Béisbol

La leyenda del Samurái vivió entre nosotros y nunca supimos darle el merecido valor

El jardinero de los Marineros Ichiro Suzuki saluda al público en el Tokio Dome, Japón, en su despedida como jugador de Grandes Ligas, el 21 de marzo de 2019.
El jardinero de los Marineros Ichiro Suzuki saluda al público en el Tokio Dome, Japón, en su despedida como jugador de Grandes Ligas, el 21 de marzo de 2019. Foto: AP

Ichiro Suzuki no besaba sus bates, pero los cuidaba como nadie. Los llevaba en una maleta especial, con unos sostenes ajustados para que los maderos viajasen confortablemente, sin quebrarse. Decían que hablaba con ellos, que pasaba horas contemplándolos.

Con Suzuki nunca sabremos dónde terminaba el mito y empezaba la realidad. Ya sea que lo hicieron para ganar notoriedad o por necesidad, los Marlins se beneficiaron, o cabría decir, fueron bendecidos con la presencia de la leyenda viva del Lejano Oriente.

Parece mentira ahora, pero Suzuki hizo de Miami su casa durante tres temporadas (2015-17) y dejó a los peces con un regalo invaluable: el haber pegado su hit número 3,000 con el uniforme de esta franquicia. Eso no tiene precio, aunque la gente no lo haya entendido así en su momento.

A la gente de acá parecía no importarle el hecho, a juzgar por las escasas asistencias al estadio. ¿Imaginan si esa marca la hubiera logrado en Nueva York, Boston o Seattle?

Cuando llegó a los Marlins, todavía José Fernández exhibía su sonrisa de sol, Giancarlo Stanton despachaba jonrones a granel y Christian Yelich hacía germinar su promesa. Suzuki era visto como una especie de maestro, de reliquia útil y ejemplo de ética de trabajo.

Iba y venía por el clubhouse ajeno a todo y a todos, sus ojos siempre ocultos tras gafas oscuras y vestido como si estuviera listo para irse a Miami Beach: camisa de mangas cortas y short. Un contraste entre el rostro impasible y la vestimenta ligera.

Pero debajo de esa seriedad hermética se paseaba un bromista redomado, como bien pueden atestiguar algunos de los que compartieron con él en esos tiempos, sobre todo Justin Bour, víctima de sus chistes acerca del sobrepeso y del poder.

“Cuando le di a la pelota, me asaltó el espíritu de Bour’’, comentó Suzuki al final de un juego en que conectó un largo cuadrangular. “Después me di cuenta que era yo mismo’’.

Cada día, la práctica comenzaba sobre las 4 p.m., pero hacía rato que Suzuki se encontraba en su propio régimen de entrenamiento, con unos aparatos especiales –de forma cilíndrica- que le daban calor en las piernas y estiraban sus músculos.


Al principio los otros peloteros y la prensa miraba aquel espectáculo con extrañeza, pero luego la novedad fue dando paso a la costumbre. Era Suzuki siendo Suzuki, entregado al máximo para sacarle a su cuerpo hasta la última gota de energía más allá de los 40 años.

Ya no era el mismo. Ya no era aquel que asaltó las Grandes Ligas como una tromba, aquel de esas primeras 10 temporadas con 200 o más imparables, el ganador constante de Guantes de Oro, el robador de bases. No, ya no era la estrella que venía de ser estrella en Japón.

A pesar del tiempo, su brazo conservaba la potencia de los primeros días. Dentro del grupo de jardineros jóvenes de Miami, solo Stanton lo superaba en fortaleza en el tiro. Nunca se lesionaba. Un verdadero prodigio, como las Pirámides o esos templos milenarios. Die pie contra el tiempo y el viento.


Tal vez ya no era la estrella. Pero es mejor ser leyenda que estrella. Suzuki había entrado en esa categoría de mito, donde las historias reales se desdibujan en las fabulaciones. Con él existía un respeto especial. Para una entrevista se le pedía primero permiso a su traductor, y este le transmitía el deseo al jugador. Siempre se tomaba un tiempo, pero nunca dijo que no.

Y ahora llegó el momento del adiós definitivo. Lo hizo este miércoles en el Tokio Dome, delante de los suyos. Ahora el mito crecerá entre las verdades y los añadidos. Que suerte de haberlo tenido entre nosotros, que triste que no supimos valorarlo como era debido.

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