Los jóvenes colombianos buscan esperanza
“Cuando no has conocido nada más que un país en guerra, estás preparado para cualquier cosa”. Es así como lo siente Fabio, 22 años, a bordo de su Uber destartalado mientras esquiva los coches, taxis, “recogelocos”, bicitaxis, mototaxis y ese sin fin de transportes terrestres que el cartagenero se ha inventado para subsistir en una ciudad llena de contrastes.
Su juventud muestra las heridas de un país con más de cinco décadas de conflicto armado, donde lo habitual es no tener miedo, o tenerlo a escondidas, convivir con la violencia y, sobre todo, lanzar una moneda al aire y tener la suerte de adivinar qué lado quedará hacia arriba.
UN PAÍS CON GRANDES DESEQUILIBRIOS SOCIALES
Son ellos, los más jóvenes, adolescentes y niños, lo que han sufrido y sufren, no solo un país inmerso en una guerra, sino un país con grandes desequilibrios sociales.
Durante 2013, y aunque las cifras disminuyeron considerablemente respecto a años anteriores, 21,765 niños y niñas fueron víctimas del desplazamiento forzado, amenazas y acciones terroristas, según informan desde la Asociación de la Unidad para la Reparación y Atención integral a las Víctimas.
La guerra les obligó a ser combatientes, esclavos sexuales y espías. Crecieron inmersos en un mundo de violencia y el reto ahora, tras el primer fracaso del Tratado de Paz que hubiera puesto fin a 53 años de conflicto entre el Estado y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), es intentar no transitar por senderos que les lleven a la prostitución, la violencia, el narcotráfico, el crimen o la unión al ELN (Ejército de Liberación Nacional), que, aunque con menor presencia y fuerza que las FARC, aún opera en Colombia.
La violencia sexual, sobre todo en áreas rurales, encubierta en muchos casos y poco documentada por la falta de denuncias en otros, ha constituido una de las lacras de una guerra que parece tocar a su fin.
Durante los últimos años, más de 48,000 menores de entre 5 y 14 años de edad fueron víctimas de abusos sexuales según la ECPAT internacional, red de organizaciones y coaliciones para poner fin a la explotación sexual de niños en todo el mundo (http://www.ecpat.org/).
Pero la guerra solo ha constituido un eslabón más en la violencia sexual y la explotación infantil en Colombia, según la mencionada fuente, que indica que cada 14 minutos violan a un menor, lo que sitúa al país americano, como si se tratase de una triste contrarreloj, a poca distancia de la República Democrática del Congo, el lugar con mayor violencia sexual del planeta. Tan solo un 5% de los casos son reportados, y los menores conviven con las secuelas en sus ciudades, pueblos e incluso en sus propias casas.
El turismo sexual, la violencia sexual intrafamiliar, e incluso los desplazamientos de población masculina a zonas industriales y mineras, donde grupos de hombres están solos durante largos periodos de tiempo, son el caldo de cultivo para la perpetuación de esta situación, que afecta primordialmente a las poblaciones más desfavorecidas, mujeres y niños.
LA CRUDA REALIDAD DE CARTAGENA
Situación que se extiende a ciudades donde, a priori, uno no esperaría encontrarla, y que resultan ser centros turísticos, de negocios o salud por antonomasia, como es el caso de Cartagena de Indias.
Esta ciudad bañada por el mar Caribe, segunda ciudad turística de Colombia, convive a diario en sus calles y playas con este problema.
Resulta paradójico ver cómo, en la Plaza de los Coches, en el casco antiguo de la ciudad, jóvenes adolescentes con sus mejores galas esperan a sus clientes mientras pasean y comparten plaza con policía, locales y turistas en las agitadas noches cartageneras, sin que las fuerzas del orden pongan ningún impedimento.
Se mimetizan tanto con el ambiente que resulta normal su presencia, llamando solo la atención cuando se acercan hombres que les doblan o triplican la edad, normalmente en grupo, para preguntar por sus servicios.
La playa es otro foco indudable de explotación sexual. Un submundo que surge de forma paralela, unido a los múltiples servicios que allí se ofrecen.
Carperos (personas que alquilan sombrillas o carpas en las playas), fruteras (que con sus cestos de frutas recorren la playa), hoteleros y hosteleros, músicos o minuteros (personas que alquilan teléfonos por minutos), proveen de jóvenes, niñas o niños, a aquellos que requieren ese tipo de servicios.
