Trinidad de Cuba, 500 años de gracia y tradición
La villa de Trinidad es para muchos cubanos una ciudad de ensueño, aunque no la hayan pisado nunca. Pero les ha quedado en la memoria como modelo de asiento colonial y, para los exiliados especialmente, es un recuerdo imaginado de la lejana patria.
Esta noción se debe primordialmente a los trinitarios, y a sus descendientes, que siempre hablan de ella como si fuera mágica e imperecedera, y han creado el rumor de que es incomparable por sus edificios y por sus calles de piedras –llamadas chinas pelonas–, por sus tradiciones y costumbres, definitivamente lo más representativo de la herencia cubana.
También se debe quizás al efecto de la publicidad que se le hizo en los años 1950, cuando ir a la villa de Trinidad, al sur de la provincia de Las Villas, era casi un compromiso patrio. Lydia Cabrera lo destacó en su libro Itinerarios del insomnio: Trinidad de Cuba (1977, Peninsular Printing). Trinidad había sido víctima de abandono y pobreza, pero sin embargo Cabrera escribió una dedicatoria a esta periodista que demostraba lo que se dice arriba: “A Olga, para recordar un poco a nuestra isla perdida, Lydia Cabrera, 25 nov. 1983”. “¿En qué consistía el encanto de Trinidad, por qué nos atraía con tal fuerza?”, escribe Cabrera en este libro. Para después de aludir al paisaje y a su “arquitectura antañona”, decir que “de ese encanto tan especial no es ajena su convivencia con los muertos”, y añadir: “Es una ciudad inmersa, aferrada a su pasado, que nutre de recuerdos la gracia de su soledad y en la que todo perdura”.
Acaba de publicarse otro libro más sobre Trinidad, que considero casi una Biblia de la década de 1950, porque, no solo describe edificios y calles como la mayoría de los libros sobre ciudades, sino que se refiere a la gente que vivía en ella; los productos que allí se fabricaban; las costumbres que se conservaban y, sobre todo, de las personas que se ocupaban de ponerlas en práctica.
‘Hecho a mano en Trinidad de Cuba’
Este libro es la segunda publicación del nuevo sello editorial E&A (Echerri y Asociados). Y se escogió este momento para publicarlo, porque se celebra este año el quinto centenario de la fundación de la villa de la Santísima Trinidad, la tercera establecida por la colonia española a principios de 1514, con la presencia del Adelantado Diego Velásquez, y al principio una de las más prósperas de las Antillas.
Cristina González Béquer, la autora, que reside en Cuba, es una trinitaria por los cuatro costados, es decir, está emparentada con todos los apellidos nobles de esa ciudad, y es prima tercera del escritor Vicente Echerri, también distinguido trinitario y director de la editorial que publicó el libro.
“Su abuela se casó con Oliverio Béquer y Fernández de Lara, y en su sangre están todos los viejos linajes”, dice Echerri, mencionando apellidos como los Borrel y los Brunet, que, directa o indirectamente, estaban en su parentela. “El apellido Béquer de Trinidad viene de John William Baker, que se convirtió en Juan Guillermo Béquer. El levantó un palacete, muy diferente al resto de las casas, al estilo georgiano, con un vestíbulo de doble planta, escalera que terminaba en un balcón redondo, y una cúpula encima con araña que pendía del techo”.
Por desgracia ya no se conserva la casa, que se supone tenía pisos de oro. “Juan Hermenegildo Béquer y Barceló la hipotecó, y los que se quedaron con ella, la despedazaron y la vendieron en pedazos, quitaron las jambas de las persianas y las puertas, y solo queda el sitio donde estuvo, y grabados antiguos”, describe Echerri.
González Béquer envió un texto desde Cuba explicando que en la celebración de “los cinco siglos de existencia de la Villa de la Santísima Trinidad, o Trinidad de Cuba, posiblemente habrá sonado muy temprano la ‘Diana Mambisa’ en las esquinas de siempre, allí donde se honra la memoria de algún acontecimiento”. Ella pasó su infancia oyéndola “en la esquina de San Cayetano y Chiquinquirá, frente a la tarja que marca el nacimiento de Catalina Berroa, compositora renombrada que vivió en el siglo XIX”.
Los trinitarios de valía estuvieron siempre pendientes de honrar a sus ciudadanos, y a sus fundadores, cualesquiera que fueran sus méritos, escribe González Béquer: “Se honraba, cuando lo merecían, a los que no tenían tarja: ellos estaban constantemente en las conversaciones, para que los que vendrían detrás no ignoraran nada ni a nadie, para que siempre, y en cualquier circunstancia, supieran quiénes eran y de dónde venían, esas dos respuestas tan necesarias al ser humano para situarse en este mundo, para ser único e irrepetible”. Es decir que la autora confirma lo que en los años 1950 sintió Cabrera al visitar Trinidad.
