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Fabiola Santiago

En Miami no somos inmunes al odio

El alcalde del condado de Miami-Dade, Carlos Giménez (segundo izq.) con el secretario de Justicia Jeff Sessions para hablar del tema de las ciudades santuario en la terminal E del Puerto de Miami, el 16 de agosto.
El alcalde del condado de Miami-Dade, Carlos Giménez (segundo izq.) con el secretario de Justicia Jeff Sessions para hablar del tema de las ciudades santuario en la terminal E del Puerto de Miami, el 16 de agosto. pportal@miamiherald.com

Como si el servil apoyo del Condado Miami-Dade a las leyes antinmigrantes del gobierno del presidente Donald Trump no fuese lo suficientemente infame, el secretario de Justicia, Jeff Sessions, organizó una fiesta para celebrar la victoria en Miami.

Aprovechando el puerto internacional como telón de fondo, Sessions le enseñó al condado lo que una subvención federal de $500,000 hecha a los políticos locales puede obtener: hacer que se arrodille ante él una exitosa ciudad de inmigrantes y exilados.

Tal parece que dijera: “Está muy bien que estos buenos ciudadanos demuestren su obediencia. Qué buenos norteamericanos son”.

Pero la verdad es que fue un día negro en la Ciudad Mágica.

Sessions utilizó la tribuna para propagar el mito de que los inmigrantes son responsables de la alta tasa de delitos y que las ciudades y condados santuario los ayudan y son sus cómplices. Nadie cuestionó sus palabras, cuando las estadísticas y estudios se han cansado de demostrar que el delito es muchísimo más bajo en los condados santuario, y aun más recientemente que las tasas de homicidio han aumentado en ciudades que cooperan con las autoridades federales en cuestiones de inmigración.

Sessions, uno de los funcionarios de más alto rango del país, utilizó la cada vez más baja tasa de delitos de Miami para acusar a Chicago en una comparación que no tiene ningún sentido. En los últimos tiempos, ambas ciudades han estado plagadas de asesinatos a manos de pandillas y una violencia armada que no tiene nada que ver con los inmigrantes indocumentados, sino con las disparidades que mantienen a las comunidades afroamericanas empantanadas en un ciclo de pobreza, desesperación y delito.

Se esperaba una ignorancia deliberada así de Sessions, ex senador de Alabama a quien se le negó una magistratura federal por su polémico historial en problemas de derechos civiles, pero no de funcionarios cubanoamericanos que deberían sentir conmiseración por otros inmigrantes y comprender la lucha que tienen ante sí.

Es algo de veras abominable.

¿Cómo hemos llegado aquí?

Miami-Dade no será designado más como condado santuario, afirmó orgullosamente Sessions, tras elogiar la decisión del alcalde nacido en Cuba, Carlos Giménez –apenas una semana después que Donald Trump asumió la presidencia– de acabar con una política de tres años del condado de liberar de cárceles del área a reclusos que habían cumplido su sentencia en vez de retenerlos para luego entregarlos a las autoridades de inmigración. Supongo que estaba bien que el alcalde republicano y los comisionados condales cubanoamericanos republicanos protegieran a los inmigrantes acusados de delitos cuando era el presidente Obama quien deportaba a los delincuentes.

Pero con el hombre que hoy en día vive en la Casa Blanca, es una historia diferente.

El condado obedece sin chistar todas las solicitudes que hacen los funcionarios de inmigración –sin distinguir entre un delito menor cometido por primera vez y un delito grave. Que algunos de los acusados no hayan ido a juicio y hayan terminado con solicitudes de detención parece no preocuparle a nadie. Todos son entregados a las autoridades de inmigración para ser deportados sin tener en cuenta si la persona tiene hijos nacidos en EEUU ni tampoco si con anterioridad tenía limpio su récord de antecedentes penales. No hay espacio para esos matices. La palabra de orden es cumplir con las leyes, sin que importe mucho la separación de familias ni se parte en dos a una comunidad.

La comisión, que le presta servicio a un condado al que 1.6 millones de hispanos llaman su hogar, respaldó la decisión de Giménez con una votación de 9-3. Supongo que deberíamos interpretar el que los comisionados no asistieron al espectáculo protagonizado por Sessions como un indicio de que al menos les queda un poco de dignidad. Su remordimiento, sin embargo, es claramente más motivado por las elecciones de 2018 cuando varios escaños para el condado, el estado y el Senado están en juego. Una foto junto a un hombre considerado por muchos como representante de las viejas y racistas costumbres del sur no ayuda en nada en una campaña.

Por su parte, Giménez, cumplió su cometido de manera eficaz, al tiempo que mostraba la mordaz sonrisa que se ha convertido en su marca de fábrica.

La victoria de Sessions no puede haber ocurrido en un peor momento. En la actualidad somos un país que dirige un presidente que defiende con pasión a supremacistas blancos y pasa por alto el odio que condujo a la muerte de una joven y las lesiones de 19 personas en una manifestación de Charlottesville.

Y aquí en Miami, estaba su fiscal general celebrando el triunfo cuando en realidad debería estar en Charlottesville consolando a los padres de Heather Heyer en sus funerales.

Antes, el odio era algo de lo que solíamos sentirnos protegidos e inmunes en el multirracial y multicultural que era Miami. Sin embargo, bajo el mando del presidente que tenemos hoy día, seríamos unos idiotas si continuaramos pensando de esa forma.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de agosto de 2017, 4:50 p. m. with the headline "En Miami no somos inmunes al odio."

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