Música

Ronkalunga: el sabor de la música cubana en ‘El carnicero’ y otras ‘pasiones silenciosas’

Siempre que parece que la música se agota, que es demasiado vulgar y repetitiva, sale un artista que contradice todo lo anterior. Ese es el guantanamero Ronkalunga, que se eleva hasta lo más tradicional, creativo y a la vez innovador de la música cubana para recordarnos que la tierra de Benny Moré, Celia Cruz y Faustino Oramas “El Guayabero” no va a dejar de sorprender.

Con El Guayabero se compara a Ronkalunga por el tema que lo hizo explotar en redes sociales entre los cubanos fuera de la isla que no habían podido seguir de cerca su carrera de más de una década. El carnicero tiene la dosis perfecta de doble sentido, picardía y genialidad. Es un canto a la elegancia de los compositores e intérpretes que llevan siglos insinuando sobre el sexo y el deseo sin caer en lo obvio. Pero con el toque de calle y baño de pueblo que hace falta para quedar en el imaginario del público gozador.

De no saber nada de este artista siempre jovial, que está devolviendo a muchos los ritmos tradicionales cubanos que se extrañaban desde Buena Vista Social Club, ahora lo vemos en todas partes. Ronkalunga se reúne con Emilio Estefan, quien le produce un disco en los estudios Crescent Moon. O se fotografía con Leoni Torres, que adelanta una colaboración con Ronkalunga con la frase: “Algo muy bueno está por pasar”.

Este ingeniero de 34 años, que comenzó a cantar desde niño en su natal Baracoa y ahora reside en California, se está haciendo escuchar por todos lados, especialmente en Miami. El 8 de mayo estará en el concierto Son del mundo, que reúne a músicos cubanos y africanos en el anfiteatro Bandshell de Miami Beach, y el 16 de mayo cantará en CubaNostalgia.

“Siento que por fin mi carrera corre a la velocidad de mis sueños. Durante años me frustró la lentitud del proceso, incluso en Cuba estuve a punto de rendirme”, dijo Ronkalunga a el Nuevo Herald.

Fue su amigo y guitarrista Danel Estrada quien lo salvó con una frase que le cambió la vida: “A todo el mundo le gusta tu música, pero aún no lo saben porque no te han escuchado”, contó Ronkalunga, cuyo verdadero nombre es Ronaldo Rodríguez Hernández

El tresero José Elías, director de la banda Cortadito y organizador de Son del mundo, resalta la maestría con la que Ronkalunga emplea el doble sentido y también “el uso de elementos electrónicos en sus producciones, que le da a la música un sonido universal que es muy creativo y relacionable”.

“La música de Ronkalunga aporta un sonido nuevo del siglo XXI al género, sin dejar de ser fiel a sus raíces”, dijo Elías, indicando que el 8 de mayo es el Día del son cubano, que también coincide con el cumpleaños de dos legendarios soneros, Miguel Matamoros y Miguelito Cuní.

Ronkalunga adelanta lo que trae de nuevo a Son del mundo, donde estarán presentes leyendas de la música cubana como Roberto Torres y la sonera Aymée Nuviola.

Se confiesa sobre sus “pasiones ocultas”, las razones por las que es tan celoso de su privacidad, la mujer que tanto extraña, la historia de El carnicero y lo que viene en el disco con Estefan.

¿Cómo ideas el nombre de Ronkalunga, y a qué hace referencia?

Fue una tormenta de ideas para mi primer single en Cuba. Mi nombre real es Ronaldo, y ya está ocupado por dos gigantes del fútbol. Sabía que lanzar mi carrera como Ronaldo Rodríguez sería un suicidio en Google. Competir con los futbolistas era una batalla perdida. Así que me quedé con el Ron y empecé a combinarlo con apellidos de mi árbol familiar. Probé con Hernández, Rodríguez, Garrido, Navarro, Maché... hasta que llegué a Calunga: Ron Calunga. Decidí unirlo y usar la “k” para darle una identidad visual única.

Lo increíble fue que, tiempo después, descubrí el significado profundo de Kalunga en la cultura centroafricana: el umbral entre mundos, el mar, la eternidad. Kalunga tiene una carga espiritual inmensa vinculada al origen de la vida y el espíritu. Fue como si el nombre me estuviera esperando a mí y no al revés. Eso me confirmó que en este mundo nada es casualidad; lo que empezó como una estrategia de búsqueda terminó siendo mi verdadera identidad.

¿Qué hay en Ronaldo que no está en Ronkalunga?