La escena resulta grotesca, cuando el menú que se despliega deja elegir en palabras de los locales, entre “nalgonas o flacas, niñas o niños, diferenciando entre jovencitos o más mayores”.
“LA MURALLA SOY YO”
Víctor, 49 años, y carpero de profesión, lleva toda la vida trabajando en las playas de Castillo Grande, una de las mejores zonas de Cartagena. Asegura que gracias al programa La Muralla soy yo, el turismo sexual se ha reducido considerablemente. “Hace años”, afirma, “las playas eran un tráfico constante de turistas y menores, hacia las pensiones y hoteles próximos”.
La Muralla soy yo es una asociación de prestadores de servicios en contra de la explotación sexual, que vigila y protege que no se desarrollen esas prácticas en las zonas turísticas.
Entre los hoteleros las opiniones son encontradas, por un lado afirman que es una buena iniciativa, pero por otro, el hecho de poner en toda la correspondencia que se envía a sus clientes, así como en las habitaciones, notas que indican “aquí protegemos a nuestros niñas, niños y adolescentes, de la explotación sexual”, pone de relieve un problema del que muchos turistas ni siquiera son conscientes y que no ven en Cartagena un destino de los considerados como turismo sexual.
Para saber de dónde vienen esos niños, no es necesario alejarse del centro histórico de la ciudad; una decena de barrios se esparcen a las faldas de la muralla, entremezclándose con los barrios de lujo como el ya mencionado Castillo Grande, Morros o Barcelona de Indias.
La entrada a esos otros barrios resulta complicada por su peligrosidad, y esta vez Luis, 35 años, conduce su Uber entre chabolas y polvorientas calles sin asfaltar, con una verborrea propia de un premio Cervantes, enumerando cada uno de ellos.
El Cerro de la Popa, Flor de Campo, Olaya Herrera, Nelson Mandela, entre otros. Y advirtiendo, “aquí, mejor “no dar papaya” (o lo que es lo mismo, no dar la oportunidad para que suceda algo), aquí solo bajar la ventanilla. En este, no entra ni la policía, pues hace tan solo unos días “le dieron plomo” a uno de ellos por el precio de un millón de pesos (unos 350 dólares)”.
La vida aquí, en el denominado estrato 1, no tiene el mismo valor que para el estrato más adinerado; mucho menos la vida de un menor.
CUANDO LOS NIÑOS SON ADULTOS
Los niños pobres en Colombia son adultos. Aproximadamente un millón de niños, niñas y adolescentes trabajan, según datos de la ECPAT. Es así como se sienten, madres con apenas 14 años con sus bebés en brazos presumen hablando de sus maridos con la sonrisa y la mirada de la que aún es una niña.
Muchas de ellas serán abandonadas al poco tiempo y se arrastrarán a nuevas relaciones y, por lo tanto, a nuevos embarazos. Y es que una de cada cinco adolescentes entre 14 y 19 años es madre o estuvo embarazada, según datos de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS).
Por otra parte, desde el Departamento Administrativo Nacional de Estadística del país (DANE), señalan que aquellas jóvenes que tuvieron un hijo a los 15 años, tienen un 86% de probabilidades de tener tres hijos a los 20.
La mayoría abandonan sus estudios, si alguna vez los empezaron, deambulando con sus bebes apoyados en sus caderas. Mientras, en casa, en muchas ocasiones, les espera la violencia, la pobreza y el hambre. Aun así, y pese a todo, es difícil no verlas sonreír.
Fabio termina su trayecto con la esperanza de lo que la paz lleva implícita, la guerra les ha quitado mucho, y ahora espera que les devuelvan todo. Tierras que trabajar, espacios nuevos para el turismo, impuestos que redirigir de la lucha contra la guerrilla a la formación y la educación de los niños.
No va a ser fácil, aun así, el Gobierno y las FARC están dispuestos a continuar con el diálogo, a pesar de que las concesiones del Estado no son del agrado de muchos colombianos, sobre todo, los de clases más pudientes que han votado en su mayoría “NO”.
Pero Fabio, como miles de jóvenes colombianos , cree que necesitan un cambio, necesitan una esperanza, y ésta, debe de ir de la mano de la paz.
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de octubre de 2016, 7:41 p. m. with the headline "Los jóvenes colombianos buscan esperanza."