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Ex boxeador cubano pide una segunda oportunidad a la vida

Dicen en el boxeo que el golpe que te derriba es aquel que no ves venir y Mauricio Rodríguez Mireles nunca imaginó que la vida le fuera a dar un puñetazo tan fuerte como el de pasar más de 20 años en prisión, cinco de ellos en extrema seguridad, por mantener su palabra de hombre.

Como el personaje del filme “Nido de Ratas’’ protagonizado por Marlon Brando sobre la vida de un pugilista que echó su carrera por la borda, Rodríguez pudo haber sido alguien en el ring, pero eligió un camino que le llevó a “convivir con el peligro cada día y a ver los cadáveres pasar, porque todos los días muere alguien en la penitenciaría y nadie se entera’’.

Después de cumplir una condena de 22 años —ni un día más ni uno menos de los fijados en su sentencia—, Rodríguez ha vuelto a ser un hombre libre desde febrero, aunque ha descubierto que esa libertad viene con la marca de ser un ex convicto al que nadie le ofrece trabajo y al que todo el mundo mira por encima del hombro.

Rodríguez no se queja, pero la historia ha sido muy distinta a la que tenía en mente desde aquel día de mayo de 1980, cuando se presentó a las autoridades cubanas alegando que era un homosexual con todas las de la ley para que lo montaran en un barco rumbo a Miami.

“Yo nunca he soportado la opresión y por eso cuando me enteré de lo de la Embajada del Perú fui para allá, pero ya era demasiado tarde. La habían cerrado’’, recordó Rodríguez. “Luego me dijeron que estaban dejando salir a los criminales, los locos y los homosexuales. Así que hice mi mejor esfuerzo en parecer un amanerado, lo que me costó un trabajo muy grande. Yo practicaba y practicaba, y no me salía’’.

No podía ser de otra manera, porque después de todo Rodríguez, por entonces de 21 años, había crecido educado en ese código de hombría cubana, entre peleas callejeras en su natal Guanajay y combates amateurs por todo el país, al punto que en cierto momento llegó a integrar la preselección nacional de la isla, con posibilidades de ubicarse entre los mejores de la famosa Escuela cubana de Boxeo.

Así que el macho redomado se tragó su orgullo e intentó pasar por homosexual ante la risa de los miembros de la Seguridad de Estado que no le creían la mentira, hasta que por cansancio lo dejaron montarse en una embarcación rumbo a Miami el 27 de mayo.

“Ese fue un día inolvidable, pues por un lado me sentía feliz de escapar, pero por el otro dejaba todo mi mundo atrás, mi familia, mi carrera’’, apuntó Rodríguez. “Llegamos de noche a Cayo Hueso. Allí me tuvieron 45 días en un refugio provisional y luego me enviaron para Pennsylvania antes de recalar de manera definitiva en Tampa. Allí, finalmente, pude comenzar a boxear y pensé que lo peor había terminado’’.

Por aquellos tiempos los deportistas de nivel no escapaban como hoy y de la llamada “Generación de Boxeadores del Mariel’’ ninguno llego a un título del mundo, ni siquiera a un alto reconocimiento. El negocio de los encordados era difícil, dominado por intereses turbios y la época tampoco ayudaba.

Como amateur, Rodríguez ganó los Guantes de Oro de la Florida y en abril del 81 debutó como profesional al derrotar por nocaut a James Averitt en la primera de sus 36 victorias y el primer de sus 14 KO, con tres derrotas.

De pronto, el nombre de Rodríguez comenzaba a notar, especialmente tras ganar un título continental que le acercaba de alguna forma a un choque contra el legendario guerrero mexicano Julio César Chávez Jr o el campeón Ray “Boom Boom’’ Manzini.

El cubano, sin embargo, se desesperaba por lo poco que ganaba en sus enfrentamientos y la certeza de que esa gran pelea por una faja del mundo nunca se concretaría, por eso comenzó a alejarse de los cuadriláteros y a poner su atención en otra cosa.

“¿Quién sabe lo que hubiese sucedido si Mauricio hubiera aguantado un poco más, porque tenía talento para alcanzar algunas cosas?’’, rememoró Luis De Cubas, quien fuera su promotor por esos tiempos. “Cuando él se enfocaba se convertía en un gran púgil, pero a veces uno se daba cuenta que su mente estaba en otra parte’’.

Es a fines de los 80 que Rodríguez entra en contacto con el mundo de la droga y cuando recibió el primer pago por sus servicios ya no miró atrás. El dinero entraba a borbotones y de manera fácil.

La mayoría de las veces, Rodríguez era el intermediario entre quienes traían la marihuana de Colombia y México y los que la recibían de sus manos en la Florida para distribuirla en todos los Estados Unidos.

“Pensé que era la vía más corta hacia lograr mi sueño de montar un gimnasio y vivir de entrenador’’, explicó Rodríguez. “En aquellos tiempos había tanta gente pegada a la droga y era tanto el dinero que corría. Yo estaba solo, sin familia. Era un joven que pensaba que nunca iba a ser sorprendido’’.

Todo cambió a principios de los 90, cuando el gobierno comenzó a darle batidas a la droga y a Rodríguez le interceptaron una llamada especificando un punto de entrega, donde él tomaría el cargamento y lo entregaría a otras personas.

“La DEA me tomó preso en 1992, me mostró la grabación y ahí se derrumbó todo’’, reveló Rodríguez. “Ellos me pidieron que colaborara, que entregara todos los nombres a cambio de una prisión reducida de cinco años. Yo les dije que no, que era un hombre y no delataría a nadie. En este país, si no cooperas, cumples. Y yo cumplí hasta el último día por no convertirme en chivato’’.

Luego vinieron las prisiones, algunas bastantes leves, otras de máxima seguridad con aislación total y una única hora al día de luz, jornada de estar en guardia todo el tiempo y otras de peleas con cuchillos, hasta que las bandas –afroamericanos, blancos neonazis, mexicanos, de todo tipo- supieron que Rodríguez era un hombre al que era mejor dejarlo solo, a su aire.

En varias ocasiones el gobierno volvió a insistir, a tentarlo para que inculpara a otros, pero Rodríguez no abrió la boca, a pesar de esos otros —que nunca le tendieron una mano en la cárcel— siguen su vida ahora mismo como personas normales, seguros de que el boxeador nunca traicionará el voto de silencio.

“Si no los delaté antes, no lo voy a hacer ahora que tengo 56 años’’, recalcó Rodríguez. “Ya me desgracié yo, así que no vale la pena desgraciar otra familia. Ellos también son padres, hijos, tienen responsabilidades. Con uno que pague la culpa basta’’.

Desde que saliera en libertad a principios de este año, la vida no ha sido fácil para Rodríguez. A donde quiera que va lleva un número, el 03072018, que lo identifica como un ex convicto y ante el cual los empleadores se repliegan como si se tratara de un estigma.

Solo es ahora que De Cubas le está proporcionando trabajo como entrenador, porque Rodríguez nunca olvidó como lanzar un golpe o como evitar los del contrario, y mucho más durante esas dos décadas a la sombra de las rejas.

“Como boxeador no pude llegar a nada, veremos si como entrenador puedo ayudar a la sociedad y enseñarles a los jóvenes que el camino fácil no existe’’, agregó Rodríguez, quien vive en Miami con un amigo de Cuba. “Me arrepiento de muchas cosas que hice y si pudiera dar marcha atrás cambiaría el guión de mi vida, pero nunca me arrepentiré de haber pagado un precio alto por mi silencio. A mí nadie me puede señalar con el dedo y acusarme de otra cosa que no sean mis propios errores’’.

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