En esencia, somos lo mismo; no subo al escenario a interpretar un personaje, sino a ser yo mismo a través de la música. La diferencia radica en la gestión de la energía. Quienes han ido a mis conciertos saben que me entrego físicamente, canto entre la multitud e interactúo de tú a tú. Es un intercambio tan intenso que, al terminar, Ronaldo necesita silencio. Soy una persona reservada y muy sensible a la energía ajena. Después de darlo todo, requiero días de recuperación en mi entorno familiar. Ronkalunga es mi entrega al mundo; Ronaldo es el guardián de mi universo privado.

Un ingeniero que no estudió música, ¿cómo sale de ahí un artista como Ronkalunga?

Tengo la suerte de haber nacido con un don que me permitió entender la música sin necesidad de sentarme en un aula a estudiarla. Soy autodidacta por instinto. Para mí, la música siempre fue algo orgánico, casi como respirar. Lo que hice fue sumar a ese talento natural la disciplina de la ingeniería.

La música no fue una elección, fue un destino; canto desde que era un niño. La ingeniería llegó después como una herramienta, pero la música siempre fue la base. Me gusta ver al ingeniero industrial como un arquitecto de ideas, y eso es exactamente lo que hago con mis canciones: diseño estructuras para las emociones.

Algunos dicen que el ingeniero industrial es “ingeniero de todo y especialista en nada”, pero yo prefiero decir que somos especialistas en entender cómo todo encaja. Apliqué esa visión a mi carrera: mi sensibilidad es de artista, pero mi estructura mental es de ingeniero.

Eres uno de los artistas en un concierto que se llama Son del mundo, ¿qué tiene para el mundo Ronkalunga y cómo le llevarás tu son en ese concierto?

Le ofrezco al mundo una cura para el alma. Creo firmemente que la música tiene el poder de sanar lo que la medicina tradicional no puede tocar. En mis canciones habitan todas las emociones, puedes reír o llorar de emoción, pero siempre saldrás renovado.

A “Son del mundo” llevaré mi música como un acto de fe: una experiencia donde el ritmo y la letra se convierten en un refugio de calma y alegría. Mi objetivo es que cada espectador sienta que mi música le habla directamente a su historia personal, ofreciéndole un bálsamo de fe y esperanza a través de nuestros ritmos más auténticos.

En el mapa musical del mundo, Cuba tiene un papel importante. ¿Cuál consideras que es nuestro mayor aporte?

El mayor aporte de Cuba es, sin duda, su diversidad inagotable. No creo que exista otro lugar en el mundo con tal cantidad de géneros autóctonos que hayan permeado de forma tan profunda la música global. Si analizas las bandas de élite de los grandes artistas internacionales, casi siempre encontrarás un músico cubano. Somos como un ingrediente esencial que garantiza excelencia. Tenemos una capacidad de adaptación casi camaleónica: podemos dominar nuestra tradición y, a la vez, ejecutar cualquier género foráneo con una precisión asombrosa.

Siento que al aporte de la música cubana aún no se le ha hecho la justicia que merece, porque somos, en gran medida, la base rítmica y el alma de mucho de lo que el mundo escucha hoy.

Ronkalunga se presenta el viernes 8 de mayo en el concierto Son del mundo, y el 16 de mayo en Cubanostalgia.
Ronkalunga se presenta el viernes 8 de mayo en el concierto Son del mundo, y el 16 de mayo en Cubanostalgia. Foto Carlos Alberto Méndez Hernández

¿Cómo surgió la idea de El Carnicero y qué sorpresas te ha traído?

Para mí, El Carnicero es un tributo a la amistad y al talento de los grandes artistas que, como el compositor Ramón David, no buscan la fama. Se la escuché en una descarga a Ramoncito en 2012 en Santiago de Cuba y supe que era un éxito garantizado. Así que tras años de insistirle para que él la grabara, le pedí permiso para hacerlo yo.

Me tomó meses de trabajo obsesivo lograr que la producción estuviera a la altura de lo que yo sentía por esa obra. Al principio, el silencio del público en Cuba me dolió; fue una frustración profunda. Pero el destino me tenía guardada una sorpresa en Miami. Ver cómo una canción que nació en una descarga santiaguera se convertía en un himno aquí, llenando bares y deteniendo el tráfico en el aeropuerto. Ha sido una lección de humildad. Me tomó tiempo entender que la canción ya no era de Ramón ni mía, era de la gente.

