Béisbol

De Andy a Yohandy, el apellido Morales y el karma de las Grandes Ligas

ANDY MORALES con su hijo Yohandy en el Tamiami Park el martes 13 de agosto del 2018.
ANDY MORALES con su hijo Yohandy en el Tamiami Park el martes 13 de agosto del 2018.

Andy Morales es un creyente en el karma. De alguna manera, el que fuera uno de los peloteros más conocidos de su generación en Cuba contempla en su hijo no solo un futuro luminoso en el béisbol sino también la expiación de una especie de pena que a veces le duele: la de no llegar a Grandes Ligas.

Lo que el padre no pudo alcanzar parece estar más cerca de Yohandy Morales, quien a los 17 años es uno de los mejores peloteros de su camada.

“Mi primera experiencia con el equipo nacional fue a los 11 años, cuando fuimos campeones en una Copa Mundial en China”, expresó Yohandy, quien sigue el molde de Derek Jeter. “Siento mi desarrollo como pelotero, mi crecimiento dentro y fuera del terreno, pero nada de esto lo habría logrado sin mi padre”.

Fue a los seis años que Yohandy le pidió a su padre que lo llevara a los terrenos del Tamiami Park para comenzar su aventura en el béisbol, pero Andy quería que todo fluyera de manera natural, pues no quería ser uno de esos padres obsesivos que lo apuestan a todo al estrellato de sus hijos en las Mayores.

Andy Morales se dijo a sí mismo que el muchacho llegaría tan lejos como le permitiera su talento, pero estaba comprometido con algo muy personal: jamás permitiría que cometiera los errores que a él le costaron la experiencia única de jugar con los Yankees de Nueva York.

Actualmente en preuniversitario, Yohandy nunca dejó de contemplar las viejas fotos de aquellos días en que su padre era un brillante tercera base de los equipos Habana en la década de los 90.

Y entra todas sigue llamando la atención aquella en la que el padre corre las bases con los brazos tras pegar un jonrón de tres carreras en un partido de exhibición celebrado en 1999 contra los Orioles de Baltimore. El gran momento, el instante inolvidable de Andy Morales.

Esa imagen fue su mejor pasaporte para que los Yankees de Nueva York le ofrecieran en marzo del 2001 un contrato por $4.5 millones y cuatro años.

Morales, que había sido detenido y retornado a Cuba en su primer intento de fuga, finalmente pudo llegar a Estados Unidos en julio del 2000. Los Yankees lo estaban esperando con las manos abiertas y esperaban que fuera el sucesor de Scott Brosius.


“Ese momento nunca lo podré olvidar, y es lo más grande que me ha pasado en lo deportivo”, reconoció Andy Morales. “Parecía el inicio de algo muy grande, pero no fue así. Y no voy a justificar nada. Sencillamente, no trabajé lo suficientemente fuerte para imponerme, no tuve el tesón, la paciencia, la entrega. No tomé en serio a las Grandes Ligas y eso al final me costó caro”.

La relación entre Morales y los mulos vendría a menos en parte por su pobre desempeño en Ligas Menores -bateó para .231 con el Norwitch de Doble A con un jonrón y 14 impulsadas en 160 turnos, en parte porque fue perdiendo el norte de sus propósitos.

Morales fue dando tumbos, y de un equipo en la Liga Independiente en la Costa Oeste -los Crushers de Sonoma- pasó al Trenton de Doble A, en la organización de los Medias Rojas de Boston. Cambió de escenario y jugó con los Cañeros de los Mochis en la liga profesional de invierno en México. Y en el 2004 hizo su último intento para llegar a las Mayores al firmar un pacto de Liga Menor con los Padres.


Su sueño es que Yohandy, que trae a los scout de cabeza por sus herramientas -especialmente su poder- y madurez, siga un camino más recto hacia el éxito. El chico impresiona por su físico y la solidez de su juego desde todo punto de vista. Recientemente, en un torneo de estrellas de preuniversitario, sacó una bola del Wrigley Field en Chicago y todavía allá hablan de ese batazo.

“Mi padre siempre conversa conmigo, siempre me recuerda de lo bueno y lo malo que te puede pasar en este juego”, apuntó Yohandy. “El no quiere que dé un paso en falso y me recuerda que el camino al éxito está lleno de esfuerzos y sacrificios. Que la ética de trabajo es imprescindible para ganarse el respeto de todos. Si la vida me premia con llegar a las Mayores, será como si mi padre también lo hubiera hecho”..

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