América Latina

El canal y los ‘mestizos’ amenazan a los indios rama de Nicaragua


Ronald McCrae y su esposa, Carmela Hodgson, viven en el pueblo litoral de Bangkukuk, Nicaragua. El proyecto del canal incluye construir un inmenso puerto para contenedores en la costa de Bangkukuk.
Ronald McCrae y su esposa, Carmela Hodgson, viven en el pueblo litoral de Bangkukuk, Nicaragua. El proyecto del canal incluye construir un inmenso puerto para contenedores en la costa de Bangkukuk. McClatchy

Edwin McCrae, un indio rama, se pasea por un sendero fangoso en la selva con la facilidad de alguien que está completamente a sus anchas en el mundo natural. De vez en cuando blande su machete para cortar una rama baja. Cuando el visitante parece pasar trabajo para mantener el equilibrio, él le corta rápidamente un bastón improvisado.

El objetivo de McCrae es mostrar al visitante los restos de una vía férrea abandonada hace más de un siglo, y ahora devorada por la selva. Es lo que queda de otro plan grandioso para conectar el Océano Atlántico con el Pacífico a través de Nicaragua.

McCrae no habla mucho del plan actual para la construcción de un canal, aun cuando el mismo destruiría el mundo que él ha conocido mucho más que los rancheros cuya presencia en los alrededores es su preocupación principal. Y otra parada en su recorrido.

“Estamos cansados de decírselo a ellos”, afirma de los rancheros, hablando en el cadencioso patois inglés que hablan gran parte de los indios ramas en esta parte de Nicaragua. “Les decimos, no, no pueden venir aquí. Pero ellos siguen viniendo. Les decimos, no vengan, porque este es el territorio de los ramas”.

McCrae dice que la policía y el ejército no hacen nada por detener la invasión de territorios de los que él llama “los españoles”.

“Lo hemos intentado, señor, hemos intentado montones de cosas. Nosotros, el pueblo rama, protegemos los animales. Nosotros apenas cortamos las áreas forestales. Nosotros no hacemos eso”.

Los colonos, dice, quieren que los ramas se vayan para ellos poder construir más ranchos de ganado. “Pero nosotros no nos damos por vencidos. No nos vamos a dar por vencimos hasta que muramos”.

Los ramas son uno de esos complejos legados centroamericanos que podría muy bien desaparecer si Nicaragua construye el canal. Ellos viven en comunidades dispersas a lo largo de la costa atlántica de Nicaragua en lo que se conoce como Costa de Mosquitos o La Mosquitia, la cual estuvo bajo el dominio británico hasta 1860, cuando un tratado se la devolvió a Nicaragua.

Desde entonces, Nicaragua se ha esforzado por incorporar la zona, de población mayoritariamente indígena, pero solo con un éxito limitado. Muchos pobladores de la costa, incluyendo a los descendientes de esclavos africanos, conocidos como krioles, también se refieren a los habitantes del lado del Pacífico como “los españoles”; para ellos, Nicaragua es una región que consideran distinta.

En cuanto a los planes para el canal, McCrae solamente tiene una idea muy vaga de los mismos, como la tienen la mayoría de los ramas, muchos de los cuales apenas saben leer y escribir, y apenas tienen una vaga concepción de que el extremo atlántico del canal quedaría a apenas unas pocas millas al sur de Bangkukuk, donde vive McCrae.

Es casi seguro que la construcción del canal bajo una concesión de 50 años a una compañía de Hong Kong, HKND Group, forzaría a los pocos cientos de ramas que viven en Bangkukuk a abandonar sus tierras ancestrales. Según estos planes, una vasta área del mar frente a su aldea costera sería limitada por un muro de 4.3 millas de largo. Dentro del cerco del rompeolas, la compañía vertería materiales excavados del canal, y construiría muelles y un puerto de contenedores que podría manejar hasta 2.5 millones de contenedores de 20 pies al año.

Enormes buques graneleros y gigantescos barcos de contenedores llegarían al mismo. Los empleados del puerto vivirían en el territorio de los ramas. El modo de vida de los ramas, que depende de la agricultura a pequeña escala, la pesca y alguna caza, probablemente terminaría para siempre si el proyecto se lleva a cabo.

“Esto va a afectar mucho la comunidad de Bangkukuk. La gente tendrán que irse a vivir a otra parte”, afirma Rupert Allen Clair, quien participa en el Gobierno Territorial Rama-Kriol, el cual supervisa las vastas tierras comunales que pertenecen a los ramas y los krioles, los cuales habitan en aldeas separadas.

Bangkukuk también se conoce como Punta de Águila, la traducción de su nombre rama, y la caminata de McCrae comienza en su casa de madera construida sobre pilotes. La caminata atraviesa en zigzag un campo salpicado aquí y allá de laureles, y luego entra a una espesura llena de almendros y otros árboles para leña. La luz de la mañana apenas penetra el ramaje.

