El final de Bonds en Miami: un aristócrata del bateo en medio de un forcejeo de poderes
Los periodistas en la mínima sala de prensa se miraban unos a otros. Nadie esperaba el candor de las palabras de Don Mattingly sobre Barry Bonds, a quien llamó por esos días de abril "un proyecto en desarrollo'', no sin antes dejar caer una perla: "Frankie es el que hace el trabajo duro''.
Frankie no era otro que Frank Menechino, el hombre que había dado un paso al costado y a la sombra para que Bonds ocupase su puesto de coach de bateo principal. La sombra puede ser mala para el ego, pero a veces buena en el deseo de supervivencia.
¿Qué habría querido decir Mattingly con eso de que Frankie hace el trabajo duro? Básicamente, Menechino llevaba las hojas de estadísticas, los conteos de swines afortunados y fallidos, lanzaba las prácticas de bateo. Realizaba el trabajo "sucio'' del día a día, envuelto en el tedio y la oscuridad.
Bonds, por su parte, se ocupa de la filosofía ofensiva, de la selección visual y la batalla no siempre visible entre la mente del hombre con el madero en la mano y el que oculta la otra en el guante. Menechino picaba la piedra. Bonds la cincelaba.
Quizá era un proceso lógico. Después de todo, uno era el Rey del Jonrón y, a pesar de sus roces con el dopaje, un jugador con un talento divino para discernir los lanzamientos en la zona de los descartables, un mecanismo de relojería suizo en la caja; el otro un pedestre bateador de .240 en sus olvidables años en Grandes Ligas.
"Vemos que Frankie hace la mayor parte del trabajo preparatorio'', explicaba Mattingly. "Barry está adaptándose a la rutina. La parte fea del coach es la preparación, ver los videos, estudiar en el avión. En esa parte, todavía Barry es un proyecto en desarrollo''.
En otras palabras, Mattingly quería que Bonds bajara al mundanal ruido de los entrenamientos, que se ocupara del detalle y se arremangara el jersey en vez de filosofar sobre teorías y mecánicas en proyectos que, si en algún momento fueron prometedores, luego se fueron desinflando.
Al manager le exasperaba la poca capacidad de su equipo para hacer ajustes, la escasa oportunidad con hombres en posición anotadora y el retroceso de figuras, como Marcell Ozuna, que fueron de más a menos en momentos críticos de la temporada.
Y así, los dubitativos días de abril dieron paso a un agosto de pérdida de fe y un septiembre donde la raya quedaba trazada en la arcilla del parque de La Pequeña Habana, traducida en una frase: o Barry, o yo.
Ojo. No pasar por alto que Bonds llegó a los Marlins por un pedido personal y a insistencia del propietario Jeffrey Loria y ahora se va, según varios reportes, a pedido personal del manager, ese que muchos consideraron en el día de su contratación un pelele más, movido a merced de los hilos del hombre fuerte del club.
Pero Mattingly no hubiera tomado esta decisión sin percibir que Giancarlo Stanton también le había dado la espalda a Bonds, tal vez compelido por su monumental letargo; que Christian Yelich parecía no necesitar de la leyenda para escribir, aún con letra menuda, su propia historia.
Posiblemente, Bonds hizo su tarea de la mejor manera que pudo y nadie puede decir que se comportó con altanería, ni que negó un consejo o una entrevista. En no pocas ocasiones él mismo revisó su actitud malsana del pasado contra sus compañeros de equipo, los aficionados y la prensa, con alguna autocrítica sincera.
No fue suficiente. Loria, por esta vez, ha complacido a su piloto, quien puede darse a la tarea de continuar el proceso de moldear a los Marlins a su imagen y semejanza, pero dentro de los límites financiero que le sitúen. Veremos si un Menechino salido de las sombras puede traer un poco de luz a la ofensiva.
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Esta historia fue publicada originalmente el 3 de octubre de 2016, 11:26 p. m. with the headline "El final de Bonds en Miami: un aristócrata del bateo en medio de un forcejeo de poderes."