En tiempos de pandemia, memorias de descubrimientos de la medicina cubana
Parecen novelas que podrían convertirse en una serie de televisión. Son tan interesantes que podrían catalogarse de historias de ficción. Pero son vidas reales, biografías de galenos, de las personalidades médicas cubanas del siglo XIX y XX hasta el año 1959, y comenzando por la propia, que se recogen en Memorias, memorias… Una autobiografía ilustrada (2016) y Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959 (2020), obras del doctor Federico R. Justiniani, ambas ediciones de Alexandria Library.
Son los últimos logros de este médico internista cubano ejemplar, graduado de la Universidad de La Habana, y profesor de Mount Sinai Medical Center en Miami Beach, donde sirvió de director de Educación Médica por más de 25 años. Además fue Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami, desde 1990. Antes de jubilarse ya había probado como fotógrafo aficionado en sus numerosos viajes, de las que derivó fotos ganadoras de premios en concursos internacionales.
Durante su carrera en Miami ha organizado congresos como el Seminario Médico Panamericano, dado múltiples conferencias y publicado artículos de su especialidad. También creó las “mini-residencias internacionales” en el Hospital Mount Sinai.
Mi mejor recomendación de su libro de Memorias es que no pude dejarlo de la mano, en 24 horas. Quería saber que pasaría después, porque su recorrido de casas por la geografía de La Habana, y por nuestra historia, lo documenta hasta con fotos. Quizás porque muchos hemos residido en esa fabulosa capital, llama la atención que hubiera tenido su experiencia de niño y de joven en tantos barrios habaneros. Mientras, nos va demostrando la fórmula para el ascenso a la felicidad que había en la Cuba republicana: conseguir éxitos en los negocios o en el mundo vocacional o profesional. Y era posible, porque la Universidad era libre.
Lo maravilloso era que Justiniani no solo tenía de ejemplo a su propia familia, sino que su vocación tenía un pasado extraordinario en la tradición de la medicina cubana. Muchos médicos se especializaban en Estados Unidos, especialmente en la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, y en las capitales de Europa, incluso en el siglo XIX, como se documenta en su segundo libro.
El de sus Memorias lo lleva a la isla de Chíos en el Mar Egeo cerca de la costa oeste de Turquía y a la ciudad de Génova, Italia, donde surgió el apellido de su más lejano antepasado. Y recoge en detalle ese árbol familiar desde principios del siglo XVIII. En esto imita las genealogías de la Biblia.
Su estilo es directo y entretenido, lleno de simpatía para todas las personas a las que se refiere: profesores, compañeros, aulas, asistentes, esposa, hermanos, sobrinos, familia. De todos nos ilustra con sus imágenes fotográficas aun desde el siglo XIX.
Pensé que sería más austero en las referencias a los médicos en el libro de las Personalidades, pero ese estilo se mantiene, con cuentos e interesantes anécdotas que nos hacen querer seguir buscando las referencias de cómo la historia de nuestra salud y la reputación de la medicina en Cuba ha llegado tan lejos.
El dato más importante en la epidemiología del siglo XIX eran los estragos del cólera y los de la fiebre amarilla, endémica en Cuba y todo el Caribe. En ambos casos se destacó el médico investigador Carlos J. Finlay. Cuando hubo cólera en La Habana identificó su origen en un depósito de agua infectada en 1872, siendo pionero en estos descubrimientos. Luego investigó los casos de fiebre amarilla y presentó sus teorías en un congreso en Washington en 1881. Pero no le creían. Hasta que sus opositores se dejaron picar por mosquitos infectados en La Habana, en 1900. Esto causó un triunfo para él, pero dos personas murieron en el intento: el doctor Jesse Lazear y la enfermera Clara Maas. Todo contado con lujo de detalles por Justiniani.
Muchos otros médicos dejaron legados asombrosos, en 1804 el doctor Tomás José Romay y Chacón introdujo y propagó la vacunación de la viruela en la isla. En el siglo XX el doctor Octavio Montoro y Saladrigas comenzó el uso de la insulina en Cuba, en 1923, un año después de haber sido usada en Canadá para el tratamiento de la diabetes. Más tarde, uno de los grandes galenos fue Moisés Alejandro Chediak y Ahuayda, hematólogo de fama internacional, “considerado una de las figuras más relevantes de la medicina cubana de mediados del siglo XX”, en palabras de Justiniani. Su hermano Alejandro fue también un innovador en el campo de las enfermedades venéreas.
Es imposible expresar la emoción ante todos los hallazgos en este libro. Y la increíble importancia que tuvo para Justiniani y sus predecesores el hospital General Calixto García en el costado de la Universidad de La Habana. Es una de las contribuciones más importantes a la historia de Cuba, colonial y republicana.
Escritora cubana. Correo:
olconnor@bellsouth.net.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de junio de 2020, 0:02 p. m. with the headline "En tiempos de pandemia, memorias de descubrimientos de la medicina cubana."