Coleccionista venezolano hace crecer su mini Cooperstown en Miami
Tanto creció la colección de Oscar Valbuena Mier que un día su esposa le dijo medio en broma y serio que lo mejor sería irse de la casa y dejarla para el tesoro que este venezolano ha concentrado en mucho tiempo de búsqueda y pasión. El considera que en los últimos tres años debe haber crecido un 30 por ciento de lo abultada que ya era.
Desde que echara mano a su primera pieza, una pelota firmada por Nolan Ryan, este empresario de Miami y pelotero frustrado no ha dejado de acumular objetos y recuerdos deportivos, que hablan de momentos, récords, pero también de las personas que los lograron, el ser humano detrás del número.
“El amor de un coleccionista por su colección nunca muere’’, confesó Valbuena. “Es algo que sigue ganando valor monetario y sentimental. Además de ser un legado para mis hijos. Quisiera que ellos se acordaran de mí cuando vean un objeto de valor cercano a mi colección’’.
Nacido en Maracaibo en 1971, no sabía que con esa pelota de Ryan estaba recibiendo el virus de la colección, algo que como un batazo a los jardines, lo picó y se extendió a lo profundo de su alma.
A partir de ese hecho, primero sin una idea determinada y luego con un sentido vital de lo que estaba haciendo, Valbuena se dio a la tarea de sumar piezas de distinto precio y trascendencia hasta conformar en la actualidad una colección que sobrepasa 2,000 elementos –solamente 1,000 pelotas firmadas, 250 gorras, 200 jerseys de béisbol- y piezas de boxeo, básquetbol y fútbol– y cuyo valor es difícil de cuantificar, pero que despierta admiración.
Tan respetada es su colección que está asegurada por Lloyds, una prestigiosa compañía de Londres que le exige ciertos requisitos de seguridad para poder mantener el tesoro en su casa del Doral y no en un banco, que es lo común.
“Aquí no se trata de acumular por acumular, sino de seguir un hilo histórico y personal’’, asegura Valbuena, quien reside en Miami hace 25 años. “No hay nada como ese sentimiento de encontrar y poseer una pieza que era esquiva, que se te negó varias veces, como una mujer que te rechaza y que finalmente se rinde a tus pies’’.
Cada pieza trae su historia y Valbuena la sabe y la repite, porque es parte del ritual a la hora de mostrar lo que se tiene: puede ser una firma única de Joe “Shoeless’’ Jackson, miembro de las controversiales Medias Blancas –o Negras- de Chicago que vendieron la Serie Mundial de 1919.
Jackson era analfabeto y firmaba pelotas de acuerdo al nombre que su esposa le había anotado en la visera de la gorra. Es decir, copiaba un garabato sin conocer la concatenación de letras.
O puede ser su gestión personal para lograr una pelota de firma única de Roberto Clemente, quien por su personalidad tímida no se involucraba mucho en ese aspecto del béisbol, además de morir joven y de manera trágica.
“Firmas de Clemente con todo el equipo hay varias, pero pelotas con firma única hay poquísimas en el mundo’’, explica Valbuena. “Por eso cuando me dijeron que había una en subasta en Tempe, Arizona, no lo pensé dos veces y tomé un avión para participar en ella. Me costó $13,000, pero me salió barata. Una firma de Clemente no tiene precio’’.
Un dato que no es pequeño en el mundo de los coleccionistas: la bola adquirida por Valbuena es de los tiempos de novato de Clemente, cuando firmaba su nombre de manera corrida, pues al final de su carrera escribía Roberto arriba y Clemente abajo.
Como tampoco vale lo mismo una bola firmada por Derek Jeter que por Derek Sanderson Jeter; o la que lleva como divisa Ted Williams, que otra con los trazos de Ted Samuel Williams…
“Una pelota con nombre completo, algo que casi nunca legan los peloteros, tampoco tiene precio’’, revela el venezolano. “Cada pieza tiene una historia detrás, pero creo que la que más atesoro es una pelota firmada por Lou Gehrig’.
A veces como en el caso de Clemente, Valbuena se vale de su gestión personal; en otras acude a especialistas que son los encargados de darle vida a este mercado vasto y complicado de las memorias y los recuerdos deportivos.
A pesar de lo grande de su colección, Valbuena siente que todavía no ha terminado y habla de su obsesión de objetos de los legendarios Christy Mathewson, Cy Young –de quien posee piezas invaluables- y de ese enigma que responde al nombre de Martín Dihigo, el pelotero cubano y tal vez el mejor de todos los tiempos que jamás jugó en Grandes Ligas.
“Mi colección es un punto de encuentro entre el amor por la historia y la pasión por el béisbol y el deporte en general’’ ratifica Valbuena. “Mi colección también es una alcancía, es una inversión, un patrimonio para mis hijos. Que sientan con orgullo cuando les digan que su padre fue un gran coleccionista’’.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de julio de 2020, 9:21 a. m..