Tania Bruguera: ‘Que los micrófonos no sigan apagados’
La tribuna y el micrófono pasarán a la historia del arte cubano como paradójica encarnación de la falta de libertad de expresión que ha paralizado a la sociedad cubana desde la instauración de la revolución de 1959.
Antonia Eiriz se apoderó de mí como imagen fija, cuando el pasado 17 de diciembre y a raíz del anuncio –al unísono de uno y otro lado del estrecho de la Florida– del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, la artista cubana Tania Bruguera envió una carta abierta al Papa Francisco, Barack Obama y Raúl Castro en la que proponía a este último la reedición de su performance El susurro de Tatlin #6, en la Plaza de la Revolución.
Fueron justo los mismos símbolos (la tribuna y el micrófono) los que condujeron a que se silenciara la obra de Eiriz, una de las más grandes del arte cubano de todos los tiempos. Una tribuna para la paz democrática, mostrada en el Salón Nacional de 1968, en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue pronto atacada y calificada como “conflictiva”. José Antonio Portuondo, entonces vicepresidente de la UNEAC, la catalogó como “derrotista”, “grotesca” y “contrarrevolucionaria”.
Cuarenta y seis años después, la declaración de la UNEAC emitida a raíz de las gestiones de Bruguera para obtener los debidos permisos para llevar a cabo su performance, se traduce en los mismos términos. Palabras claves como: “contrarrevolución”, “provocación política”, “maniobra” y “acción oportunista” preparan el terreno para la inmovilización cívica que ha caracterizado a la sociedad cubana durante ya más de medio siglo.
Cuando en 1995 utilicé el término “cinismo” (¿En pos de una era cínica? en la revista independiente Lo que venga, No. 2) para referirme al cambio de estrategia generacional protagonizado en los 1990 y caracterizado, entre otros, por la metáfora y el juego con lo permisible, todavía el mercado del arte era incipiente en Cuba. El cinismo –entonces estrategia de sobrevivencia– con el tiempo devino pose, mero artilugio vacío. En medio de tan viciado panorama, un gesto como el de Bruguera es recibido como una cachetada, no solo por parte del gobierno y las instituciones cubanas, incapaces de adaptarse a los nuevos cometidos históricos, sino ante los mismos artistas. Estos últimos, al evidenciar que existe otra opción y que la retórica del cinismo –terreno común y cómoda postura del arte producido en Cuba– es la que es, en definitiva, oportunista. Es justo en el ámbito artístico donde el gesto de Bruguera impacta más incisivamente.
Es curioso que la oportuna acción haya sido clasificada despectivamente como “oportunista” cuando es este justamente el rasgo que ha prevalecido en el arte cubano desde los 1990 y hasta hoy. El juego con lo permisible, las estrategias de seducción y coqueteo con el poder, la autocensura y finalmente, el silencio. Ese mismo silencio que, en el caso de artistas con integridad incuestionable, como son los casos de Antonia Eiriz y Umberto Peña, condujo a la interrupción de sus carreras en uno de los gestos más auténticos y poderosos que ha habido en la historia del arte cubano.
Pero, sin lugar a dudas, el más emblemático de los micrófonos en cuanto a las artes cubanas, fue el que protagonizó la reunión de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional en 1959, después de la prohibición del documental PM y cuya culminación fueran las hoy conocidas como Palabras a los intelectuales que, desde tan temprana fecha, marcaron los derroteros de la política cultural cubana hasta el día de hoy. En aquel momento, y después de un prolongado silencio en el que nadie se atrevía a intervenir, la silueta delgada de Virgilio Piñera avanzó hasta el micrófono y alcanzó a decir: “Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo este miedo pero eso es todo lo que tengo que decir”.
Desde entonces cualquier micrófono en Cuba, si estuviese abierto, ha estado mediado por el miedo o la desidia. “Que los micrófonos no sigan apagados”, rezaba Bruguera en su carta abierta. “Aprendamos a hacer algo con nuestros sueños”.
Janet Batet es escritora, comisaria y crítica de arte. Escribe para diferentes publicaciones, galerías y museos.
jbatet@hotmail.com
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2015, 7:00 a. m. with the headline "Tania Bruguera: ‘Que los micrófonos no sigan apagados’."