El hongo de Fidel
América ha padecido numerosos dictadores. La mayoría fueron brutales y viles con sus pueblos, no obstante, muy pocos pretendieron extender su poder más allá de las fronteras de sus países. Entre esas excepciones está Fidel Castro, que mientras destruía a Cuba, intentó ensanchar su dominio a otras tierras causando también devastación y muerte.
Fidel siempre tuvo una visión mesiánica de sí mismo. Se creyó el salvador de Cuba, después conjeturó serlo de América y por último pensó que el mundo precisaba de sus servicios para progresar y ser feliz, pero como nunca fue tonto, concluyó que necesitaba un aliado, un país poderoso al cual servir, a la vez que se hacía de su propia tajada.
Miró el mapamundi y vio pocas opciones. Estados Unidos no podía ser porque era el enemigo ideal para cualquier faraón disfrazado de nacionalista. La Alemania nazi había sido eliminada 15 años atrás. La única opción viable era Moscú; en consecuencia se declaró vasallo del Kremlin, y le propuso convertirse en procónsul en la desestabilización del continente, un objetivo que ambos compartían.
El Kremlin, que desde los primeros meses de la Revolución envió a Cuba a decenas de agentes de origen español, remitió a la isla contingentes de instructores rusos en diferentes armas y de técnicos soviéticos en numerosas materias.
Según se fue consolidando el régimen en el plano interno, Castro incursionaba más en la política mundial, haciéndolo con extrema habilidad porque a pesar de que era un fiel servidor de la Unión Soviética, supo establecer mandos tácticos que le permitieron hacerse de una propia clientela política.
La Habana, por su condición de aliado del Kremlin y atendiendo al escudo atómico que éste le ofrecía, decidió asumir un papel activo en la disputa este-oeste facilitando el territorio insular para la construcción de bases con capacidad de ataque nuclear contra Estados Unidos.
Como provocador de oficio, sentó las bases para la crisis nuclear más peligrosa que se haya conocido. El trance lo elevó a instancias públicas sólo reservadas a los máximos dirigentes de las grandes potencias.
En Cuba, se decía con frecuencia que había individuos con un ansia de protagonismo tan extremo que tenían deseos de morirse para despedir su propio duelo y el dictador cubano, en su megalomanía, situó a Cuba en el vértice de una crisis a sabiendas de que sería el primer objetivo a destruir si se desataban los demonios de la guerra.
La megalomanía de Fidel Castro, su ambición de poder y su aspiración de ejercerlo a perpetuidad puso a prueba la estrategia de la Mutua Destrucción Asegurada. Si Fausto transó con el diablo, Fidel negoció con el dueño de las calderas, Nikita Jrushchov, para poder ser el amo del infierno.
El dictador cubano escribió a Jrushchov: “Si la segunda variante tiene lugar y los imperialistas invaden Cuba con el objetivo de ocuparla, los peligros de su agresiva política son tan grandes después de esa invasión que la Unión Soviética no debe permitir circunstancias en las que los imperialistas puedan llevar a cabo un primer ataque nuclear contra nosotros”. El ruso se percató de que no estaba negociando con un político sino con un demente capaz de destruir el mundo por lograr su objetivo.
La Crisis de los Misiles fue resuelta porque tanto Washington como Moscú se convencieron del peligro que estaban enfrentando. Sin embargo, Fidel Castro se opuso a toda solución y demandó abiertamente a la URSS que no retirara los cohetes y que los usara contra Estados Unidos en caso de que Cuba fuese invadida, pero su reclamo fue ignorado, lo que lo dejó en la posición que le correspondía, el de lacayo de un imperio que sabía usar a sus aliados.
Periodista de Radio Martí.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de octubre de 2016, 2:24 p. m. with the headline "El hongo de Fidel."