McCrae, un hombre conversador de 43 años, pasa gran parte de la caminata hablando de los colonos y rancheros de ganado que están usurpando la enorme región autónoma, de un total de 1,570 millas cuadradas, que al menos sobre el papel pertenece a título comunal a los ramas y los krioles.

McCrae se detiene y golpea con su machete algo en el suelo, creando un sonido metálico. Él ha encontrado la vía férrea, parcialmente soterrada. A ambos lados, la selva se ha cerrado sobre el antiguo lecho del ferrocarril, que es todo lo que queda de un plan grandioso de hace más de un siglo para conectar por medio de vías férreas la costa del Atlántico con el Lago Nicaragua, la vasta extensión de agua que domina la región del Pacífico.

La vía férrea de 179 millas de longitud se proponía conectar Punta Mono en la costa con San Miguelito en el lago. Pero para cuando el presidente José Santos Zelaya fue derrocado en 1909, apenas se habían construido 10 millas del ferrocarril. El proyecto fue abandonado.

Los líderes del gobierno territorial están lejos de tener una opinión común sobre qué posición asumir con respecto a la propuesta actual del canal.

Algunos miembros del gobierno territorial, el cual tiene su sede en Bluefields, la mayor ciudad de la costa, llevaron el 16 de marzo sus preocupaciones ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington, ante cuya junta declararon que el canal afectaría al 40 por ciento de las 1,570 millas cuadradas de tierras de propiedad comunitaria.

“Nosotros no queremos el canal. El procedimiento que está usando el gobierno no es el procedimiento correcto”, dice Clair.

Pero Hector Thomas, un rama que es el presidente del consejo de gobierno, se inclina en cierta medida a favor del proyecto. El afirma que la compañía del canal podría ayudar a sacar a los mestizos fuera de la tierra de los ramas. Él ha oído decir que la compañía del canal planea arrendar tierras a los ramas y los krioles a perpetuidad a cambio del uso de sus tierras comunales para el canal. La cantidad de tierras es algo que todavía no está claro.

Todavía existen impedimentos legales. Las leyes prohíben el arrendamiento de las tierras comunales por períodos de tiempo mayores de una década. Esas leyes tendrían que ser cambiadas o ignoradas, algo que, según señala Thomas, no ha sido un obstáculo ineludible en el pasado.

“No es que digamos que hemos violado la regla, sino que hemos sido flexibles con ella”, dice Thomas.

Bluefields tiene un distintivo sabor caribeño, con sus casas enchapadas de madera en brillantes colores. Los ramas que viven allí están mucho más al tanto de lo que puede estar al pasar que aquellos que viven en comunidades más alejadas. Ellos tienen acceso a las computadoras y la Internet, mientras que a Bangkukuk no ha llegado todavía la señal para los teléfonos celulares.

“El canal va a tener un impacto como el de un huracán”, dice Ervin Hodgson, académico que es uno de los pocos ramas que tienen un título de postgrado.

Aunque se acerca un huracán de cambios, la mayoría de los habitantes de Bangkukuk tienen sólo una vaga idea de su potencia. Su aldea está aislada, y solamente se puede llegar a ella en barco. No existe el agua corriente ni la electricidad. Cada casa cuenta con un panel solar y pilas, suficiente para hacer funcionar un aparato de música o encender uno o dos bombillos en la noche. Los habitantes del lugar piden a los visitantes información sobre el canal y tienen la incauta seguridad de que ellos cuentan con el poder para detener el proyecto.

“Ellos tienen que atenerse a lo que nosotros digamos”, afirma Gregory Ortiz Hodgson, un líder de la comunidad, sentado en una rustica estructura de dos pisos en el centro de la aldea que sirve de sala de reuniones públicas y casa para huéspedes. Pero luego su voz expresa dudas: “A lo mejor el gobierno va a prometer, pero no va a cumplir”.

En casas sobre pilotes por toda la aldea, los ramas se preocupan más sobre la invasión de los mestizos que sobre el proyecto del canal, y parecen no darse cuenta de su potencial de disrupción. Ellos hablan de las alegrías de una vida que depende de las estaciones de siembra, la caza, las mareas y la pesca.

“Nos gusta salir en barco, remar por ahí. Nos vamos a pescar. Pescamos tortugas cuando es la época de las tortugas”, dice Ronald McCrae, un rama de 43 años. “A mí me gusta comer pescado. Me gusta comer puerco jíbaro. Me gusta comer venado, y paca”, dice refiriéndose a un roedor que vive en madrigueras, puede alcanzar hasta las 22 libras, y es un manjar muy buscado. “Todos mis hijos nacieron aquí. Yo quiero quedarme aquí. Yo no quiero irme a ninguna parte”.