González Béquer prefirió convertir en un texto lo que solo había sido argumento en conversaciones sobre el problema de la quiebra y el desplome económico de Trinidad. “Los comentarios provenían de gente de otras ciudades, pero también de algunos trinitarios –estos no se contaban entre mis allegados– que tenían otra opinión sobre las tradiciones que conservaba nuestro pueblo”, escribe la autora. “A esas opiniones, mi padre –joven aun cuando yo era una niña– solía responder: ‘No sé qué van a hacer cuando las piedras de Trinidad sean, al fin, el huevo de oro de la gallina de la fortuna’ ”.
Y ya Trinidad ha vuelto a ser objeto de interés para el oro del turismo, como lo fue en la década de 1950. Pues hay paquetes de viajes a Cuba que incluyen a Trinidad junto con Cienfuegos en un recorrido por la “Cuba clásica”. Sin embargo, muchas veces, en nombre del turismo salen a relucir datos que no son genuinos sobre las artesanías de Trinidad, lo que impulsó a González Béquer a corregir estas fallas.
Las costumbres de Trinidad
La presentación del editor Echerri a Hecho a mano en Trinidad de Cuba, titulada Una mirada singular, da fe de que su prima tiene la capacidad y la sensibilidad para acercarse a las artesanías y al folclor de Trinidad. La propia introducción de la autora, En el principio, se refiere a cómo era la Trinidad de su niñez, en los años 1940, cuando ya la villa cumplía 100 años de decadencia. Pero aun se conservaban las procesiones de Semana Santa, que tenían más de dos siglos. Y también recordaba las labores manuales de hombres y mujeres, que practicaron los trinitarios tanto en la opulencia de la época en que triunfaron los dueños de ingenios y del comercio en sus tierras, como en la subsiguiente pobreza y decadencia. Al mismo tiempo promete que recordará en el libro no solo estas labores, sino las conversaciones que sostenían “al ritmo de la mecedora”.
En el primer capítulo El ocio nuestro de cada día trata González Béquer precisamente el tema de las labores y oficios del pueblo. Para ello acude a los documentos que se refieren a épocas tan lejanas como el año 1587, en que se ofrecen mercaderías de lencería. Ella infiere que desde entonces mantuvieron la tradición los habitantes, primero por necesidad práctica, luego en la época de riquezas por “la ostentación y la frivolidad”. Una de las ilustraciones reza “Cuello de frivolité”, que es un encaje tejido a mano. Ella hace lista de los diferentes bordados y los materiales en los que están confeccionados, porque se guardan en los museos, “sábanas, manteles, tapetes, prendas de vestir y pañuelos”, piezas bordadas “en randa”, pero también al pasado, calados, festones, incrustaciones, entredoses, puntas de croché, bolillos y otras delicias. Ella habla no solo de bordados sino de costumbres, por ejemplo, el uso de blusas de lino guardadas almidonadas pero sin planchar, y publica fotos de las personas de su familia en los años 1940 con estas vestimentas, y además nombra a las mujeres que guardaban la tradición.
Mundo, demonio y carne es un capítulo dedicado a las fiestas, como las de fin de curso y los carnavales, con muchas fotos de las jóvenes disfrazadas, que han sido realzadas, pues eran de camaritas antiguas. Se describen los festejos, las academias, y los salones donde se celebraban. Pero las más importante, según el historiador de Trinidad Francisco Marín Villafuerte, eran las del Corpus Christi, que junto a la de la Santísima Trinidad se celebraban en junio. También en este mes hacían los carnavales. Ella recuerda a Horacio Iznaga (apellido ilustre de la ciudad), que, aun disfrazado, se reconocía porque andaba con los abanicos que se llaman “pencas”.
Dos fuentes distintivas de confección trinitaria aparecen en el capítulo Con el sudor de la frente. La alfarería, para hacer el porrón y la de los tejares era muy importante. “La fabricación de las tejas francesas era toda una ciencia”. Los sombreros de “guano” y de yarey se tejían desde tiempos inmemoriales y la tienda de su confección estaba justamente al lado de la casa de González Béquer. También habla de los herreros y hojalateros, los talabarteros y los peleteros, y otros tantos oficios como el de carpintero y el de fundidor de campanas. Pero no son tratados en abstracto, sino con pelos y señales, con sus nombres y los de los famosos que venían por Trinidad, como el de la pintora Amelia Peláez.
Finalmente el capítulo que se dedica a la Semana Santa, famosa tradición trinitaria se titula Por los siglos de los siglos. Fue el fundidor de origen francés José Giroud el responsable del polifónico repique de campanas de la villa. “La vida se organizaba según el calendario litúrgico”. Y todo este capítulo recorre cada detalle de los 40 días de preparación para este gran evento. De año en año, un ejército de anónimos artistas trabajó para hacer único cada detalle, para que el goce estético acompañara la conmemoración pública de la Pasión, dice la escritora. Una vez se detuvo por 39 años, los que van de 1960 a 1999 –precisamente el año después de la visita de Juan Pablo II a Cuba.
