Estados Unidos

Emigraron a Nueva York y cayeron en la boca del lobo, pero esta familia hispana no se arrepiente

Cuando la familia Angulo decidió emigrar a Estados Unidos, en febrero del 2019, jamás imaginaron que iban a caer directamente en la boca del lobo. No se arrepienten, sin embargo, de haber dado ese paso. Traen con ellos una misión superior: mejorar la calidad de vida de sus hijos mellizos de 10 años que son autistas.

Las cosas no les iban mal en Lima a los esposos María (48) y Clymon (57) Angulo. Habían logrado abrir un restaurante y se estaban consolidando. Incluso pudieron mudarse a una casa más amplia en un buen barrio.

“El mayor desafío entonces eran las terapias de mis mellizos”, comentó María Angulo, nacida en Huaraz, en plena Cordillera de los Andes. “Por 25 minutos de tratamiento para cada uno, tres veces a la semana, nos cobraban en total el equivalente a $90 y lo peor es que en el Perú solo hay escuelas especiales privadas, que cobraban una cantidad inalcanzable para nosotros”.

Edinson y Alexander nacieron a los cinco meses y 29 días de gestación. Pesaban un kilo cada uno. Lucharon por su vida tres meses en incubadora en el hospital. Al mes de nacido, Edinson tuvo que ser operado del corazón y luego ambos sufrieron de neumonía.

“Con la ayuda de Dios pudieron salvarse”, comentó María. “Cuando tenían poco más de dos años los médicos les diagnosticaron autismo”.

Conforme los niños fueron creciendo, los Angulo iban descubriendo las limitaciones del sistema de salud peruano para ayudar a los niños especiales. Era una lucha sin esperanzas. El acceso para un tratamiento privado era muy costoso y Edison y Alexander no se recuperaban.

“Un familiar que vivía en Georgia nos dijo que viajáramos a Estados Unidos, que en este país los niños recibirían una buena terapia sin costo alguno”, dijo Clymon, nacido en Malabrigo, un puerto de surfistas a unos 560 kilómetros al norte de Lima. “No tardamos en decidirnos que ese era el mejor paso para el futuro de nuestros hijos”.

María tenía la experiencia de haber emigrado 10 años a Buenos Aires, Argentina, y durante ese tiempo trabajó cuidando ancianos en un centro geriátrico. En un viaje de visita al Perú conoció a Clymon y luego que él le devolviera la visita a la ciudad rioplatense se comprometieron y en el 2008 ella volvió a vivir en el Perú .

Por eso a María no la intimidó emigrar de nuevo y su esposo, por su parte, que solo había salido del Perú como turista, se entusiasmó con el hecho que sus mellizos iban a tener una mejor atención y su hijita menor, Amy de siete años, también podría ampliar sus posibilidades en Estados Unidos.

Llegaron a Palmetto, en Georgia, y se quedaron solo un mes. La ciudad era muy pequeña, no ofrecía las facilidades para el tratamiento de sus niños y luego de conversar con su familia y amigos convinieron que Nueva York tenía más opciones.

Un mes después partieron a la Gran Manzana. Se instalaron en Queens y ahí empezó la gran odisea. Con los ahorros que traían pudieron defenderse los primeros tiempos. Lo principal fue que, preguntando y preguntando, lograron encaminar a sus mellizos.

“Conseguimos una cita con el sicólogo, quien vio a mis mellizos y los derivó a una escuela especial”, dijo María. “Matriculamos a los mellizos en la PSISQ993 y nos estábamos encaminando”.

Lo mejor de todo era que los niños empezaron a mostrar un progreso como nunca antes había ocurrido.

“Edinson y Alexander comenzaron a recibir su terapia, les recetaron vitaminas, la alimentación en la escuela era muy buena, nada de enlatados, la asistenta social nos ayudaba en todo y los resultados se vieron de inmediato”, confesó María.

“Los mellizos empezaron a hablar bastante, con mi esposo llorábamos cuando les escuchábamos una nueva palabra, se veían más vitales. Era un milagro de Dios”.

Al mismo tiempo, los Angulo tuvieron la fortuna de alquilar un departamento de un programa del gobierno para personas necesitadas.

Mientras, ella se ayudaba ofreciendo la rica comida que solía preparar en su restaurante en Lima: cebiches, jalea, arroz con mariscos, lomo saltado, papa a la huancaína, ají de gallina y lo que le pidieran.

“De pronto se desató la pandemia y todo quedó paralizado”, afirmó María. “Ya nos gastamos todo el dinero que teníamos ahorrado y no podemos ayudarnos con nada. Los cinco pasamos encerrados en el departamento porque tengo miedo por mis mellizos, que por su condición están en el grupo de riesgo”.

De la escuela le envían alimentos, pero faltan las vitaminas que cuestan más de $120.

“Pese al dificilísimo momento por el que atravesamos, no me arrepiento de haber venido”, finalizó María. “Todo es para darle algo mejor a mis niños. Es cierto que estamos solos, que no tenemos familia y hay gastos que nos superan, pero a pesar de todo ello mis niños están mejor que allá y esa es la mayor recompensa”.

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de junio de 2020, 9:18 p. m..

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