje corto desde la Plaza de la Catedral, pero eso significaba que el caballo, llamado Peter Pan, tenía que navegar el tráfico a lo largo del Malecón, la avenida que corre paralela al mar.
Peter Pan se puso nervioso cuando se acercaba un camión, pero Díaz logró dejar sanos y salvos a sus pasajeros. “A lo mejor esto es todo lo que gano hoy”, dijo. En un buen día puede recaudar entre 25 y 30 dólares. La zona cerca de la Plaza de la Catedral es de las mejores, dijo, porque es donde los taxis dejan a los turistas.
Los caballos pasan la noche en casa de los cocheros, quienes por lo general viven en municipios en las afueras de la capital, como Regla, Marianao, Guanabacoa, San Miguel del Padrón y El Cotorro, donde es más fácil tener a los animales.
Díaz, quien vive en Regla, entrega su coche en una terminal y entonces se va con su caballo en un carruaje pequeño de dos ruedas en un viaje que dura 40 minutos. El trayecto demora más de lo normal porque no se permiten carruajes de caballos en el túnel que pasa por debajo de la entrada a la Bahía de la Habana, que lo haría más corto.
“La cooperativa nos da alimentos para los caballos”, dijo. “Y por la noche también pastan. Les damos los alimentos que necesitan, los bañamos y les damos todo lo que necesitan para que estén tranquilos y fuertes”, dijo.
Díaz tiene cuatro caballos y los rota, un día de trabajo y uno de descanso, para que siempre estén frescos.
Pero los caballos, en su mayoría criollos, tienen más tiempo libre que el cochero. “Yo trabajo todos los días y descanso sólo uno –sábado o domingo– para pasar algún tiempo con mi familia”, dijo.
Díaz, quien lleva nueve años de cochero, creció rodeado a caballos. “Este tipo de trabajo ha pasado de una generación a otra en mi familia, mi abuelo, mi padre y ahora yo”.
Pero no todos los cocheros se llevan los caballos a casa. Richard Antonio González, quien vive en el corazón de Centro Habana, recoge un caballo todos los días junto con el coche.
“Me gusta trabajar en el turismo”, dijo González, quien llevaba una gorra con un bordado que decía “Los Angeles”, regalo de un cliente. “Hacemos amigos, aprendemos cosas nuevas y esto ayuda a mi familia. Me gusta acercarme al mundo exterior a través de mi trabajo”.
Y siempre está listo para trabajar. González recuerda un día de diciembre, cuando caía una lluvia fría y un coche lleno de turistas insistió en seguir el paseo. “Querían ver la ciudad y yo quería mostrárselas”, dijo.
Pero en la mayoría de los días lluviosos no gana nada. “Es cuestión de la oferta y la demanda”, dijo.
González explicó que espera un aumento en el negocio cuando las nuevas relaciones entre Cuba y Estados Unidos se desarrollen. “Lo que queremos es una verdadera relación”, dijo. “No tenemos ningún interés en ser enemigos”.
Pero el trabajo de los cocheros no es la única forma de transporte que ha cambiado en Cuba. El gobierno también tenía el monopolio de los taxis. Ahora, algunos choferes manejan sus propios vehículos, otros se los alquilan al gobierno y otros siguen siendo choferes estatales.
Julio Pérez , antiguo chofer estatal que ahora alquila un vehículo al gobierno, dice que tiene que pagar de su bolsillo todo lo relacionado con el vehículo, desde el mantenimiento hasta la gasolina.
El taxista Omar Valdés reconoce que la agrada el sentido de propiedad que ahora tiene. Ha tapizado el vehículo que maneja con una tela de flores y mantiene el automóvil meticulosamente limpio. “Lo que se había perdido en Cuba era el sentido de propiedad. A la gente no le interesaba cuidar nada y la actitud era que el gobierno se encarga de arreglarlo”, afirmó.
Una vez que tuvo que viajar a la playa de Varadero para llevar a un cliente regular canadiense este verano, se levantó más temprano para verifica que el vehículo estuviera a punto. “Si me pasa algo en la carretera, es mi problema, no de mi cliente”, dijo.
Antes, si el taxi que conducía necesitaba una reparación, lo dejaba en un taller estatal. Pero no había sentido de urgencia. “Le daban mantenimiento cuando no les quedaba más remedio”, contó. Pero ahora, a pesar de que tiene que pagar el mantenimiento, la gasolina y los impuestos de su bolsillo, Valdés dice que le va mucho mejor que con el viejo sistema. Y con el aumento del turismo, dijo que no tiene capacidad para más trabajo.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de octubre de 2015, 1:38 p. m. with the headline "Cocheros cubanos comprueban las preocupaciones y ventajas del negocio privado."