Béisbol

Del lobo un pelo, mejor algo que nada. ¿Hay algo para celebrar en una temporada de 60 juegos?

Hay gente celebrando esto. Hay quien lanza fuegos artificiales y grita “tenemos temporada’’ como si realmente tuviéramos temporada y se conforma con aquello que del lobo un pelo, que mejor algo que nada, mientras se agita la escuálida cifra de 60 juegos de la misma manera en que se festeja un número ganador de la lotería.

Son los menos. Son minoría. La otra parte se divide en dos: un grupo que contempla irritado este acuerdo a empujones, alcanzado por que viene en el libro y no por el arte del compromiso y la negociación; al otro grupo ya le da lo mismo. 60,30, 20...lo mismo. Cansados de todo y de todos, se refugian en sí mismos y encogen los hombros cuando se les trae la noticia.

El plan contempla una segunda primavera que comenzaría el 1ro de julio y esa contienda menudo un poco más adelante, dicen que para el 24, más unos playoffs que difícilmente captarán el ojo de la nación. Los jugadores siempre dijeron “cuándo y dónde’’ para mostrar su deseo de salir al terreno, pero siento que la motivación no será la misma por mucho que traten de ocultarlo.

Durante meses y con el coronavirus de fondo, propietarios de clubes y peloteros se atrincheraron, cada cual con sus razones de peso, en posiciones de fuerza, de no ceder un terreno que ya venía minado. Que si el salario prorrateado, que si la ausencia de aficionados, que si el protocolo sanitario, que si esto, que si aquello. Siempre había algo que alejaba en vez de acercar, que hundía en vez de elevar.

Lo peor es que se negoció de manera pública y se vieron las costuras. El propósito, pareciera, era hacer ver al otro como el villano de la película. Estamos hablando de dos grupos blindados con tremendos equipos de abogados. ¿Cómo esos hombres de cuello y corbata dejaron que se llegara a una situación de camisa quitada y mangas revueltas?

Al final se vuelve al punto cero de marzo. El tiempo perdido y las escaramuzas verbales quedan ahí como muestra de la insensatez, del peligro de la irrelevancia para un deporte bello, que era el alma de esta nación y que hoy vive confinado en ciertos bolsones geográficos, sin una expansión real.

En una nota más positiva, ese tiempo y esos salvos de palabra también deberían servir como factor aleccionador para la batalla que vendría en el 2021, cuando los mismos actores -propietarios y jugadores- deben negociar el nuevo acuerdo laboral que habrá de garantizar la paz en los tiempos futuros.

“Es una muerte absoluta para esta industria continuar actuando de la manera en que lo hemos hecho’’, comentó el lanzador de Cincinnati, Trevor Bauer, uno de los críticos más acérrimos de Grandes Ligas en este proceso. “Estamos manejando el autobus directo al precipicio. ¿Como puede ser bueno esto para todos los involucrados? El COVID-19 presentaba una situación perdedora, perdedora, perdedora, y de alguna manera encontramos la forma de empeorarla. Increíble’’.

Mejor descripción que esto no puede encontrarse: “muerte’’, “precipicio’’, “increíble’’. Hay mucho más en juego por estos días que un salario prorrateado o los ingresos de los equipos. Lo que está en disputa es el alma misma del béisbol y casi su supervivencia. Existe un malestar a todos los niveles con la cancelación de sucursales de Ligas Menores, con el Draft recortado, con un mercado internacional lleno de irregularidades. Los tiempos son convulsos dentro y fuera del terreno.

¿Hay motivo para la celebración? Quizá. Pero esto de que algo es mejor que nada suena a consuelo hueco, aquello de que del lobo un pelo recuerda que el lobo de la incomprensión mutua puede devorar el béisbol. La celebración mía es atemperada, en extremo tenue, casi silenciosa.

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de junio de 2020, 7:13 a. m..

Jorge Ebro
el Nuevo Herald
Jorge Ebro es un destacado periodista con más de 30 años de experiencia reportando de Deportes. Amante del béisbol y enamorado perdido del boxeo.
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