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Opinión

GUILLERMO MARTÍNEZ: El Papa perdió una gran oportunidad

Los medios de prensa modernos fuerzan a columnistas y expertos en geopolítica a hacer juicios instantáneos, muchas veces sin darnos tiempo a darle la perspectiva adecuada a los eventos que analizamos.

Precisamente eso nos ha ocurrido a muchos que nos apresuramos a juzgar lo que el papa Francisco había logrado en su viaje a Cuba y Estados Unidos.

Ahora vemos cosas que no vimos durante el viaje del Papa.

Hoy nadie puede dudar de la humildad del Papa. Su pequeño Fiat 500 reemplazaba a las enormes y lujosas limosinas en que se movilizan la gran mayoría de los líderes mundiales. No así Francisco cuya humildad raya en pecado porque para la iglesia todos los excesos son peligrosos.

Cada vez que pienso en la gira papal tengo que hacer un esfuerzo por acordarme que el Papa usa dos sombreros diferentes –uno como el líder de una poderosa iglesia Católica que cuenta con 1,254 millones de feligreses (según el Anuario Pontificio de 2015) en el mundo y otro como jefe de la pequeñísima nación del Vaticano.

Como jefe de Estado Francisco no habla por la Iglesia Católica. Sólo habla ex catedra cuando habla de cuestiones eclesiásticas. En eso sus pronunciamientos no pueden ser cuestionados por los católicos creyentes.

En Cuba, el Papa no se reunió con el creciente número de disidentes que reclaman democracia y libertad. Esa fue una decisión de un jefe de Estado que pesó las ventajas y desventajas de molestar o siquiera irritar a sus anfitriones.

Si se hubiese reunido con los disidentes, Francisco hubiese puesto en peligro todo el terreno ganado por la Iglesia Católica en Cuba en las últimas dos décadas. Decidió proteger los intereses ganados y abandonar a los pobres cubanos que reclaman justicia social y una democracia participativa.

No hay otra forma de explicar lo ocurrido. Es inverosímil e increíble que el papa Francisco no supiera que los disidentes querían verlo para contarle personalmente sus penas. Alguien en la comitiva del Papa tiene que haber sabido que las Damas de Blanco, que semanalmente van a misa para después desfilar en silencio pidiendo la libertad de los presos políticos, querían ver al Papa.

Francisco decidió no hacerlo y eso fue un error craso para el jefe de la Iglesia Católica. El tenía la obligación como jefe de la Iglesia Católica de ver y oír los pesares de sus más fervientes feligreses en la isla. Ellos son los perseguidos.

Su humildad y su afabilidad le ganó la simpatía de millones de creyentes y no creyentes en Cuba y en Estados Unidos. Pero con su decisión de no ver a los disidentes Francisco perdió el respeto ganado por Juan Pablo II, que en su viaje a Cuba supo mostrar su interés en el bienestar de los cubanos de a pie sin ofender profundamente a sus anfitriones.

Eso nos hace ver claramente que para el Papa era más importante mantener el espacio ganado por la iglesia en Cuba. Esa es la decisión de un jefe de Estado. Desde ese punto de vista es posible defender su posición.

Pero lo que no tiene perdón es que el Papa humilde, el Papa del pueblo, como muchos le llaman cariñosamente, se hubiese olvidado de los más humildes y más necesitados en Cuba.

A mediados de semana un vocero del Vaticano no negó que en su estadía en Estados Unidos el Papa se hubiese reunido en privado con una funcionaria pública que fue a la cárcel por negarse a emitir licencias de matrimonio a parejas de homosexuales.

En Cuba el Papa pudo haber hecho algo parecido con los disidentes. Podría haberse reunido en privado con ellos y darles el aliento y respaldo moral de la Iglesia Católica. Eso pudiera haber molestado a los hermanos Castro.

Pero eso le hubiera ganado a Francisco otro galardón. Además de ser un hombre humilde hoy podría decirse que también era un hombre valiente.

¡Qué pena la oportunidad perdida!

Guimar123@gmail.com

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de octubre de 2015, 3:43 p. m. with the headline "GUILLERMO MARTÍNEZ: El Papa perdió una gran oportunidad."

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