Hace pocos meses, funcionarios se presentaron en barco. Ellos tenían herramientas de agrimensura. Ellos pusieron tres marcadores de propiedad de concreto, uno de ellos detrás de la casa de McCrae.

“Los chinos han estado viniendo aquí. Tres veces”, dice McCrae. “Ellos dijeron que nada más estaban midiendo la marea. Eso es mentira. Nunca vimos nada”.

Un vecino suyo, Henry Albert Presida, se siente perplejo al oír hablar del canal. “Los ramas no saben qué es el canal. Ellos no saben si es algo bueno o algo malo para ellos”. Él mira fuera de la costa hacia Booby Cay, un saliente rocoso a pocas millas de distancia. Si se construye el puerto, el rompeolas bloqueará el acceso al cayo. Enormes barcos pasarán muy cerca, y la abundancia de la pesca podría disminuir.

“Aquí pescamos pargos, rabirrubias, corvinas, macarelas. Uno pesca jurel, pez rey, tiburón, tortugas verdes, iguanas. Ese cayo de por sí es valioso”, afirma Presida.

A unos 10 minutos de distancia a pie, junto a la playa y encima de una colina, está la casa sobre pilotes de José Luis Castillo, quien dice: “Podemos parecer pobres, pero somos ricos. Si quieres comerte un coco, ahí está la mata. Si quieres comer fruta del pan, el árbol está ahí mismo. El naranjo está aquí”.

Castillo, quien es uno de los ancianos a los 65 años, afirma que los ramas están vinculados a la localidad.

“Hay terrenos sagrados con lugares de enterramiento ancestrales. Hay tumbas. Hace cientos de años, los ancestros vivían aquí”, dice, en español. Luego, hace una inteligente observación sobre la manera en que los ramas evalúan los peligros que se les avecinan. “Nunca hemos visto este canal”, dice, “pero a los mestizos los vemos todo el tiempo”.

Los colonos y los rancheros son un cáncer, afirma, que solo quieren agrandar sus ranchos por medio de cortar los bosques. “Ellos no tienen títulos de propiedad. Ellos compran con un papel cualquiera. Ellos se venden (las tierras) entre ellos mismos”.

El gobierno hace muy poco para prevenir la invasión, e incluso premia a los colonos regalándoles planchas de zinc corrugado para techar. Los políticos vienen de visita, tratando de conseguir el voto de los colonos y prometiéndoles que no los van a sacar, aun cuando ellos se han puesto a vivir ilegalmente y han arrasado tierras que han sido declaradas reserva natural federal y legada oficialmente a los grupos indígenas.

Las autoridades en Managua, la capital, afirman que el proyecto del canal podría detener la migración hacia el Atlántico. Ellos se comprometen a que el arrendamiento que se pagará a las comunidades indígenas a lo largo de la ruta los ayudará a conseguir servicios básicos y les dará una fuente estable de ingresos, aun si sus comunidades tienen que ser reubicadas.

“Muchas de estas comunidades viven en condiciones de pobreza, incluso de pobreza extrema”, dice Telémaco Talavera Siles, vocero del proyecto del canal. “Ellos carecen de carreteras o servicios básicos. Ellos carecen de educación. Ellos recibirán todo eso. Además, ellos tendrán ingresos a perpetuidad que no tienen ahora. Ellos estarán mucho mejor”.

En Bluefields, Donald H. Byers, jefe del Centro de Investigación y Documentación de la Costa Atlántica, se burla de esas promesas, diciendo que la cultura rama está desapareciendo lentamente. Él señala que solamente quedan vivas un par de docenas de personas que puedan hablar rama, un idioma de la familia lingüística de las lenguas chibchas, la cual se extiende por la costa hasta Colombia.

“Ellos son muy viejos. Si los ramas pierden a esos ancianos y no los rescatan, eso será el fin. Ellos perderán su identidad”, afirma Byers.

Antes de que el visitante abandone Bangkukuk, Ortiz hace un llamamiento: “Queremos que el gobierno nos diga por lo claro cuál va a ser nuestro beneficio, o si vamos a perder. No queremos que vengan con dinero y que tengamos que irnos”.

El chirrido de las cigarras llena el aire, un recordatorio de que la selva puede a veces tragarse hasta los planes de progreso más avanzados.

Este reportaje de McClatchy y otros sobre el proyecto de construcción del canal transoceánico a través de Nicaragua fueron financiados por una subvención del Centro Pulitzer para el Periodismo de Crisis.

Correo electrónico: tjohnson@mcclatchydc.com; Twitter: @timjohnson4

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de junio de 2015, 4:47 p. m. with the headline "El canal y los ‘mestizos’ amenazan a los indios rama de Nicaragua."

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