MMA

Guerrero venezolano: de cargar pianos al octágono de la UFC

El peleador venezolano Alberto Montes recuerda sus tiempos de lucha en Miami, las lesiones, los trabajos duros y su meta de dejar huella en la UFC.
El peleador venezolano Alberto Montes recuerda sus tiempos de lucha en Miami, las lesiones, los trabajos duros y su meta de dejar huella en la UFC.

Hay historias que no caben en una cartelera, que no se resumen en un récord ni en un highlight viral.

Historias que se construyen lejos de las cámaras, en el silencio áspero de los gimnasios y en la fatiga de jornadas que nada tienen que ver con el deporte.

La de Alberto Montes pertenece a ese linaje: el de los que no llegan, sino que resisten hasta convertirse en destino.

En el sur de la Florida, donde tantos sueños aterrizan con más dudas que certezas, Montes llegó con apenas mil dólares y una fe obstinada.

No había promesas, ni contratos, ni atajos. Solo la convicción —esa que no se negocia— de que algún día su nombre estaría entre los elegidos de la UFC.

El resto fue cargar pianos, literalmente, y levantarse después de cada caída invisible.

Hoy, cuando su presente lo ubica en la mayor vitrina de las artes marciales mixtas, el venezolano no habla como quien ha llegado, sino como quien apenas comienza. Porque para él, la meta nunca fue entrar. La meta es dejar una marca.

“Me da nostalgia”, confiesa Montes al recordar aquellos días en los que regresaba de una lesión de rodilla que lo mantuvo más de tres años fuera de acción.

“Vi una entrevista que me hiciste en MMA Masters después de mi regreso… y ahí empezó todo a tomar forma”.

Aquella victoria en circuitos locales fue más que un triunfo: fue el primer hilo de una historia que se negaba a romperse.

Nunca dudó. No de llegar. Nunca de su talento. La incertidumbre era otra: el tiempo, el precio, el camino.

“Lo que no sabía era cuándo iba a pasar ni la cantidad de cosas que tenían que pasar”, admite. Y en esa frase cabe todo: la espera, el desgaste, las noches largas sin garantías. Pero también la certeza de que valía la pena.

“No cambiaría absolutamente nada”.

Montes no es un producto terminado, sino una obra en evolución. En sus inicios, era reconocido como un especialista en el jiu-jitsu, un “monstruo en el piso”, como lo describían en el gimnasio.

Pero entendió que la élite no perdona las carencias. Fue entonces cuando el boxeo entró en su vida de la mano de Jorge Rubio, quien, sin rodeos, le dijo que no sabía nada.

“Ahí hicimos una conexión superlinda”, recuerda.

De ese golpe de realidad nació una de sus principales armas. Hoy, Montes es un peleador completo, uno que combina manos, piernas y grappling con la naturalidad de quien ha tenido que aprenderlo todo desde cero, sin privilegios.

La gente lo reconoce. Especialmente los venezolanos, que ven en él algo más que un atleta. Ven una representación.

“Quiero mostrar un peleador completo… pero también quiero hacer algo grande”, dice. Porque no le basta con estar. Quiere trascender.

Su mirada sobre la división es la de alguien que no teme. Habla de nivel, de competencia, de nombres que le llaman la atención. No esquiva el reto. Lo busca. Aunque, por ahora, se somete a la lógica del negocio.

“Lo que mande UFC… y después empiezo a llamar”.

Pero quizás su mensaje más poderoso no está en el octágono, sino fuera de él. Es un mensaje dirigido a los que empiezan, a los que dudan, a los que no ven resultados inmediatos.

“No te rindas. En algún momento vas a ver que vale la pena”, asegura. Y lo afirma con autoridad, con la legitimidad de quien esperó años para ver frutos.

Porque Montes también fue maestro. Dio clases, formó a otros, trabajó en lo que hiciera falta. No por vocación económica, sino por propósito.

“Me gusta ver gente mejorar, ayudarlos a alcanzar sus sueños”, explica. Quizás porque sabe lo que cuesta sostener uno propio.

Su llegada a Miami no fue épica. Fue dura. Brutalmente real.

“Llegué con $1,000… y al mes ya no tenía dinero”. Entonces vinieron los trabajos: construcción, demolición, mudanzas -y no olvida aquella vez que tuvo que trasladar un pesado piano de una casa a otra-, Uber y una gasolinera.

Días enteros de esfuerzo físico para luego intentar entrenar. O elegir entre comer y seguir.

El episodio del piano resume esa etapa. Subirlo por unas escaleras durante horas, junto a un hombre mayor, no es solo una anécdota: es una metáfora. La vida pesando, empujando, exigiendo. Y él, sin soltarse.

Hoy, con la UFC en su presente, Montes no se permite la complacencia. Sus metas son claras, pero flexibles. Quiere entrar en el Top 15, sí, pero también ha aprendido a no forzar el destino. Las lesiones ya le enseñaron que no todo depende del deseo.

“Solo mantente listo”, se repite.

Sueña con pelear en Nueva York, en el Madison Square Garden.

“Quiero estar allí, donde han estado tantos grandes, como Muhammad Ali”. Sueña también con formar parte de grandes carteleras. Pero, más allá del escenario, lo que define su camino es otra cosa: la persistencia.

Montes es parte de una generación latinoamericana que empieza a reclamar su espacio en la élite de las MMA.

Cree en el talento venezolano, pero también señala la carencia.

“Falta salir y chocar afuera”. Porque el talento, sin exposición, es apenas una promesa.

Su historia, sin embargo, ya no es promesa. Es evidencia. Y en un deporte donde todo se mide en golpes, victorias y derrotas, hay algo que no aparece en las estadísticas: el peso de lo vivido. Ese que Montes carga —y transforma— cada vez que entra al octágono.

Jorge Ebro
el Nuevo Herald
Jorge Ebro es un destacado periodista con más de 30 años de experiencia reportando de Deportes. Amante del béisbol y enamorado perdido del boxeo.
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