NICOLÁS PÉREZ: ¿Por qué causa perdimos güiro, calabaza y miel?
En los años 70 el fallecido actor Armando Roblán, en una genial y burlona imitación de Fidel Castro, estrenó una obra de teatro en Miami titulada: En los setenta Fidel revienta, pero no reventó. Por lo que veinte años después, volvió a repetir el mismo tema con ligeros cambios en el libreto actualizando las injusticias del castrismo con el nombre de: En los 90 Fidel revienta. Un enorme éxito. Pero Fidel con pésima salud, saliendo de la cámara hiperbárica de vez en cuando para retratarse con líderes extranjeros y cuidándose más que un gallo fino, ha seguido tan campante sin sufrir un arañazo.
No sé qué nos pasa, pero temo que estamos haciendo algo mal porque es preocupante que sigamos aquí hace casi 56 años después, y con el mundo en contra. Acabo de leer un artículo en El País de España de Manuel Rivas en el cual aplaude la compasión del castrismo después del terremoto en Haití. Y siguió aplaudiendo como enloquecido el envío de ayuda del castrismo contra el ébola en África. Y me pregunto, ¿cómo aplaudir la doble moral de un desgobierno a mil millas de la candela, por pinceladas a causas hermosas en el exterior por motivos oportunistas y políticos, mientras que en el interior reprimen a infelices e inofensivas mujeres como las Damas de Blanco? ¿Es honesto no equilibrar el tema denunciando la falta de libertad en una dictadura brutal que reprime a su disidencia, la encarcela o la asesina como hicieron con Oswaldo Payá? ¿De qué lugar de la historia está el periodista Manuel Rivas?
A esta menudencia se suman dos editoriales y dos artículos de opinión del New York Times, el periódico más importante e influyente de los Estados Unidos, pidiendo el levantamiento incondicional del embargo.
Y le preguntaría al Times con ingenuidad y respeto, pero con mucha mala leche, ¿si Washington levantara el embargo a La Habana en estos instantes, qué concesión haría el castrismo a cambio?
Absolutamente ninguna.
Desde Ronald Reagan a la fecha han existido conversaciones secretas entre la isla y los Estados Unidos, inofensivas y sin una gota de resultados tangibles.
Los Castro no solo no quieren que cese el enfrentamiento con Washington sino que lo necesitan, porque no hay nada más socorrido y que conmueva más a una estúpida opinión pública mundial que el papel de víctima.
Mientras tanto, ni Obama, ni Hillary, ni ningún próximo candidato republicano podrían hacer nada hoy para arreglar sus desencuentros con los Castro.
Según “expertos” ya Raúl está preparando una transición con cuatro nombres con poder en Cuba, fundamentalmente militares, para iniciar una posible transición cuando desaparezcan los padres de la criatura. Pura paja. Una vez desaparecidos los hermanos, todas las opciones están abiertas y al comunismo no lo salva ni el médico chino. Ese será el momento, ni un minuto antes, de utilizar el fin del embargo como pieza de negociación.
Entiendo que los Estados Unidos no desean que la desaparición del castrismo provoque una guerra civil en Cuba, más por prudencia que por decencia, porque corren el peligro de involucrarse en esta hecatombe.
¿Qué opino deben hacer Obama y los próximos presidentes norteamericanos con el castrismo? No mover un dedo, ni soñar, porque sería una burla al sistema de justicia norteamericano, cambiar a los tres espías por Alan Gross, un llorón que acaba de demandar a Washington por sesenta millones de dólares porque no le alertaron del peligro que corría. Gross es un perfecto hipócrita; a menos que fuera ciudadano de Marte, sabía de memoria que iba a Cuba, no a Suiza, a entregarle a la comunidad judía teléfonos para romper el bloqueo de información castrista a su pueblo, que es algo vital y sagrado para la dictadura.
Finalmente, hasta en Turquía saben que solo hay dos formas de expulsar a los Castro, mediante la resistencia pacífica desde el interior, porque la violenta es un suicidio, o la lucha armada desde el exilio, y en eso el gobierno norteamericano nos tiene atados de pies y manos. El último hombre que lo intentó fue Santiaguito Álvarez, mi amigo, con quien inicié la lucha en Miami en los años 60, y a quien llamo con orgullo “el último guerrero”, más vigilado por el FBI que una monja casquivana y libertina por el obispo de su diócesis.
Si Santiaguito mueve un dedo para lograr la libertad de Cuba, Washington, incluso ayudado por Seguridad del Estado, lo crucifica sin una gota de escrúpulos.
Así están las cosas y aunque nos duela, solo nos queda esperar por tiempos mejores. No podemos quejarnos: perdimos güiro, calabaza y miel, con las excepciones que confirman la regla, en el instante en que colocamos la lucha por la libertad de Cuba en manos de los Estados Unidos.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de noviembre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "NICOLÁS PÉREZ: ¿Por qué causa perdimos güiro, calabaza y miel?."