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Fabiola Santiago

La salida de Raúl Castro es tanto farsa como una esperanza

El gobernante cubano Raúl Castro aplaude junto al primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel durante una sesión de la Asamblea Nacional de Cuba, en La Habana, en una imagen de diciembre del 2015.
El gobernante cubano Raúl Castro aplaude junto al primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel durante una sesión de la Asamblea Nacional de Cuba, en La Habana, en una imagen de diciembre del 2015. Cubadebate via AP

Como periodista e hija de exiliados cubanos, he esperado toda una vida por el fin de las seis décadas de gobierno de los Castro con la esperanza de que la democracia florezca en la querida isla y le traiga prosperidad, pluralidad política y reconciliación al pueblo cubano.

La transferencia de poder en Cuba que ocurre hoy, tristemente, no es ese momento, sino sencillamente otro capítulo de una desilusión sin fin. Es una confirmación de que la línea dura le ganó la batalla a los reformistas, una guerra interna que llegó a su cima durante los años del esperanzador acercamiento de Obama, un momento en que parecía que Cuba finalmente estaba lista para modernizarse.

Este cambio en la presidencia, de las manos del envejecido Raúl Castro al primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel, no es, como creen algunos, una momento trascendental. Es un cambo simbólico e ingenioso, porque da la percepción de un cambio, cuando en realidad la familia Castro sigue firmemente en el poder.

Esta maniobra sólo promete más de lo mismo.

Alejandro, hijo de Raúl, sigue siendo una figura clave en el Ministerio del Interior, que opera el aparato represivo que ha dado tanta longevidad al régimen. Su antiguo yerno, el general Luis Alberto Rodríguez, dirige GAESA, una de las empresas militares que maneja numerosas empresas estatales y tiene una fuerte presencia en el turismo. Y su hija Mariela, diputada a la Asamblea Nacional que alcanzó prominencia como defensora de los derechos de los homsexuales, viaja por todo el mundo como la principal propagandista del gobierno. Como hicieron con su tío, algunos estadounidenses se rinden ante su carismática presencia.

Por otra parte, está Raúl Castro, de 86 años. Este miércoles debe abandonar la presidencia, pero eso no significa que salga del poder. Sigue al mando de las fuerzas armadas y el todopoderoso Partido Comunista, cargo que perpetúa su firma en la formulación y ejecución de políticas durante quién sabe cuánto tiempo.

Así que permítannos —como mi amigo y activista cívico Rafael Peñalver llama a nuestra generación, “los últimos exiliados” en Miami— expresar nuestra desesperación y repugnancia ante el teatro pollítico en La Habana.

“¿Para qué fue entonces todo el sufrimiento? Este es un final muy lúgubre [de la era de los Castro] para el pueblo de Cuba, y para nosotros también”, dice Peñalver, presidente del histórico Instituto San Carlos en Cayo Hueso, dedicado a la historia y cultura de Cuba.

La toma de posesión de un presidente más joven, a quien se ha visto en un video despotricando sobre las embajadas extranjeras en La Habana, a las que acusó de planear actividades subersivas, y de atacar a los disidentes, hace que uno se sienta como si “el sueño de una Cuba libre haya muerto”, agrega Peñalver.

La cuidadosamente escogida Asamblea Nacional, no el pueblo cubano, seleccionará oficialmente al sucesor de Castro. El hecho de que el apellido sea diferente no es algo tan raro como se ha presentado.

De hecho, entregar la presidencia a otra persona es un viejo truco que data de los primeros días de la revolución cubana.

Cuando Fidel Castro tomó el poder, no se hizo cargo de la presidencia de inmediato, sino que designó a Manuel Urrutia, líder de la resistencia civil, quien sólo duro siete meses en el cargo, cuando las disputas por el sangriento rumbo escogido por Fidel lo llevó al exilio en Miami. Otro presidente civil salido del Movimiento 26 de Julio, Osvaldo Dorticós, sirvió hasta 1976. (Dorticós se suició en 1983).

Pero durante todo este tiempo, como ha quedado bien documentado, fue el dictador Fidel Castro el que tomaba las decisiones como primer ministro entre 1959 y 1976, y después como presidente hasta al 2008, cuando, enfermo de cáncer, entregó las riendas del poder a su hermano Raúl, quien se presentó como un reformista. Raúl presidió la distensión con Obama, pero dio marcha atrás después que el brillante discurso del presidente estadounidense en La Habana provocó esperanzas de un cambio real en toda la isla y enfureció al anciano y enfermo Fidel, quien salió de su retiro para acabar con el entusiasmo.

Una vez más, el cambio en la cúpula cubana es solamente cosmético. Pero la esperanza ha sido siempre a lo que nos aferramos en Miami cuando todo lo demás fracasa.

Peñalver especula que quizás Díaz-Canel pudiera resultar un agente de cambio de la misma manera que Franco llevó a los franquistas a una transición pacífica en España. O de la manera en que el anticomunista de Richard Nixon inauguró una nueva era con China en Estados Unidos.

“Llegará un día en que los años de Castro sean sólo un asterisco en la Cuba Eterna”, dice.

Pero este cambio se siente lejos, muy lejos, de ese día.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de abril de 2018, 6:45 p. m. with the headline "La salida de Raúl Castro es tanto farsa como una esperanza."

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