Estados Unidos

Basilia y las rocas: en medio de temblores y aludes, una puertorriqueña decide quedarse en Guánica

Quizás es su edad, a lo mejor su fe, o el amor que le tiene a su casa.

Cualquiera que sea la razón, Basilia Quiles Cruz, de 79 años, es una de las últimas personas que todavía vive en Abras de Guánica, una zona del sur de Puerto Rico que está en la base de una montaña y que se ha convertido en un asentamiento fantasma debido a los terremotos que han sacudido la isla recientemente.

Las autoridades dicen que más de 7,000 puertorriqueños están durmiendo al aire libre o en albergues de emergencia tras una serie de temblores fuertes que comenzaron el 28 de diciembre. Campos de pelota plazas públicas y terrenos baldíos se han convertido en ruidosos campamentos de tiendas de campaña, llenos de personas que no quieren regresar a casa o que tienen demasiado miedo de dormir bajo techo.

Casi todos los vecinos de Quiles huyeron del poblado cuando los remezones provocaron deslizamientos y aludes de piedras grandes sobre el poblado. Ella y uno de los hombres son los únicos que quedan viviendo en el vecindario, que es poco más que una vía que serpentea a los pies de la montaña con casas a ambos lados.

“Yo soy la única valiente”, dice la mujer, riendo. “Hay otro muchacho aquí, llamado Pinto; le dije a Pinto que él y yo somos los únicos con suficiente valor para quedarnos. Hay que poner esto para la historia”.

Quiles entiende las razones de sus vecinos —algunos jóvenes, otros recién llegados— para estar alarmados por las rocas que se desprenden de la montaña. La semana pasada durante una réplica relativamente ligera, una roca casi aplasta un vehículo con un bebé adentro. Otro pedrusco rodó hasta el cementerio y destrozó varias tumbas.

Basilia Quiles Cruz, de 79 años, junto a una roca que cayó de la montaña hace 80 años. La mujer ha decidido quedarse en su vivienda en Abras de Guánica, en el sur de Puerto Rico, aunque su familia y vecinos han evacuado.
Basilia Quiles Cruz, de 79 años, junto a una roca que cayó de la montaña hace 80 años. La mujer ha decidido quedarse en su vivienda en Abras de Guánica, en el sur de Puerto Rico, aunque su familia y vecinos han evacuado. Pedro Portal pportal@miamiherald.com

Pero Quiles dijo que los aludes de piedras son sencillamente parte de la vida en Abras de Guánica. Recuerda que su padre maldecía la montaña cada vez que se desprendía una roca, que caía y destrozaba los muebles del patio.

Mientras Quiles daba a varios visitantes un recorrido por su casa hace poco, todavía decorada para las navidades, señaló hacia una piedra grande en medio del jardín.

“Esa roca lleva ahí más de 80 años”, dijo. “Yo soy nacida y criada aquí. Aquí toda la vida han caído rocas, toda la vida”.

Quiles, quien vive sola con su perro, dice que su familia, los vecinos y hasta el alcalde, han tratado de que se marche. Pero la idea de estar en un campamento de refugiados o quedarse con sus sobrinas le parece innecesaria.

“Yo confío en mi casa, creo que es bastante segura”, dijo de la vivienda de mampostería donde creció.

Quiles es quizás una de las afortunadas. El gobierno calcula que más de 550 edificios han sufrido daños o quedaron destruidos en los terremotos, y las autoridades colocan los daños iniciales en $110 millones, pero es muy probable que la cifra aumente.

El jueves, el presidente Donald Trump firmó una declaración de desastre para el territorio estadounidense de 3.2 millones de personas, que todavía trata de recuperarse de la temporada de huracanes de 2017.

Basilia Quiles Cruz, de 79 años, junto a un letrero en la calle que lleva su nombre. La mujer decidió quedarse en su casa, donde creció, en Abras de Guánica, en Puerto Rico, a pesar de los terremotos y réplicas.
Basilia Quiles Cruz, de 79 años, junto a un letrero en la calle que lleva su nombre. La mujer decidió quedarse en su casa, donde creció, en Abras de Guánica, en Puerto Rico, a pesar de los terremotos y réplicas. Pedro Portal pportal@miamiherald.com

Aunque muchos puertorriqueños están traumatizados por los terremotos y las réplicas diarias, Quiles parece tomar la situación con calma. Cuando ocurrió el terremoto más fuerte, de magnitud 6.4, el 7 de enero, la mujer dice que salió a su patio y oró a Dios, a sus padres y hermanos ya fallecidos.

“El ruido fue horrible”, dijo. “Hay que verlo, sentirlo, para poder entender... la casa de movía de un lado a otro. Fue horrible”.

Pero no lo suficiente como para que marche.

Uno de sus sobrinos viene después de cada remezón fuerte para ver si la casa tiene grietas y para animarla, otra vez, a que se marche. La mujer no ve razón para marcharse, pero dice que siempre está lista.

“Todos mis documentos están en orden, tengo todas mis medicinas y una bolsa con todas mis cosas lista”, dijo. “Naturalmente, si me tengo que ir, lo haré”.

Cuando le preguntaron si los temblores la asustaban, Quiles sugirió que los terremotos son parte de lo que hace que uno merezca vivir la vida.

“Yo adoro la naturaleza, el cielo, el sol, la luna, la fauna y la flora; me encanta todo lo que tiene que ver con la naturaleza”, dijo. “Pero también uno tiene que tener cuidado”.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de enero de 2020, 5:32 p. m..

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