Miami no va al estadio, pero el Día Inaugural siempre fue un pacto de esperanza
El Día Inaugural de las Grandes Ligas es como un 4 de Julio de los deportes. Ese primer día de la temporada suena a renacimiento y promesa de algo nuevo, incluso para equipos como los Marlins alejados de la élite, casi siempre en renovación e intermitencia.
Ahora no vamos a ser hipócritas cuando la asistencia al estadio de La Pequeña Habana es de las peores en las Mayores y no de ahora ni de ayer. Desde hace mucho tiempo las aglomeraciones humanas no se ven por allí, con excepciones como la del último Clásico Mundial.
Pero el béisbol hace falta en Miami como en cada una de las 30 ciudades que ostentan un club de la mejor pelota del mundo. Resulta parte del tejido de la nación, de lo que han sido y son millones de fanáticos en todo el mundo. En su estado puro, no hay nada como este deporte.
Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Este Día Inaugural que se asoma de manera virtual con juegos del pasado nos recuerda que nada se debe ser por sentado. La garantía absoluta sale saltando por los aires en tiempo del coronavirus.
Ir al estadio era un opción de unos pocos miles, contemplar los juegos por televisión -los ratings se mostraban robustos- de decenas de miles, saber que el béisbol estaba ahí, para cuando decidiéramos asomarnos, cuando nos diera la gana, aparecía como una verdad absoluta al igual que los impuestos y la muerte.
Echo de menos mi puesto en el palco de prensa, el trajín de ir de un clubhouse a otro en busca de entrevistas, la reunión diaria generalmente pálida con el manager, el verde de la grama y la oscuridad de la arcilla, hasta el espantoso reguetón que vocea el sistema de audio durante los entrenamientos de los peloteros.
Extraño el sonido de la pelota castigada por el bate, del guante que se estira en su piel para hacer una captura, del Himno Nacional a veces cantado con maestría y a veces más castigado que la pelota por el bate, la voz de Play Ball a las 7:10 p.m. -ni un minuto más ni uno menos- con exactitud de relojería suiza, con puntualidad de tren berlinés.
Quisiera ahora, en este día, tener de frente al presidente de club, Mike Hill, diciéndome que “vamos a competir’’, aunque sepa que no es cierto; al legendario Derek Jeter hablando de la paciencia, cuando esta ya se agotó y lo que queda es pura resignación y esperanza lejana.
Algún día los Marlins serán mejores que lo que son. Pero el béisbol siempre será un amor, una pasión, una remontada a la infancia, a otro tiempo más simple. Habría dado cualquier cosa para cubrir el partido que la epidemia nos escamoteó hoy.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de marzo de 2020, 11:12 a. m..