“Me acuerdo –es un acontecimiento relativamente reciente– del Viernes Santo que siguió a la visita del Papa Juan Pablo II. Llegado el momento, en el templo todo el mundo se dispuso a ocupar su lugar”, nos comenta González Béquer desde Cuba. “No faltó un Monumento eucarístico, pequeño pero conmovedor. Los tronos de las imágenes se llenaron de flores, salieron a relucir los deslumbrantes paños de altar de todos los tiempos, repicaron –modestamente– las campanas y, de pronto, los viejos cargadores y un grupo de jóvenes dispuestos a mantener el orden –como los sayones de mi niñez– enfilaron por la puerta de la calle Desengaño, salió la procesión y se encaminó a la plazuela del Calvario, exactamente ‘como ayer’ ”.
“Trinidad tuvo una época de hibernación, desde 1860 del declive hasta los años 1940”, aclara Echerri. “Los 50 fueron una época de una especie de resurgir, gracias a Topes de Collantes [el hospital para tuberculosos en la sierra del Escambray], fue un breve auge, y parecía que se iba a levantar de nuevo”.
Manuel Jesús Béquer, antepasado de Cristina González Béquer, era el promotor, pero todo ese movimiento a favor de Trinidad se detuvo con la llegada de la Revolución, informa Echerri, quien menciona a Alicia García Santana como gran investigadora a favor de la ciudad, que colaboró ahora en las fiestas de la conmemoración. Recordó también al arquitecto Osvaldo Tapia Ruano, que trabajó en Trinidad en los años 1950 y reside en España como arquitecto y urbanista desde los años 1960.
“El arquitecto Nicolás Arroyo, a quien llamábamos ‘Lin’, no era todavía el Ministro de Obras Públicas, pero logró decretos que crearon en 1954, primero la Comisión de Planificación del Centro Turístico de Varadero y, muy poco después, la Junta Nacional de Planificación”, relata Tapia Ruano desde Madrid. “Recién graduado comencé a trabajar con él”.
En aquel entonces, había un plan regulador para La Habana, otro plan para Isla de Pinos y otro para Varadero y Trinidad. Visitaron Trinidad varias veces contactando a Manuel Jesús Béquer, y al Hospital de Tope de Collantes, que también los albergaba a ellos. “Conseguimos que la Marina de Guerra cubana nos sobrevolara la villa para hacer los mapas detallados de la zona, y comenzamos a trabajar desde el punto de vista urbanístico, planteando una circunvalación por el sur de la villa, para unir la carretera del circuito sur que se estaba construyendo aún, y que venía desde Cienfuegos a unirse con la carretera que unía Trinidad con Sancti Spíritus”, continúa diciendo Tapia Ruano.
Antiguamente, Trinidad estaba unida al resto de la isla solamente por ferrocarril a través del macizo de montañas del Escambray y por el puerto de Casilda. Para que Tapia Ruano y su grupo pudieran ir a la villa se asfaltó una pista para aviones pequeños. “Arroyo contactó con la fundación Rockefeller y se obtuvo la promesa de unos $15 millones siempre que el gobierno cubano, o sea Obras Públicas, invirtieran la misma cantidad. Eso fue en 1958. También se proyectó una carretera desde Trinidad hasta la playa del Ancón y un anteproyecto para desarrollar toda la península y playa del Ancón, y se dragó el puerto de Casilda con la draga Cartagena para habilitar el puerto para buques de mayor calado”, comenta hoy Tapia Ruano.
Pero al cesar todo interés en Trinidad por tanto tiempo, fueron sus residentes los que conservaron la cultura, a pesar de la precariedad de su existencia. “Hace falta entender el proceso de nuestro nacimiento y desarrollo”, dice González Béquer, “para darse cuenta de que si las tradiciones –artesanales o no– perviven en Trinidad con tanta fuerza se debe, precisamente, a que formaron parte de la aventura de vivir”.
“Para vivir sirvieron las tradiciones. Y si eso no es cultura de resistencia, no sé qué otra cosa podría ser”, afirma la escritora. “Nos hemos refugiado en la diferencia para huir de la homogeneidad impuesta”.
Hecho a mano en Trinidad de Cuba se hizo con la colaboración, de Rolando Pulido, como ilustrador y curador de las antiguas fotos, y con Dinia del Sol, experta en los catálogos de UNICEF, que lo maquetó. Fue impreso en Hong Kong y se puede adquirir en Amazon.com y en librerías como Books & Books, o yendo a este enlace: http://hechoamanocuba.webs.com
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de marzo de 2014, 0:00 a. m. with the headline "Trinidad de Cuba, 500 años de gracia y tradición."