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Nuestra paradójica relación con la comunista República Popular China

Mao Zedong, Richard Nixon
El líder del Partido Comunista de China, Mao Zedong, recibe al presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, en Pekín, China, el 21 de febrero de 1972. La histórica visita de Nixon abrió las puertas a las relaciones entre las dos naciones. AP

Estamos tan acostumbrados a ver en nuestros objetos y ropas la etiqueta “made in China” que ahora no podremos asombrarnos de un virus “made in China”. Todo lo que uno hace tiene consecuencias.

En los años en que los sureños de Estados Unidos decidieron importar esclavos de África y luego fueron a una guerra civil para mantenerlos como propiedad, no contaron con su presencia permanente y primordial en la vida de la nación.

Cuando en el oeste del país se aprovechó la mano de obra barata de los mexicanos en los campos agrícolas, no pensaron los sajones que algún día habría una pujanza hispana en el país.

En la época de la gran pandemia de la Peste Negra o la Plaga, en el siglo XIV había varias rutas de comercio bajo el denominador común de la Ruta de la Seda, precisamente con el Asia, y probablemente fue también la ruta de la infección de los europeos.

Nosotros nos hemos fabricado una nueva “ruta de la seda” con el comercio favorecido y las fábricas de nuestras corporaciones americanas y multinacionales en ese país comunista que es China.

Toda una paradójica relación comenzó en 1972 cuando el presidente republicano Richard Nixon, a pesar de su declarado anticomunismo, tuvo una reunión con el jerarca más sanguinario de su época, Mao Zedong, de la comunista República Popular de China (RPC).

Estuvo precedido en 1971 por su secretario de Estado, Henry Kissinger, con la llamada “diplomacia del ping-pong”. Aunque también los presidentes demócratas estadounidenses continuarían comerciando con China, y desde entonces la RPC ha cambiado de presidentes, pero no ha cambiado su totalitario sistema.

Jimmy Carter aceptó abandonar a Taiwán a su suerte en 1979, aceptando la política de “Una Sola China”, que ahora se ha convertido en el segundo país más poderoso del mundo. Nosotros nunca lo hemos confrontado a pesar de la Masacre de la Plaza de Tiananmen en 1989. Al contrario, los hemos aupado cada vez más con la apertura en el año 2000 por Bill Clinton para un comercio normal y permanente.

China no puede triunfar con armamentos de guerra para convertirse en el número uno, porque Estados Unidos y Rusia tienen mayor poder armamentista, por lo que uno se pregunta invariablemente si no será que ha usado un arma invisible que nadie podría haber sospechado para confundir, eliminar y debilitar toda la economía de Occidente.

Por eso, de repente, un científico como Luc Montagnier, premio Nobel de medicina en 2008, ha dicho que el coronavirus SARS-CoV-2 responsable de la pandemia COVID-19 es un virus manipulado, sacado “accidentalmente” de un laboratorio chino que estaba buscando una vacuna contra el SIDA. Ya varios han sostenido debates sobre si la RPC nos ha atacado con un virus mortal producido en un laboratorio, o si es verdad que se fraguó en la naturaleza, en animales salvajes que infectaron a seres humanos.

Esto sucede en el contexto de una guerra comercial de aranceles desde que Donald Trump declaró que los chinos nos estaban... ¿estafando? Y esa guerra no ha cesado desde 2018 hasta principios de este año. Aunque paradójicamente el que sufre es el consumidor y los negociantes americanos que se benefician del “outsourcing” y la importación.

Fue el economista Arthur Laffer, consejero de Ronald Reagan durante su mandato, autor del “Supply- side- economics”, el que me dijo que el consumidor tenía la prioridad sobre todas las otras consideraciones, en una entrevista que le hice para Aboard Magazine, cuando yo era su directora en 1984-85.

El auge de China, que posee desde 2008 la cantidad mayor de la deuda estadounidense, levanta un terror plausible, sobre todo ante el hecho de que siguen siendo inescrutables como en la antigüedad, ya que esa es la naturaleza de un país donde no hay libertad de prensa. Pero hay una cierta seguridad de que a la RPC no le convendría destruir nuestra economía tan irremediablemente encadenada con la de su país.

Además, las últimas noticias indican que, aparte de lo que han sufrido en pérdidas de vidas, también han sufrido considerables bajas económicas. Su GDP bajó 6.8% por los tres primeros meses de este año, según la BBC, lo que afectará todas nuestras economías.

En 2010 Jim O’Neill, economista principal de Goldman Sachs, advirtió que China sobrepasaría la economía de Estados Unidos en 2027. Eso se veía venir cuando visité China y entrevisté a profesores de la Universidad en 2000 y luego en 2002. Recuerdo que les recomendé a los americanos entonces que aprendieran mandarín.

Pero frente al coronavirus tengo aún muchas dudas, esperando hasta que algún día se sepa toda la verdad. En este momento no la sabemos.

Escritora cubana. Correo:

olconnor@bellsouth.net.

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de abril de 2020, 5:09 p. m. with the headline "Nuestra paradójica relación con la comunista República Popular China."

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