Estados Unidos

Los musulmanes de EEUU y su solitaria batalla contra el extremismo

El doctor Rushdi Abdul Cader (der.) conversa con un grupo de adolescentes luego de una charla de AntiVIRUS en el Centro Islámico de Conejo Valley en San Luis Obispo, California
El doctor Rushdi Abdul Cader (der.) conversa con un grupo de adolescentes luego de una charla de AntiVIRUS en el Centro Islámico de Conejo Valley en San Luis Obispo, California McClatchy

Abatido y desamparado a casi 4,000 millas de los ataques, el médico traumatólogo Rushdi Abdul Cader pasó el 11 de septiembre del 2001 recorriendo las páginas del Corán en busca de guía.

Temía una reacción en contra de los musulmanes, aunque todavía faltaban algunas horas para que empezara a sonar el teléfono con llamadas amenazadoras, entre ellas una en que le preguntaron: “¿Estas contento ahora?” y todavía faltaban un par de días para que sus amigos se ofrecieran a hacerles las compras en caso de que su esposa, Nisha, tuviera miedo de salir de la casa con la cabeza cubierta por el velo o hiyab.

Sobre todas las cosas, sin embargo, él se esforzó por entender cómo podía musulmán alguno leer el mismo libro que él tenía en sus manos e interpretarlo como que permitía la matanza. Mientras estudiaba el Corán en su casa de San Luis Obispo, tropezó con un versículo que afirmaba que los musulmanes no debían defender a nadie que tratara de justificar una conducta “traicionera y pecaminosa”.

Encontrar esas palabras, dijo Abdul Cader, fue como si “Dios me hubiera hablado”. Ese día, se comprometió a salvar su religión de las garras de un sector marginal de radicales cuyos ataques han convertido el islam en la religión más vilipendiada del mundo.

Quince años más tarde, Abdul Cader ha llegado a personificar para el resto de Estados Unidos el prototipo del “buen musulmán”: la persona que el candidato presidencial republicano Donald Trump tiene en mente al decir que los musulmanes estadounidenses “tendrán que cooperar con las autoridades”; el aliado al que se refiere la candidata demócrata Hillary Clinton cuando habla de los musulmanes como una “coalición interna”, una “señal de advertencia temprana” y un “frente de defensa contra la radicalización”.

Abdul Cader creó un programa contra el extremismo para disuadir a los jóvenes musulmanes de hacerse militantes un año antes de que la Casa Blanca creara un programa nacional. Ofreció voluntariamente sus servicios como médico traumatólogo en el equipo SWAT de la policía local, sirviendo de puente entre las autoridades y los musulmanes de la localidad. Creó un portal web donde los musulmanes pudieran reportar actividades sospechosas de forma segura. Y creó diapositivas para presentarlas en las mezquitas a lo largo de la costa de California para enseñar a los padres a mantenerse al tanto de las señales de radicalización.

El guerrero que emergió del 9/11, no obstante, está peleando una batalla solitaria.

La decisión de Cader de hablar con tal convicción en contra del extremismo lo malquistó con posibles aliados musulmanes, quienes lo ridiculizan como un vendido por su estrecha relación con la policía y los agentes federales en un momento en que las autoridades extienden –y a veces violan– los limites constitucionales con su vigilancia de los musulmanes. Al mismo tiempo, algunos no musulmanes han cuestionado públicamente su lealtad, ya sea por simple intolerancia o por escepticismo de que él sea un representante de una religión que ellos consideran inherentemente violenta.

Su atolladero demuestra la difícil paradoja que han enfrentado los musulmanes estadounidenses desde que el 9/11 dividió sus vidas en dos períodos definidos: el antes, en que eran en gran medida invisibles, y el ahora en que sufren un escrutinio implacable.

El dilema de los musulmanes estadounidenses

Los grupos musulmanes estadounidenses se han debatido, y hasta fragmentado, en cuanto a cómo dejar en claro su rechazo del extremismo al hacerse cómplices de la demonización del islam por parte de las fuerzas políticas, policiales y de la prensa. Y, en lugar de suavizarse en los años transcurridos desde los ataques del 9/11, esta cuestión se ha hecho aún más tensa, con el alza del Estado Islámico en el extranjero y una nueva ola de hostilidad antimusulmana en Estados Unidos.

La postura en blanco y negro de Abdul Cader con relación a un asunto lleno de tonos de gris lo ha convertido en blanco fácil para los críticos. Se siente descorazonado por la oposición de sus correligionarios musulmanes, pero la misma no lo detiene.

Desde su punto de vista, los musulmanes están demasiado involucrados en el tejido mismo de Estados Unidos para permitir que los traten como advenedizos, y el islam es una religión demasiado hermosa para cederla a los extremistas. Otros musulmanes tienen razones válidas para no unirse a su lucha, dijo, pero él seguirá luchando lo mismo con ellos que sin ellos.

“Eso no está para ellos en la lista de cosas por hacer: levantarse, lavarse los dientes, llevar a los niños a la escuela, darle comida al perro, y condenar a los islamistas radicales. ¿se dan cuenta? Eso no está en la lista de tareas diarias de la mayoría de la gente”, dijo Abdul Cader. “Pero sí está en la mía”.

