Boxeo

Manny Pacquiao se va para siempre del boxeo. Yordenis Ugás fue un instrumento del destino en la puerta del adiós

Nadie te ha dado más en el ring durante las últimas décadas que Manny Pacquiao.

Nunca tu dólar cobró más valor en un Pago Por Ver que en una pelea de Manny Pacquiao. Con toda seguridad, nunca corriste a ver una pelea con más anticipación que cuando anunciaban a Manny Pacquiao. Ni Floyd Mayweather entonces, ni Saúl “Canelo’’ Alvarez ahora. Solo Manny Pacquiao.

Pacquiao acaba de decir adiós. Adiós al boxeo al que tanto diera y del cual tanto recibiera, a los fanáticos que colmaban las arenas para verlo y pagaban para contemplarlo en la comodidad de sus hogares, a todos aquellos que le ayudaron a llegar a la cima y a todos aquellos a quienes inspiró. Se va como una absoluta y total leyenda.

Todos repiten hasta el cansancio sus logros: campeón en ocho divisiones, campeón en 12 ocasiones, un récord de 62-8-2 con 39 nocauts. Su primera faja la conquistó en el 1998 como mosca y la última en el 2019, cuando a los 40 años superó a Keith Thurman para apoderarse de un cinturón welter.

En el medio quedaron sus guerras, no hay otra palabra para definirlas, contra los tremendos gladiadores mexicanos que definieron su carrera: los Terrible Morales, los Marco Antonio Barrera, los Antonio Margarito, pero sobre todo los Juan Manuel Márquez.

No todo fue color de rosa. Mayweather le superó en un combate largamente demorado y al menos en par de ocasiones le robaron descaradamente, pero siempre supo aceptar la derrota con gracia y humanidad. Quizá solo con Yordenis Ugás afloró un poco su orgullo herido, pero el cubano siempre supo tomar el camino más alto y fue el primero en reconocer su grandeza.

Pacquiao, sin embargo, es mucho más que los números y las fajas. Es, sobre todo, la historia de vida de alguien que supo levantarse de la pobreza extrema, de comer sobras en latones de basura, hasta convertirse en uno de los deportistas mejores pagados de su era, uno de los más reverenciados y respetados.

Cuando se anunció su pelea con Ugás, el 99 por ciento pensaba que el filipino sería el seguro ganador. ¿Cómo no hacerlo? Se había levantado tantas veces de sus cenizas, había desafiado tanto el tiempo, pero el final estaba escrito en la pared. La religión y la política marcaban cada vez más el rumbo de su trayectoria.

En sus últimas peleas se le anunciaba primero como representante Pacquiao, luego como senador Pacquiao y el guerrero, tal vez sin darse cuenta, iban pasando a un segundo plano. El político, de la mano del tiempo y el desgaste, terminó por noquear al campeón. Ugás solo estaba allí, elegido por el destino, para propinar el golpe de gracia a una carrera ejemplar y espectacular.

Cuando Oscar de la Hoya anunció su retiro dijeron que el boxeo iba a morir. Cuando Mayweather se marchó -y no tomamos en cuenta sus exhibiciones-, dijeron que el boxeo iba a morir. Y ahora que Pacquiao se marcha de los cuadriláteros, esa frase vuelve a flotar. Claro que el boxeo no va a morir, pero está herido y el adiós del filipino deja a todos un poco huérfanos.

¿Viviremos nuevamente esas noches inolvidables? ¿Pagaremos un evento de Pago Por Ver con la misma diligencia? ¿Quién será el heredero de Manny Pacquiao? Mejor que el boxeo responda estas preguntas lo antes posible. Su supervivencia dependo mucho de ello.

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de septiembre de 2021, 1:23 a. m..

Jorge Ebro
el Nuevo Herald
Jorge Ebro es un destacado periodista con más de 30 años de experiencia reportando de Deportes. Amante del béisbol y enamorado perdido del boxeo.
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