Trump decapita a su (potencial) verdugo
Si Donald Trump piensa que por destituir fulminantemente al director del FBI, James Comey, va a lograr enterrar la investigación sobre sus posibles vínculos con Rusia está muy equivocado. Acaba de rociar con gasolina el fuego que pretendía apagar. Su orden a estilo dictatorial, de despedir a quienes no se doblegan ante él (y Comey es el tercer destituido crucial para la pesquisa rusa), lo único que hace es motivar aún más a quienes le investigan y a todos los que desde el poder judicial, ejecutivo o legislativo obran con patriotismo y lealtad a la Constitución.
Es la primera vez en la historia de Estados Unidos que un presidente se atreve a despedir al director del FBI que le está investigando por lo que, potencialmente, puede ser un delito grave de colusión con un país enemigo. Richard Nixon intentó algo similar (por un delito mucho menor), despidiendo al Fiscal Especial que investigaba Watergate en la infame Masacre del Sábado 20 de Octubre de 1973. Aquella masacre desencadenó la aprobación del Congreso para enjuiciar a Nixon (impeachment) y finalmente le obligó a renunciar.
La acción de Trump el martes apesta a abuso de poder y encubrimiento. ¿Alguien puede creer la justificación que ha dado Trump para despedir a Comey, de que fue injusto con Hillary Clinton? ¿Trump defendiendo el honor de Hillary? Da risa y miedo.
¿Hay alguien que pueda creer que después de que el propio Trump alabara repetidamente a Comey por tener “las agallas” de reabrir la investigación de Clinton 11 días antes de la elección, ahora repentinamente piense lo contrario? ¿Y además justo cuando Comey ha confirmado públicamente que investiga la posible colusión de la campaña de Trump con Rusia? ¿Y justo cuando fiscales federales han emitido subpoenas en conexión a negocios en Rusia? ¿Y justo cuando se ha sabido que su hijo pequeño, Eric Trump, se ha jactado de recibir $100 millones de Rusia para financiar varios campos de golf? Da risa y miedo. Es una burla del pueblo americano y la Constitución.
La verdadera razón del fulminante cese de Comey es que Trump ha eliminado al hombre que podía acabar con su presidencia, al percatarse de que no le podía controlar. Al igual que despidió a la secretaria de Justicia Sally Yates cuando le informó lo que él no quería escuchar: que su asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn podría estar al servicio de Moscú. O como cuando destituyó hace semanas al fiscal federal de Nueva York, Preet Bharara, que investigaba varios casos de supuesta corrupción relacionados con rusos.
El mensaje es claro para todos los funcionarios del gobierno federal: quien no se pliegue a mis deseos queda despedido. Pero muy especialmente va dirigido a amedrentar al próximo director del FBI. ¿No es eso lo que hacen los dictadores? ¡América: es hora de despertar! No es normal el comportamiento de Trump. Excusarle por lealtad partidista es antipatriótico.
Volviendo a Comey, no deja de ser irónico que fuera él quien ayudara a Trump a vencer a Hillary sembrando dudas entre los votantes con la insólita reapertura de la investigación de los emails a sólo días de la elección. Sin duda aquella actuación de Comey fue muy reprochable. Pero usarla 7 meses después como excusa de despido es más que reprochable. De hecho parece una involuntaria confesión de alguien desesperado y temeroso de que le descubran. Y quienes eso temen siempre matan a los mensajeros.
Tan obsesionado está Trump con la investigación sobre Rusia que según ha reportado la revista Político “blasfema cuando ve en televisión noticias de la pesquisa”. Su enajenación le ha llevado a creer que negándola puede hacerla desaparecer. El propio lunes, horas antes de cesar a Comey, tuiteó: “La colusión Rusia-Trump es un total engaño. ¿Cuándo va a acabar esta farsa pagada por los contribuyentes?”. Hasta en la propia carta de despido a Comey se autoexoneró. Algo delirante.
Según varios informes de prensa, la impaciencia tocó fondo hace días al ver que fracasaban los intentos de desviar la atención pública. Trató con las bombas en Siria, Afganistán, con Trumpcare, etc. Pero el fuego de “la colusión Rusia-Trump” (como él la llama) le empezaba a rozar los talones. Finalmente pidió al secretario de Justicia, Jeff Sessions, que buscara argumentos contra Comey. Sessions transgredió su propia recusación de la investigación Trump-Rusia (impuesta tras reunirse con el embajador ruso), para satisfacer el deseo de su jefe aconsejándole que destituyera a Comey. Para lo cual se apoyó en otra carta de su recién nombrado subsecretario en defensa de Hillary. Toda una burla.
Pero el tiro les salió por la culata. Están tan acostumbrados a saltarse impunemente las normas que calcularon mal la reacción pública. Suele ocurrir cuando los cortesanos no se atreven a decirle al emperador que está desnudo. Trump se ha quedado a la intemperie, exhibiendo su auténtica piel de gobernante autoritario.
¡Ah! Y para mayor sarcasmo, toda esta puesta en escena ocurrió horas antes de que Trump recibiera al ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergey Lavrov, quien a su vez se atrevió a mofarse ante las cámaras del despido de Comey.
Ha llegado la hora de que los republicanos demuestren si tienen lealtad a su partido o a la nación. A menos que nombren un fiscal especial que investigue de forma independiente la posible colusión Rusia-Trump, la legitimidad de la presidencia de Trump seguirá siendo cuestionable.
Periodista y analista internacional.
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Esta historia fue publicada originalmente el 10 de mayo de 2017, 4:38 p. m. with the headline "Trump decapita a su (potencial) verdugo."