Dos jonrones de Stowers no evitan que los Marlins aparezcan en el sótano de su división
Desde aquel lejano primer encuentro entre los Marlins y los Bravos, el guion apenas ha sufrido tachaduras: Atlanta suele salir con la sonrisa y Miami con la mirada perdida en el dugout, tratando de descifrar un enigma que ya dura décadas.
Han cambiado los nombres, los estadios y las gerencias, pero el desenlace frente al club de Georgia mantiene esa inercia casi inevitable.
Lo ocurrido este jueves en la Pequeña Habana fue un recordatorio más de esa jerarquía que parece inamovible. Los Bravos asestaron un golpe de autoridad con pizarra de 9-3 para amarrar la serie 3-1, confirmando que hoy por hoy son el dueño absoluto de este pulso.
Fue un ataque sostenido, una marea de batazos que castigó cada resquicio del pitcheo local y que nunca permitió que Miami tomara aire en su propia casa.
Y en el centro de esa tormenta, la imagen que más duele: las dudas de Sandy Alcántara.
“Unas cuantas bolas que se quedan altas y todo cambia’’, comentó Alcántara.
“Las cosas no están saliendo como uno quiere, pero no podemos bajar la cabeza. Tenemos que regresar al estado con optimismo y con la fe de que todo va a mejorar. Ese fue un gran equipo y no por gusto tiene el lugar que tiene’’.
El dominicano, aquel coloso que no hace mucho dominó las Mayores con su Cy Young, volvió a mostrar un rostro vulnerable.
Su salida estuvo marcada por la inconsistencia, permitiendo seis anotaciones y nueve cohetes en seis tramos, con los vuelacercas de Michael Harris II y Mike Yastrzemski como heridas profundas.
Cada capítulo se sentía como un ejercicio de supervivencia que terminó rompiéndose ante el empuje de Atlanta.
El castigo comenzó temprano. Harris mandó a viajar la pelota 418 pies en el acto inicial, remolcando a Ronald Acuña Jr., y poco después Yastrzemski puso más tierra de por medio.
La maquinaria ofensiva de los Bravos no bajó el ritmo, jugando con la confianza de quien se sabe superior en el terreno.
Al final, la visita acumuló 13 imparables y tres batazos de vuelta completa. Acuña y Harris se combinaron para producir cinco carreras, mientras que Mauricio Dubón salió del banco para poner el sello final a una tarde donde la remontada nunca dejó de ser un sueño lejano.
Por el lado de los peces, la ofensiva volvió a ser una sombra intermitente, logrando apenas cinco indiscutibles y fallando en los momentos de presión.
Sin embargo, entre tanta grisura, hubo un destello que merece atención: Kyle Stowers.
El jardinero descargó dos jonrones solitarios y se erigió como la única nota alta en el lineup de Miami.
Sus conexiones llevaron esa mezcla de violencia y precisión que la directiva esperaba ver cuando apostaron por él. Fue, quizás, el reencuentro con ese pelotero proyectado que tanto ha tardado en aparecer de forma constante.
Su primer estacazo aterrizó en el bosque derecho-central durante el cuarto episodio; el segundo volvió a encender los ánimos en la grada en el séptimo.
En una jornada de dominio ajeno, Stowers recordó que hay piezas en desarrollo que aún pelean contra el pesimismo general.
Incluso el prospecto Owen Caissie se sumó a la fiesta de jonrones, aunque su batazo terminó siendo un simple adorno estadístico ante la abrumadora diferencia impuesta por los visitantes.
Así las cosas, los Marlins (22-29) se encuentran ahora en el sótano de la División Este de la Liga Nacional, pero el mánager Clayton McCullouhg no siente que sean necesarios cambios profundos, sino mantener el rumbo en medio de la tempestad hasta encontrar mejores tiempos.
“No, no cambiaría nada’’, indicó el dirigente del conjunto.
“Tenemos que seguir trabajando fuerte y con la misma dirección. Eventualmente, las victorias van a comenzar a llegar’’.
Del otro lado de la loma, Spencer Strider recordó por qué es uno de los brazos más temidos, repartiendo nueve ponches en 6.1 entradas y manteniendo los hilos del choque bajo su mando.
Se cierra así otro capítulo de esta saga. Atlanta se marcha con el botín y la satisfacción del deber cumplido, mientras Miami se queda rumiando otra derrota que, por repetida, no deja de ser preocupante.
Para los Bravos es el pan de cada día; para los Marlins, una pesadilla que se niega a terminar.