El doble sentido ha sido una constante en la música cubana, desde los viejos de La Trova Santiaguera y el Septeto Ignacio Piñeiro hasta El Guayabero, con quien se te compara. ¿Qué crees que le aportas con tu arte?

Ser comparado con Faustino Oramas “El Guayabero” es un honor inmenso, pero mis cimientos son más amplios. Bebo de los Matamoros, Ñico Saquito y Benny Moré. Crecí sin televisión escuchando esa radio vieja que era mi única ventana al mundo y ahí se grabó mi ADN musical. Sin embargo, mi mayor deuda es con mis amigos, esos trovadores de Santiago y Guantánamo que el mundo no conoce, pero que me dieron cátedra: Pedro Sánchez, Rubén Lester y Ramón David.

A mis antecesores les debo la elegancia y la picardía del doble sentido, que en Cuba siempre ha sido un arte de inteligencia, no de vulgaridad. ¿Qué aporto yo? Muy poquito. Quizás solo mi voz y la frescura de mi tiempo para rescatar un legado que se estaba perdiendo entre géneros modernos. No pretendo inventar nada; solo quiero que las nuevas generaciones no olviden la fortuna musical que heredamos.

Me encanta esta frase tuya: ‘Nada es permanente en este mundo, ni siquiera el mal gusto’. ¿Por qué no hay que pasar esa línea del mal gusto?

Cruzar esa línea significa normalizar la mediocridad. Como decía Lennon, somos la música que escuchamos, y si permitimos que la basura sea el estándar, estamos aceptando que nos traten como basura. No pretendo ser un juez del gusto ajeno, pero hay una realidad técnica innegable: cuando ves artistas que no pueden afinar sin herramientas digitales, que doblan pistas en vivo o que escriben letras que son meras descripciones gráficas de violencia o pornografía, te das cuenta de que el respeto por el público se ha perdido. Cruzar esa línea es un desastre cultural porque el público que no se respeta a sí mismo termina consumiendo cualquier cosa.

No se trata de ser elitista, se trata de exigir calidad. Si un cantante no puede cantar y un mensaje no puede construir nada positivo o simplemente entretener sanamente, estamos degradando nuestra identidad. El mal gusto no es permanente, pero el daño que hace mientras dura es real.

Tengo un tema preferido, ‘Coco y guayaba’, ¿cómo se logra ese sabor tan cubano y tan tradicional y qué músicos te acompañan hoy para mantenerlo?

Curiosamente, Coco y guayaba nació de un choque de mundos. La grabé en Nueva York con músicos estadounidenses de primer nivel, pero ellos no lograban descifrar el “tumbao”. Para ellos, lo que yo pedía no tenía sentido rítmico; decían que estaba fuera de tiempo. Tuve que asumir la producción, tocar la percusión menor por primera vez en mi vida y dirigir la grabación casi a ciegas, pieza por pieza.

El sabor cubano no se explica, se siente, y ese día todos aprendimos que el corazón no siempre sigue al metrónomo. Hoy, para mantener esa esencia, tengo el privilegio de rodearme de músicos excepcionales como Thommy Lowry, Dayron Ortiz, David Lechuga, Mauricio Gutiérrez, Raúl Andrés Castro y Rafael Paseiro. A excepción de Lechuga –nacido en San José, California–, todos somos cubanos que conocemos el sacrificio de abrirse camino en esta tierra de oportunidades. Ese amor por lo que dejamos atrás y el respeto por nuestra música es lo que hace que Ronkalunga suene a Cuba, esté donde esté.

“Bebo de los Matamoros, Ñico Saquito y Benny Moré. Crecí sin televisión escuchando esa radio vieja que era mi única ventana al mundo y ahí se grabó mi ADN musical”, dice Ronkalunga, que quiere llevar los ritmos tradicionales cubanos al mundo.
“Bebo de los Matamoros, Ñico Saquito y Benny Moré. Crecí sin televisión escuchando esa radio vieja que era mi única ventana al mundo y ahí se grabó mi ADN musical”, dice Ronkalunga, que quiere llevar los ritmos tradicionales cubanos al mundo. Foto Carlos Alberto Méndez Hernández

Adelántanos un poco de ese disco que grabas con Emilio Estefan...

Trabajar con Emilio Estefan es una bendición que llegó de forma inesperada pero en el momento justo. El disco consta de 10 temas donde el desafío ha sido evolucionar sin dejar de ser yo. Estamos logrando una sonoridad más internacional, algo vital para que mi mensaje cruce fronteras y llegue a oídos que aún no conocen el son cubano.