Cader, que trabaja a tiempo completo como médico de emergencia y además como agente voluntario de reserva para la policía local, recuerda haber asistido a una conferencia policial en el 2010 donde un orador invitado, hablando sobre el tema de los islamistas militantes, preguntó al público cuántos musulmanes estadounidenses eran “moderados”. Cader dijo que quedó estupefacto cuando el orador respondió: “Pueden contarlos con los dedos de las dos manos”. Cader se levantó y se dirigió a un micrófono.

“Quiero decirle a todo el mundo en esta habitación que soy musulmán”, recordó haber dicho Abdul Cader. “Y en ese momento se podía oír literalmente la caída de un alfiler. Todo el mundo en la habitación se volvió y me miró. Y yo dije: ‘Pero que no cunda el pánico’ ”.

Aunque fue neutralizado en seguida, el episodio lo dejó lo suficientemente inquieto como para hacerlo pensar de nuevo sobre la profunda desconfianza mutua entre los musulmanes estadounidenses y los agentes de la ley. Se preguntó cuántos policías en California y fuera del estado estaban recibiendo ese tipo de entrenamiento “intolerante” sobre el islam.

“Entrenar a los agentes de policía –personas que pueden arrebatar literalmente los derechos civiles de otras personas– y darles ese tipo de información falsa es completamente irresponsable”, dijo.

Poco después, ese mismo año, casi una década después de que los ataques del 9/11 plantaran la semilla en su mente, Cader fundó ALERTUS (Alianza con la Policía para Reportar Amenazas a Estados Unidos), un programa que lo lleva a las estaciones de policía y los centros comunitarios con la esperanza de reforzar la confianza entre las comunidades musulmanas y las autoridades.

En sus presentaciones de dos horas ante públicos policiales, Cader elimina los mitos sobre el aspecto que puede tener un musulmán radical y subraya que las expresiones públicas del islam –como rezar en un parque o ponerse un velo– son libertades protegidas por la Constitución. Existe además un componente de Internet para reportar toda conducta sospechosa.

No hay escasez de detractores

El programa posterior de Abdul Cader, AntiVIRUS, está dirigido a las familias. Dijo que su idea fue eliminar las concepciones erróneas sobre cuándo ponerse en contacto con las autoridades, reiterando que “el único momento en que alguien debe hacer un reporte es cuando se sospecha un delito incipiente”. Además, el programa enfatiza la educación preventiva, y anima a los padres a examinar su propia conducta y sus propios prejuicios, y a preguntarse qué tipo de modelo están brindando a sus hijos. Diapositivas muestran la manera en que puede evolucionar la radicalización, desde perder la empatía por los demás a celebrar su sufrimiento, y de ahí a causar daño a los demás.

“Demoró 10 años después del 9/11 hacer algo al respecto. A veces la respuesta no surge en seguida”, dijo. “Todo el mundo estaba como mudo después del 11 de Septiembre”.

Luego del escepticismo inicial con que lo recibieron los musulmanes que desconfiaban de sus estrechas relaciones con la policía, Cader dijo que encontró una recepción más abierta después de los tiroteos del pasado diciembre en San Bernardino, en un momento en que los imanes de California no sabían cómo ayudar a sus congregaciones llenas de asombro y terror luego que un musulmán nacido en Estados Unidos y su esposa paquistaní tirotearan a 14 personas en una fiesta durante los días festivos. Algo que ayuda es que, hasta el momento, Cader financia sus propios programas, sin dinero ni intervención del gobierno.

Pero, de todos modos, no hay escasez de detractores.

Gran parte de las críticas están dirigidas al respaldo de Abdul Cader a iniciativas que caen bajo el marco de “CVE” (la lucha contra el extremismo violento), un rotulo general dado a los métodos que examinan cómo detener la radicalización antes de que lleve a la violencia.

A muchos musulmanes estadounidenses no les gusta que les digan “frente de defensa” de los esfuerzos contra el terrorismo, sin cuestionamientos sobre cómo se supone que familias comunes y corrientes prevengan ataques cuando poderosas agencias de inteligencia no han podido detectar conspiraciones. Muchos musulmanes se quejan además de que hacer declaraciones después de cada ataque simplemente refuerza la idea de un vínculo entre los musulmanes comunes y corrientes y los fanáticos; ellos señalan que nadie presiona a los no musulmanes a que respondan por cada supremacista blanco violento o cada persona que tirotea una escuela.

Cader está completamente de acuerdo con esos argumentos –él los incluye en sus charlas– pero quiere que los musulmanes hagan declaraciones de todos modos. Recitó un proverbio de Mahoma, que llama a los creyentes a hacer todo lo posible por prevenir el daño, aun si se trata simplemente de quitar una piedra afilada del camino.

“Cuando llega el 9/11 y lo recordamos, ya no se siente como una herida en el corazón porque considero que estoy haciendo algo al respecto”, dijo. “Creo que, gracias a que hago lo que hago, no me siento desesperanzado o indefenso en absoluto. De hecho, veo una solución para nuestra comunidad, una dirección a tomar. Veo un camino”.

Hannah Allam: 202-383-6186, @HannahAllam

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de septiembre de 2016, 5:41 p. m. with the headline "Los musulmanes de EEUU y su solitaria batalla contra el extremismo."

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