Béisbol

Solo la Misericordia detiene la mayor humillación de la pelota cubana

CARLOS MARTI habla con su equipo durante el cuarto episodio de la derrota ante Holanda el 15 de marzo en Tokyo.
CARLOS MARTI habla con su equipo durante el cuarto episodio de la derrota ante Holanda el 15 de marzo en Tokyo. AP

Dentro de la larga noche que vive la pelota cubana, habría que buscar bien profundo para encontrar una oscuridad mayor que la de esta madrugada, donde solo una Ley de la Misericordia evitó una humillación más marcada. El béisbol cubano, señoras y señores, ha tocado fondo.

Ley de la Misericordia. Eufemismo que esconde eso que en las confortables tardes de sóftbol se suele llamar la ley del nocaut, que así está mejor y refleja de manera clara el enorme golpe recibido en siete entradas por la isla en su derrota 14-1 en Japón a manos de una Holanda que avanza a la siguiente ronda del Clásico Mundial.

Ya sé. Estos súbditos caribeños de la corona de los Países Bajos son muy, mucho, tremendamente superiores a los de la mayor de las Antillas. Sé, igualmente, que Cuba cumplió su meta de sobrevivir a la primera ronda. ¿Pero es que acaso no se trata de ir por más por la vida? ¿La conformidad resulta tan estrecha? ¿Se acabaron los sueños y las heroicidades ante la rancia realidad?

No vale la pena hacer una crónica tan pedestre sobre un partido tan infame. Quien ha vivido el descenso de la pelota cubana en las últimas décadas debe sentir una gran pena por el descalabro en lo colectivo. Vendrán algunos a decirme con razón de la hemorragia de talento, de las dificultades materiales, a lo que habría que sumar la incompetencia de los dirigentes que han presidido un período absurdo. El peor de todos.

Que esta es una selección C. Quizá. Pero ni una selección C comete los errores de la dirigida -recuerdan los felices tiempos donde Víctor Mesa era el culpable de todo- por Carlos Martí, ni muestra la falta de fundamentos y mucho menos la apatía que a ratos, no siempre, enseñaba esta agrupación de seres humanos que no merece llamarse equipo.

Caramba, hasta Israel, esa banda de judíos americanos que se conocieron dos semanas antes del Clásico mostró más alegría a la hora de salir al terreno. ¿Dónde quedó el joseo -ese término cubanizado del Hustle americano- y la guapería? Quedó enterrado bajo la presión de los abanderamientos y las falsas solemnidades, quedó apisonada por el convencimiento íntimo de que el talento no alcanzaba, no lo había y se iba al cadalso erigido en el Tokyo Dome.

Pero si vas a morir, muere de otra manera. El elogiable esfuerzo de horas antes frente a Japón, desapareció desde que se diera la voz de Play Ball y los tulipanes comenzaran a echar flores en la tumba del equipo cubano, mientras se sucedía la comedia de errores, los desmanes mentales, el aquelarre de brujas que habrá de acompañarlos de regreso a La Habana.

¿Hablamos de la abrumadora ofensiva holandesa? ¿De las pifias cubanas, del pitcheo inocente y encartonado? El veneno está sobre la mesa para elegir. En ningún caso habrá renacimiento. No ahora, no en el futuro próximo. No hasta que otros quieran y se tomen decisiones aplazadas hasta dentro de cuatro años. Y no me vengan con tonterías de que los "muchachos combatieron, se batieron en buena lid y por el amor de los millones de cubanos''. Nada de eso, señor mío. A guardar las palmaditas para otra ocasión. Menos discursos y más béisbol.

No queda más, entonces, que a esperar dentro de cuatro años a ver si finalmente se logra el equipo de los mejores con los mejores y sin los mediocres, sin geografía ni política, sin libertades falsas ni pronunciamientos palaciegos. Porque este Clásico del 2017 debe servir de recuerdo de algo que jamás debiera ocurrir en el futuro. Ley de la Misericordia, ¿no? Tremendo nocaut y terrible humillación. Eso es lo que es.

 

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de marzo de 2017, 1:47 a. m. with the headline "Solo la Misericordia detiene la mayor humillación de la pelota cubana."

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