Artes y Letras

Teresita Fernández, simulaciones y espejismos


La instalación de Teresita Fernández resulta una espectacular puesta en escena de dimensión instalativa-escultórica que resume las claves poéticas y estructurales contenidas en el trabajo de la artista cubanoamericana nacida en Miami.
La instalación de Teresita Fernández resulta una espectacular puesta en escena de dimensión instalativa-escultórica que resume las claves poéticas y estructurales contenidas en el trabajo de la artista cubanoamericana nacida en Miami. Teresita Fernández Studio

Fata Morgana, de Teresita Fernández, resulta una espectacular puesta en escena de dimensión instalativa-escultórica que, en puridad, resume las claves poéticas (y estructurales) contenidas en todo el trabajo anterior de la artista cubanoamericana nacida en Miami. Se trata de una gran instalación –ubicada en el Madison Square Park, en Manhattan, Nueva York– cuya resonancia estética fundamental es la fundación reactiva y enfática de una sinuosa cadena de simulaciones y de espejismos.

La obra reclama una mirada persistente sobre los conceptos expandidos de belleza y percepción, en tanto que fin primero y último del arte. La sutileza en su construcción, la elegancia y la erótica contenidas en el trato directo con la materia escultórica en sí, y la capacidad de generar mundos paralelos a una realidad que se agota en su misma condición de “lo real”, devienen en las señas de identidad más visible de su discurso artístico.

Pocos creadores consiguen, mediante un lenguaje tan difícil como lo es el escultórico (patrimonio casi siempre de la autoridad masculina), “domesticar” la fuerza salvaje de esa disciplina, para crear auténticas escrituras de rango y estatura poética. Teresita, sin duda, es una de estas artistas. En sus manos, la materia adquiere dimensión de verbo, se trueca en poesía, en narrativa y en lírica. Ella resulta una especie de rara “alquimista contemporánea” que logra convertir el material en metáfora, pulsando hasta el delirio y la embriaguez sus posibilidades retóricas. Su trabajo crea ilusión, gestiona de un modo fantástico la gramática de la visión frente a la ceguera, la oscuridad, el engaño y la amnesia.

El carácter multidisciplinar de su producción y esa extraña capacidad de la misma para desautorizar los paradigmas retinianos al uso, estimulan una búsqueda constante (infructuosa muchas veces) de nuestro YO proyectado en el rostro y en la piel de los otros. Esa dinámica de reflejos y de situaciones discursivas que reproducen una imagen de modo exponencial, nos lleva a entenderla como una sofisticada “hacedora” de narrativas visuales asistidas por un altísimo poder de sugestión. Tal y como dijera un amigo, también artista, esta pieza es una alegoría perfecta de lo que es la ciudad de Nueva York. Ella conecta varias dimensiones del espacio; juega a ser cielo y tierra a un tiempo, cosmos y caverna, carne y Eros. Reproduce, en su curso, ese deambular del sujeto por los entresijos laberínticos de la urbe contemporánea. Fata Morgana se inscribe dentro de esa definición, postulada por la autora, de “escultura paisajista”. No por gusto, algunos de los más relevantes críticos y comisarios internacionales, han relacionado su trabajo con el de Robert Irwin, James Turrell, Robert Smithson y, especialmente, con la dimensión y apertura de un conceptualista emotivo como lo fue Félix González-Torres.

La incidencia de luz, entendida como agente y personaje autónomo entre un reparto de lujo, es fundamental para entender la mayor parte del trabajo de esta artista. Es la luz, precisamente, la que dibuja y da forma a muchas de sus instalaciones, creando una perspectiva poliédrica y cubista que solo puede ser disfrutada a plenitud en el diálogo directo con cada pieza. Quizás por ello Fata Morgana se convierte a sí misma en la escritura de un sueño imposible: ese que desea unir el cielo y la tierra, creando un híbrido donde todo lo sólido se desvanece en el aire. Su trama recuerda la escritura laberíntica de Borges, los vasos órficos de Lezama Lima, la fantasía de Carpentier en sus prefiguraciones de lo real maravilloso. Si se trata, en efecto, de ese espejismo que lleva a los marineros a la muerte, en esta ocasión los redime de la fealdad y oscuridad de esa muerte anunciada, para ubicarlos en este espacio donde la belleza se multiplica una y otra vez hasta el infinito.

Compuesta por 236 paneles redondos espejados e instalada sobre andamios de más de tres metros y medio de alto, Fata Morgana atravesará una distancia de casi 148 metros y cubrirá la mayor parte del camino asfaltado del centro del parque. Sin duda, la mayor instalación de arte en la historia de este parque. Lo mismo que el proyecto más grande y ambicioso de la artista.

Andrés Issac Santana reside en Madrid y es escritor, comisario y crítico de arte.

artnexus73@yahoo.es

‘Fata Morgana’. Instalación de Teresita Fernández. Desde el 1 de junio hasta diciembre en el Madison Square Park de Nueva York. Más información en www.madisonsquarepark.org

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de mayo de 2015, 8:50 a. m. with the headline "Teresita Fernández, simulaciones y espejismos."

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