Es un disco de amor y ritmo, pero sobre todo de identidad. Mi objetivo es llevar mi voz y mi raíz a lo más alto de la escena global, demostrando que la tradición puede ser universal si se trabaja con excelencia. Es un álbum con Cuba abierta al mundo.

Se dice que colaborarás con Leoni Torres, ¿cómo viene esa dupla y qué otras colaboraciones preparas?

Es un hecho y me hace mucha ilusión. Ya grabamos un tema de mi autoría titulado La guayabera, que es un tributo directo a nuestra música y a sus figuras más grandes. Admiro profundamente a Leoni; es un ejemplo de cómo mantener una carrera con elegancia, rigor y un crecimiento constante. Su voz es impecable y, como ser humano, es de una humildad que inspira. Ahora mismo ambos estamos enfocados en nuestras producciones independientes, pero estamos esperando el momento estratégico para que esta colaboración vea la luz. ¡Vienen más sorpresas y estoy listo para escribir y colaborar con todo aquel que respete y ame la música!

¿Por qué estabas como escondido por Los Angeles y por qué te demoraste tanto en darte a conocer al público de Miami?

Nunca estuve escondido; estaba en el taller, trabajando y no vivía en Los Ángeles. Vivo en el área de la Bahía [de San Francisco] y, más específicamente, en el hermoso Valle de Napa. Es un lugar muy tranquilo que me da el espacio para pensar profundamente y desarrollar mi sonido y mi visión.

Esos años fueron de una labor intensa: grabando, produciendo y curtiéndome en los escenarios para vivir. Mi llegada a Miami no fue una demora, fue una cuestión de tiempo perfecto. Hay una gran diferencia entre llegar a una ciudad a probar suerte y ser invitado por ella porque tu música ya resuena en sus calles. Responder al llamado de Miami cuando las puertas se abrieron fue una decisión de respeto a mi propia trayectoria de 14 años. Me siento afortunado de que este encuentro ocurra ahora; recibir el cariño de mis hermanos cubanos, que me saludan como a un familiar en las calles de Miami, es la mayor recompensa a esa espera productiva.

Se habla de que tu carrera está explotando, ¿cómo te imaginas en unos años?

Es cierto, siento que por fin mi carrera corre a la velocidad de mis sueños. Hoy que el mundo me está descubriendo, mi meta es no tener límites. No quiero ser solo un artista local. He visto el bien que mi música le hace al alma de las personas y mi plan para los próximos años es replicar ese bienestar a escala global. Mi reto es que el mundo entero termine de escucharnos.

Sabemos tan poco a nivel personal de Ronkalunga, ¿qué ocupa tu corazón en estos días?

Mi vida personal es mi tesoro y, mientras dependa de mí, seguirá siendo un espacio reservado. Yo elegí esta exposición, pero mis amigos y mi familia no, y mi mayor responsabilidad es protegerlos. Sé que el mundo es curioso, pero no soy ingenuo y entiendo que no todos los ojos que nos miran lo hacen con buena intención.

Mi corazón hoy lo ocupan ellos y mis pasiones silenciosas: una partida de ajedrez, el golf, el baloncesto, el anime –uno de mis favoritos es Hunter x Hunter– o una tarde de Mortal Kombat –con Noob Saibot. No soy hombre de fiestas ni de excesos; prefiero el silencio, un buen café y, muy de vez en cuando, un tabaco para sentir cerca a mi abuela, a quien amo y extraño cada día.

Soy un tipo con mucho humor, pero de vida tranquila; pronto incluso tomaré clases de salsa para disfrutar del baile desde otro lugar. Prefiero que el mundo me conozca por mi música y que mi privacidad siga siendo ese lugar de paz donde recargo energías para el próximo concierto.

Concierto Son del Mundo, 8 de mayo, 8 p.m. en Miami Beach Bandshell, en 7275 Collins Avenue. Para entradas, https://miamibeachbandshell.com/event/son-del-mundo/

La banda miamense Cortadito y su director, el tresero José Elías (der.), se presentan en el concierto Son del mundo, el 8 de mayo, en el anfiteatro Miami Beach Bandshell.
La banda miamense Cortadito y su director, el tresero José Elías (der.), se presentan en el concierto Son del mundo, el 8 de mayo, en el anfiteatro Miami Beach Bandshell. Edwin Cardona
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Sarah Moreno
el Nuevo Herald
Sarah Moreno cubre temas de negocios, entretenimiento y tendencias en el sur de la Florida. Se graduó de la Universidad de La Habana y de Florida International University. @SarahMoreno1585
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